Como sucedió con otras novelas de Salgari, La Regina dei Caraibi (1901) llegó a los lectores de habla hispana dividida en dos partes: La Reina de los Caribes y La venganza de Wan Guld.
El pérfido duque de Wan Guld se halla en Veracruz. El Corsario Negro y los filibusteros de la Tortuga, liderados por los capitanes Wan Horn, Laurent y Grammont, asaltan la ciudad, pero el duque logra conjurar el peligro.
Las cosas se tuercen cuando el Corsario Negro y sus inseparables Carmaux y Moko son capturados y conducidos a la Florida. Nuestros héroes huyen de forma providencial, y retoman su persecución de Wan Guld.
Lo que ninguno de ellos espera, y menos aún el Corsario Negro, es que Honorata de Wan Guld, dada por muerta en la primera entrega de la saga, había naufragado en una isla caribeña, donde fue acogida por la tribu local, que la adora como un genio del mar.
"Después de descansar unas horas y de haber calmado el hambre –leemos–, los filibusteros se pusieron en marcha en busca del campamento indio. Pero, ante el temor de que, en vez de indios, fuesen españoles, mandaron por delante a Moko para explorar los contornos. La selva era muy espesa, y estaba formada por gran variedad de plantas, que crecían tan próximas entre sí que hacían casi imposible el paso. Había espléndidos bananos de grandes hojas, de los que pendían enormes racimos de jugosos frutos, helechos arborescentes de altura prodigiosa, cedros colosales que despedían perfumes deliciosos, bellísimas palmas de hasta treinta y cuarenta pies de altura, coronadas por amplias hojas, caobas de madera preciosa, naranjos, palmas de la cera y cientos de otras variadas especies. Una enorme cantidad de bejucos rodeaba todas estas plantas, envolviéndolas de mil maneras, arrastrándose por el suelo o trepando por sus troncos y ramas" (La venganza de Wan Guld, Ediciones Orbis, 1988).
La vida de los piratas, ambientada en mares embravecidos, fascinó siempre al escritor.
"El mar –escribe Lorenzo Chiosso haciéndose pasar por Salgari– ejercía sobre mi espíritu una verdadera fascinación. No comprendía la posibilidad de otra vida que la del hombre que se confía a las ondas del océano, para ser llevado por el destino y por el huracán hacia inauditas empresas en tierras ignotas, donde todos los instintos ancestrales pueden encontrar su desahogo, donde se goza la embriaguez de la lucha contra los indómitos elementos de la naturaleza y, donde la voluntad y la valentía son las solas virtudes necesarias. Antes de ahora yo pensaba que un hombre no puede llamarse tal verdaderamente, sino después de haber salido de las mallas de la civilización, para espaciarse en los inmensos reinos de lo inexplorado. Me figuraba que todo el mundo estaba sin explorar y que todos los hombres tenían el deber de lanzarse a -la conquista de la tierra. Y con estas ideas tempestuosas en el cerebro, me preguntaba a veces ingenuamente, qué harían en sus casitas, en las oscuras oficinas, en los ociosos cafés, tantos jóvenes veroneses que perdían así el mejor tiempo de su vida, en lugar de lanzarse de cabeza en las aventuras de tierra y de mar... De mar especialmente. Porque yo estaba convencido de que todos los hombres tenían el deber de ser marinos" (Mis memorias, Centro Editor de América Latina, 1977).
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