El impulso de disfrutar con este libro (La verdad de las mentiras, Alfaguara, 2002) es muy tentador porque reúne y discute lecturas que nunca nos han fallado, que hemos empezado a tomar como imprescindibles y que, por tanto, albergan en sus estratos más íntimos nuevos significados y la capacidad de que éstos germinen con el tiempo.
Pese a circular por un campo de fuerzas de tal dinamismo, Vargas Llosa se esfuerza por imponer orden en una jurisdicción –la del lector– que admite la arbitrariedad, el capricho y la controversia. Y de algún modo, su primer y más difícil mérito es otorgar mayor puntuación a títulos que no necesitan pretextos para figurar en cualquier biblioteca.
Sin entorpecer cláusulas ni razones privadas, ésa es la idea que cada página expresa en esta colección de ensayos, editada originalmente en 1990 y ahora disponible con diez nuevos artículos y no pocas enmiendas en aquellos que integraron la primera tirada.
Ligados por su fecha de impresión y no por consanguinidad estilística, todos los relatos y novelas por los que el autor toma partido aparecieron en el siglo XX. Después de todo, muchos interlocutores de Vargas Llosa preferirán remitirse a un capítulo tan lozano de la historia literaria, pródiga y asiduamente confuso.
Además, en esta esfera narrativa, el carácter del entusiasmo y las heridas puede comprenderse en relación con singularidades históricas muy recientes.
También aquí resulta posible contextualizar el equívoco de la supuesta mentira literaria –precisamente el que da título al libro–, estudiado en contraposición a ese relato histórico en el cual no escasean los engaños y las exageraciones, y que en las sociedades cerradas acaba por impregnarse de ficción. De ahí que el autor observe cómo, en rigor, los fraudes de la literatura narrativa sirven para enunciar «verdades profundas e inquietantes que sólo de esta manera sesgada ven la luz». Y dado que las novelas mienten y no pueden hacer otra cosa, habrá que proteger un oculto prestigio: el de esa verdad que únicamente puede manifestarse «encubierta, disfrazada de lo que no es».
En el fondo, dicha constatación guía todo el plan de la obra. Si bien se mira, no es difícil compartir la divisa del tratadista, y es que las mentiras de la ficción nunca son gratuitas, pues llenan las insuficiencias de la vida, le sirven de sucedáneo pasajero, representan experiencias identificables con ella y además permiten apreciar los azares de la libertad. Otros informes lo vienen señalando desde hace tiempo, pero es probable que éste difunda mejor ese punto de vista tan saludable, sobre todo entre quienes no acostumbran a hojear ensayos de orden literario.
De igual manera, habrá quienes, gracias a este libro, emprendan un fructífero repaso de El corazón de las tinieblas, La muerte en Venecia o Dublineses, cuya maravilla principal vemos de nuevo confirmada.
Además, para consolar a cuantos presienten el declive de la lectura, culmina el recorrido un texto sobre la relación de la obra literaria con la vida de su auditorio, en el cual se confirma que aquélla, a diferencia de la ciencia y de la técnica, fue y continuará siendo un denominador común del tráfago humano, idóneo para serenar las aflicciones y fomentar esa sensibilidad crítica que nos hace más aptos para resistir la desdicha.
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