Leer imágenes, Alberto Manguel, Alianza Editorial, Madrid, 2002, 378 pp.
En libros anteriores, Manguel recogía el contenido personal, las inclinaciones de leyente y ciudadano que, desde otro plano, también convoca el volumen que acá glosamos.
La singularidad de este último se basa precisamente en el hecho de que su autor deja a un lado la lectura de palabras, núcleo de sus entregas más celebradas, y reanuda esa actividad en clave icónica, descubriendo el relato entretejido de forma llana o furtiva en toda suerte de obras de arte.
Fiel a su estilo, el tratadista argentino–canadiense diseña un análisis legible, placentero y con frecuencia jovial, aunque plasmado en términos de edificante profundidad.
Manguel, que no vacila en explicar sus propensiones, a menudo prefiere pensar en los cuadros como experiencias cognitivas, porque nos revelan el mundo o, en tanto en cuanto abrazan esa totalidad, nos revelan ante el mundo.
A su modo de ver, cuando desciframos imágenes, añadimos a éstas la temporalidad que es propia del universo narrativo.
Aún más: lo que tan gozosamente observamos es el cuadro traducido a nuestra peculiar experiencia, y en esta dirección, sólo nos es posible ver aquello para lo cual contamos con un acervo previo de imágenes identificables, de igual modo que sólo nos cabe leer textos en un idioma cuyo repertorio sintáctico, léxico y gramatical manejamos.
Bajo esta evidencia, el título de la entrega asume el valor de un programa multidimensional, con su pauta, sus voluptuosidades y aun cierta dosis de interpretaciones excedentes.
Considerados así sus rasgos, se entiende que adopte una retórica subsidiaria de la crítica y además movilice la herencia de los estudios históricos y aun literarios.
Sintetizando: con la curiosidad en la mira, el lector idealizado en estas páginas requiere principios de calidad, busca inminentes significados en el arte, y al cabo percibe el potencial de la imagen como relato, ausencia, acertijo, testigo, comprensión, pesadilla, reflejo, violencia, subversión, filosofía, memoria o teatro.
Porque al final, pese a recorrer distintos pasadizos, el visitante de esta exposición llega a un punto de convergencia, y es que, al decir del autor, la imagen artística existe entre percepciones; esto es: entre lo imaginado por el creador y su ejecución sobre la tela; entre aquello que rememoramos y lo que aprendemos; entre el vocabulario común y uno más profundo y privado.
Art happens, según dijo Whistler, y recapitulando sobre lo dicho, a veces pareciera que también el mismo arte revela una esencia metafísica, capaz de involucrar la inefable composición interna del discurso humano, su calor mágico y sus mitos emergentes.
«Vivimos con la ilusión de ser gente de acción –escribe Manguel–; más sabio sería consideramos, como aconseja la filosofía samkhya del brahmannismo, espectadores de un perpetuo despliegue de imágenes».
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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