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Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson

Los ángeles del infiernoEn otro tiempo fueron desertores con los bolsillos llenos de polvo... Tipos duros, lo bastante audaces como para no perder el control en una persecución. Motoristas hechos a la intemperie y la soledad, con sobrecarga de adrenalina y su parcela de gloria en bares y clubes nocturnos.

Hunter S. Thompson, uno de los creadores del Nuevo Periodismo y firma habitual de revistas como Rolling Stone, disecciona el mito de los Ángeles del Infierno con energía, inspiración y un punto de ferocidad.

A juicio del que suscribe, este reportaje con ritmo de novela debiera ser una obra de lectura obligada en las facultades de comunicación. Pero hay algo más. Los Ángeles del Infierno es una lectura divertida como pocas.

Ya sé que, a estas alturas, los moteros norteamericanos parecen incapaces de obrar espontáneamente, pero desde que su mito hipnotizó a Hollywood, ya no lo elude casi nadie (Al decir esto, pienso, sin ir más lejos en un cómic como Ghost Rider). De ahí que este libro de Thompson, pese a los años transcurridos desde su primera edición, conserve toda su frescura.

Aunque cuentan que la primera Harley rodó en 1903, prefiero creer que la condujo Chris Mitchum en El gran Jake (1971), un tardío western de John Wayne. A decir verdad, la máquina de Walter Davidson y Bill Harley venía a nutrir la mitología estadounidense con nuevas dosis de bravura. Al menos, así lo entendió la fraternidad de los Hell’s Angels, protagonista del libro de Thompson.

Por íntimas analogías, la fundaron con el nombre de una película bélica, Ángeles del Infierno (1930), de Howard Hughes. El rótulo venía a cuento, pues la banda reunió a veteranos de la 11ª División Aerotransportada, deseosos de olvidar el decoro militar.

En 1947 demostraron su barbarie en Hollister y la revista Life divulgó, a toda plana, aquellas ganas de complicarse la existencia. Casi como una reflexión sobre el cambio social de la posguerra, Laszlo Benedek narró el mismo suceso en ¡Salvaje! (1954), donde Marlon Brando deslumbraba a un séquito de endurecidos gañanes.

A Thompson esa mitificación le resulta sospechosa, y se encarga de poner los puntos sobre las íes. En todo caso, los Ángeles no salen bien parados del escrutinio.

En 1961, Harley-Davidson acordó con una firma italiana su ingreso en el mercado europeo. Pero aunque el gusto por las motos yanquis se prescribe en cintas como Un italiano en América (1967), de Alberto Sordi, lo cierto es que aquéllas no pudieron desplazar a las scooters en el imaginario continental.

Así, quien frecuente a Dino Risi y a Bolognini, obtendrá la evidencia de que la Vespa fue el primer transporte de la Italia plebeya. En el ilustre caso de William Wyler, ese hábito le sirvió para mejorar una escena de Vacaciones en Roma (1953). Díganme, ¿dónde se había visto antes a una princesa probando la felicidad sobre dos ruedas? El rito cuenta, y subirse a una Vespa aún tiene alcances insospechados, según dejó entrever Nanni Moretti en su Caro diario (1994).

Los nómadas americanos, incluso caídos en la cuneta, siempre han antepuesto su épica rural a ese galanteo de índole urbana. Con talento para la teatralidad, el líder de los Ángeles del Infierno, Ralph “Sonny” Barger, dispuso los tatuajes, arreos y demás claves de esta secta moldeada por las biker movies.

Ya lo ven: a Barger le hubiera gustado que sus lugartenientes imitasen los gestos de Peter Fonda en The Wild Angels (1966), de Roger Corman. Quizá por ello convenció a los de su horda para que actuaran junto a Jack Nicholson en Hell’s Angels on Wheels (1967). En adelante, nunca pudo zafarse de esa “angustia de las influencias” que describe Harold Bloom.

A todo esto, y mientras languidecía la moda iniciada por Corman, Nicholson aceptó colaborar con Fonda y Dennis Hopper en Easy Rider (1969), llenando las lagunas que iba dejando el nihilismo de Barger con aportes de la contracultura hippie.

Sabia cautela, pues los Ángeles, gobernados por fantoches y traficantes, perdieron un año después su prestigio romántico gracias a otra película, Gimme Shelter (1970). Seguramente recuerdan la escena: un seguidor de los Rolling Stones era acuchillado por los moteros durante el Festival de Altamont.

Tiempo después, Barger respiró por la herida. “Para nuestro grupo, es parte de lo cotidiano –masculló–. En fin: alguien te dispara, y tú lo apuñalas”. A partir de este entrecomillado, el panorama se codifica solo, y podemos imputarle una ideología feroz, revelada en Mad Max (1979).

Nada tiene de extraño, pues, que Schwarzenegger, con velada sorna, le birlase su vehículo a un ángel del infierno en Terminator II (1992).

Bien mirado, tampoco sorprende que sean valquirias y amazonas quienes hoy armen barullo en la mediana. Y sin embargo, resulta difícil creer que el motorismo androcéntrico –verbigracia: Steve McQueen sobre su Triumph en La gran evasión (1963)– no enuncie hoy más que nostalgia. Parte del problema, sin duda, es que justamente fueron hombres –llenos de agradecido fetichismo– quienes imaginaron a Carrie-Anne Moss pilotando una Ducati en The Matrix Reloaded (2003).

Sinopsis

A Hunter S. Thompson se le ha llamado el Jean Genet del Nuevo Periodismo: véanlo en este libro rodando y viviendo con la Gran Amenaza Americana; los Ángeles del Infierno, los motoristas forajidos que siembran el terror a su paso... «tensos para la acción, pelo largo al viento, barbas y pañuelos ondeando, pendientes, sobacos, cadenas, cruces gamadas y Harleys desguarnecidas mientras el tráfico se abre por la 101, nervioso, para dejar que pase la formación como el estallido de una tormenta de polvo».

Durante una larga temporada Thompson anduvo con ellos y sobrevivió para contarlo: borracheras a tope, drogas a manta, peleas infernales, acoso y paranoia policial y de los lugareños, fiestas al ácido con los Alegres Pillastres de Ken Kesey, encontronazos con los radicales de Berkeley pese a la fallida función mediadora de Allen Ginsberg que intentó hacerles tomar conciencia política...

El método que Hunter S. Thompson utiliza al escribir ha sido llamado «periodismo gonzo» y en su más simple definición postula al reportero no como un observador inerte sino como un participante central. Peligrosamente central en este caso.

Ficha técnica

ISBN 978-84-339-7586-7
PVP sin IVA 17.31 €
PVP con IVA 18 €
Nº de páginas 360
Colección Otra vuelta de tuerca
Traducción J.M. Alvarez Flórez y Angela Pérez

Copyright de sinopsis e imágenes © Anagrama. Cortesía del Departamento de Prensa de Anagrama. Reservados todos los derechos.


¿Quieres saber más?
Lean los artículos reunidos en La gran caza del tiburón o esa crónica apasionante y desquiciada que lleva por título Los Ángeles del Infierno.

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