Los cuadernos secretos de Agatha Christie
- Detalles
- Categoría de nivel principal o raíz: SECCIONES
- Category: Libros
- Creado en 01 Enero 2007
- Published: 01 Enero 2007
- Escrito por Guzmán Urrero
Nunca diría que es la mejor novelista policíaca ni la que prefiero por encima de todos los cultivadores de este género. Pero Agatha Christie va quedando como una de las escritoras más eficaces y convincentes a la hora de ir desenredando el ovillo del misterio. En este libro, John Curran nos descubre algunos secretos de la vieja dama.
No hace falta decir que Agatha Chistie (15 de septiembre de 1890 – 12 de enero de 1976) es la reina del crimen. Pero se olvida que su habilidad para urdir tramas misteriosas parte de un profundo conocimiento de la narración detectivesca. Y aunque no hablamos de una escritora con grandes dotes para caracterizar psicológicamente a sus personajes, lo cierto es que todos sus relatos, aun los más triviales y olvidados, tienen causa, fundamento e intención.
El relato policial era, para Agatha Christie, un modelo para armar, un jeroglífico perfeccionado en el que ella hizo habitar a personajes tan memorables como el detective belga Poirot y la encantadora Miss Marple.
John Curran ha repasado los 73 cuadernos privados de la escritora, y en ellos ha encontrado –poco más o menos– la fórmula magistral que doña Agatha fue mejorando a lo largo de los años. A los aficionados chapados a la antigua, esta colección de anotaciones y apuntes ha de fascinarlos.
Por si no fuera suficiente, dichos cuadernos incluyen un regalo estupendo: dos novelas cortas de Hércules Poirot, que harán las delicias de los lectores más exhaustivos y de aquellos a quienes les diviertan las curiosidades literarias.
Lo que no solucionan estos cuadernos es el primer caso detectivesco que protagonizó la escritora. Y no crean que me refiero a un argumento novelesco, sino a un hecho que ocurrió en la vida real.
Podría ser un guión perfecto... Le sucedió a una novelista de éxito en diciembre de 1926. Se hallaba en algún punto de la carretera de Newlands Corner, en Surrey, cuando, de pronto, perdió los nervios.
Era casi medianoche y no podía apartar de su cabeza la frase con la que su esposo, Archie, había vuelto a pedirle el divorcio. “No todo el mundo puede ser feliz: alguien tiene que ser desgraciado.”
Como cortado a su medida, ése era el papel que merecía: el de una pusilánime que intenta librarse del sentido de culpa mientras su marido, a respetuosa distancia, la engaña con una amiga. Fue entonces cuando otro pensamiento empezó a cobrar forma.
Bajó del coche y decidió tomarse un respiro. Por un momento, su mirada se posó en la gravilla de la cuneta. “En el oficio –murmuró–, a esto se le llama una elipsis.”
Era un buen plan, y funcionó. La encontraron once días después, en estado de amnesia, en el Hydropathic Hotel de Harrogate.
Bueno, esas cosas ocurren. Pero se sorprenderían ustedes de lo imaginativa que puede ser la prensa amarilla cuando la desaparecida es alguien como Agatha Christie. Por añadidura, un suceso como éste brinda un placer complejo: al ceder al tirón de la intriga, nuestra escritora –un ser literario– sufría las secuelas de un misterio infinitamente maleable.
Un misterio para el que aún no hay respuesta, pues la vieja dama se negó a revelar motivos y pormenores.
En 1930 Agatha se casó en segundas nupcias con el arqueólogo Max Mallowan, quien apoyó la actividad literaria de su esposa. Ella lo acompañó en sus expediciones a Oriente Medio, una región en la que se ambientan varias de sus novelas más conocidas.
Cuando murió en 1976, a la edad de 85 años, en Winterbrook House, Cholsey, sus obras completas ya abarcaban ochenta y tantas novelas y obras de teatro.
Por supuesto, muchos de sus argumentos son conocidos también a través del cine, un medio que algunos utilizaron para explicar el misterio que escondía la propia Agatha.
Pensemos, por ejemplo, en esa desaparición que protagonizó en 1926. Este tipo de ensueños son recuperables a través de la ficción. Por algo siempre hay un narrador dispuesto a mejorar la desaliñada realidad. De hecho, sus biógrafos insisten en que la novelista explicó aquel incidente en varias de sus obras.
Kathleen Tynan publicó en 1978 una narración inspirada en este caso. De buen grado, accedió a transformarla en libreto para un filme: Agatha (1979), de Michael Apted.
El guión era lo bastante difuso –demasiadas notas a pie de página– como para necesitar retoques. Las enmiendas de Arthur Hopcraft y de otros arreglistas no proporcionaron el resultado deseable. Esteticista y vacuo, el largometraje promete en falso y su única virtud es la interpretación de Vanessa Redgrave.
La misma inconsistencia que debilita el texto de Tynan es aplicable a la inmensa mayoría de los guiones inspirados en obras de Christie. Entre las razones de dicho fracaso, nos quedaremos con la que expone Billy Wilder: “Ella era una auténtica maestra de la intriga. Pero en sus novelas nunca había personajes de carne y hueso. Todos eran de cartón.”
No por casualidad, esto es algo que queda de manifiesto en versiones mudas como The Passing of Mr. Quinn (1928), de Julius Hagen y Leslie S. Hiscott.
Ni siquiera un actor con un desprendido registro, Austin Trevor, supo entender al detective Poirot en adaptaciones tan pobremente escritas como Alibi (1931), del citado Hiscott.
En el mejor de los casos, la estática teatralidad del conjunto admite interpretaciones de buen nivel, como sucedía en Mortal sugestión (1937), de Rowland V. Lee, donde Basil Rathbone da vida a un elegante sospechoso.
Ante una novela de Christie, ceñida a un esquema reconocible y tirando a verboso, el guionista se reserva un derecho: la falta de respeto al original. Por desgracia, al tratarse de obras difundidas entre signos de exclamación, pocos adaptadores han sabido regular su ritmo audiovisual.
Indecisión, quizá...
Entre quienes escapan de esta mediocridad, hay tres autores que aportaron vigor y contrapunto a sus versiones. Muy capaz de superar cualquier trampa, Dudley Nichols obtuvo logradas caracterizaciones en Diez negritos (1945), de René Clair. Hay una cosa más que añadir, y es que la misteriosa cadencia de su guión desaparece en las demás traslaciones de la novela (George Pollock, 1966; Peter Collinson, 1975).
Por su parte, Billy Wilder y Harry Kurnitz redondearon estupendamente su adaptación de la obra teatral Witness for the Prosecution (1953), convertida en una película de primer orden: Testigo de cargo (1957).
Al trabajar a partir de una intriga limitada en la escala dramática, Wilder introdujo muchos y saludables cambios. Por ejemplo, el soso Sir Wilfrid de la función quedó trasformado en el divertidísimo letrado de la película. Según su propia confesión, Charles Laughton interpretó este papel imitando a su propio abogado, el excéntrico Florance Guedella, quien además era representante de otro de los protagonistas, Marlene Dietrich.
Es en el éxito de Wilder donde reside el fracaso de George Pollock. Pensando que un intérprete de carácter –Laughton– provoca la adhesión del público, Pollock eligió a la eminente Margaret Rutherford para que encarnase a Miss Marple.
Por prisa o descuido, no prestó importancia a los guiones, y ello explica la insistente palidez del ciclo que componen El tren de las 4,50 (1961), Después del funeral (1963), Muerte en el mar (1964) y La Sra. McGuinty ha muerto (1965).
“Aborrezco estas películas –sentenció, furiosa, doña Agatha–, y no aconsejo a nadie que las vea.”
Sin suspense ni excesiva gracia, Frank Tashlin dirigió su Detective con rubia (1966), donde Poirot es interpretado por el hiperactivo Tony Randall. Mereció mejor suerte Sidney Gilliat, que logra en La noche sin fin (1971) una plausible actualización de la novela Noche eterna (1967).
Nota al margen: a Christie le escandalizó, por erótico y demasiado liberal, el tratamiento de Gilliat.
Con sentido de la pulcritud empresarial, el magnate Lord John Brabourne convirtió cuatro novelas de Christie en un desfile de estrellas, muy colorido aunque demasiado cargante para tener cabida en la posteridad.
Tres cintas del ciclo usan a Poirot como protagonista: Albert Finney interpretó al belga en la apreciable Asesinato en el Orient Express (1974), de Sidney Lumet. Heredando al personaje, Peter Ustinov protagonizó Muerte en el Nilo (1978), de John Guillermin, y Muerte bajo el sol (1982), de Guy Hamilton, escritas con desmaña por un buen dramaturgo, Anthony Shaffer, el autor de La huella (1972).
Aunque Lord Brabourne repitió su esquema en El espejo roto (Hamilton, 1980), la única beneficiada en este empeño fue Angela Lansbury, quien debe a su papel de Miss Marple la oferta de protagonizar Se ha escrito un crimen (1984-1996).
Y es que, para entender verdaderamente lo que hoy significa Agatha Christie en el mundo audiovisual, hay que aludir al formato televisivo.
Así, ocupando esa pantalla menor, Ustinov volvió a ser Poirot en Thirteen at Dinner (1985), Dead Man's Folly (1986) y Murder in Three Acts (1986). Está claro que el interés de dichos telefilmes es algo que sólo concederán los seguidores de series como Miss Marple (1984) y Poirot (1989).
Telespectadores amables, para quienes una intriga recatada, accesible y familiar resulta mucho más sensata que el realismo sucio de otros dramas policiales.
Por desgracia, esto contraviene la premisa que Christie tomó de Chesterton. A saber: el objetivo de una novela detectivesca es, precisamente, sobresaltarnos. Que los guionistas tengan o no el coraje de estar de acuerdo con ello es, desde luego, un asunto diferente.
En todo caso, espero que el trabajo de John Curran sirva a algún cineasta para que se decida a llevar a la pantalla la vida de Agatha Christie como ésta se merece.
Nota editorial
Agatha Christie no lo contó todo sobre sus famosos crímenes.
Una fascinante exploración del contenido de los 73 cuadernos de notas de Agatha Christie recientemente descubiertos, que incluyen ilustraciones, extractos eliminados y dos novelas inéditas de Poirot.
Agatha Christie es la autora que más libros ha vendido en la historia: cuatro billones de ejemplares.
Cuando Agatha Christie falleció en 1976 se había convertido en la escritora más popular del mundo. Con unas ventas billonarias en todo el mundo y publicada en más de 100 países, había conseguido lo imposible: publicar más de un libro al año desde la década de 1920, y todos ellos éxitos de ventas.
Tras la muerte de la hija de Agatha, Rosalind, a finales de 2004, se reveló un extraordinario legado. Entre sus objetos personales de la residencia familiar de Greenway se desenterraron los cuadernos privados de Agatha Christie, 73 volúmenes escritos a mano que habían permanecido en gran parte ignorados, probablemente debido a que la inconfundible caligrafía de Agatha era muy dificultosa de leer.
Pero cuando el archivero John Curran comenzó a descifrar los cuadernos, se hizo evidente la magnitud de este tesoro escondido…
Este libro abre la tapa del mayor secreto de Agatha Christie: cómo sus anotaciones, listados y borradores se convirtieron en los exitosos libros, obras de teatro y relatos que finalmente fueron.
Argumentos alternativos, escenas eliminadas, incluso sus planes para libros que no llegó a escribir, la investigación de Curran revela una enorme riqueza de material inédito, incluidas dos novelas cortas de Hércules Poirot.
Ficha técnica
Los cuadernos secretos de Agatha Christie y dos novelas inéditas de Poirot
John Curran
Suma de Letras
Páginas: 568
Publicación: 24/03/2010
Género: Thriller
Formato: 15 x 23 (cartoné)
Precio: 22.00 €
ISBN: 9788483651780
EAN: 9788483651780
Publiqué la primera versión de este artículo en el diario ABC
Copyright de imagen y sinopsis © Suma de Letras. Reservados todos los derechos.












