Publicado en 1894, Los placeres y los días –«libro mejor escrito, o menos mal que Swann», como escribió muchos años después, en 1918, el propio Marcel Proust (1871-1922)– prefigura sin duda, por un lado, la genial creación de En busca del tiempo perdido.
Por otra parte, es la mejor manera de iniciarse en la lectura del autor francés que puede hallar quien se sienta abrumado ante su imponente hermana mayor.
El libro es, en efecto, una deliciosa recopilación de relatos, estampas sueltas, impresiones y reflexiones que por su perfección y atmósfera suspenden el ánimo del lector, así como de pinceladas y esbozos de situaciones y personajes que más tarde habrían de aparecer en su obra monumental.
"Lo bello se da en Proust –escribe Blas Matamoro– como categoría diferencial de lo utilitario y de lo natural. Puede decirse que el arte es, por definición, algo innecesario y artificial. Hay una ideología de base a la cual remite esta doble calificación proustiana, una ideología decadente y aristocratizante de la vida, basada en la situación del sujeto–artista durante el espacio y el tiempo en que Proust produce su novela.
El decadentismo está sostenido por una actitud de pasividad y de despilfarro ante el espectáculo del mundo, propio de una burguesía en posesión de una gran capacidad de gasto y de lujo.
Los objetos existen para ser contemplados con placer y ser consumidos. El mundo es un espectáculo suntuoso al cual el burgués decadente, convertido en amateur estetizante, asiste con una información artística que le permite juzgar sobre el gusto.
El gustador del mundo vive rodeado de cosas superfluas con las cuales entretiene su tiempo, definiendo los objetos y su lugar como estéticos, o sea destinados a la contemplación y la destrucción. Podría suprimirlos y la vida se sostendría, vegetativamente, sin penuria. Sólo que, al perder su carácter de espectáculo bello, dejaría de ser comprensible, ya no tendría sentido.
El artista está calcado sobre las figuras del dandy y de la cocotte. El dandy es un consumidor puro, que asiste a la percepción estetizada del mundo como a una continua liturgia festiva. Su pasividad ante las cosas es total.
Sólo las percibe y las goza. Ni las produce ni las maneja. Las cosas le ocurren. En medio del festín, podría dría entrar cualquiera y matarlo. No movería un dedo para defenderse. Detrás del cristal, acechan los pobres.
Él vive entre el perfume del tabaco, del vino, de las mujeres descotadas, el sonido de la música y los colores atenuados por la luz indirecta.
Es una «abeja entorpecida por el humo del tabaco, que no tiene ya la preocupación de preservar la provisión de sus esfuerzos acumulados y la esperanza de su colmena».
La cocotte, a su vez, la mujer convertida en objeto estético y lujoso, la mujer para despilfarrar al margen de la perpetuación de la especie, convierte en suntuosidad y arte sus menores gestos: vestirse para el mundo y, sobre todo, desvestirse para un hombre.
Así como las otras viven exhibiendo sus joyas, ella guarda sus perlas en la intimidad.
Su lujo es secreto y, en cierto modo, desinteresado, o sea estético en un sentido kantiano, de despojamiento de deseo, voluntad e interés para juzgar desnudamente las cosas.
Por su parte, la inutilidad remite al mundo de la aristocracia, a una cultura basada en lo improductivo, que es la máxima dignidad del noble.
Mientras los siervos trabajan y los burgueses especulan, los grandes señores no hacen nada, cuidando de hacerla con todo el protocolo del caso. La vida nobiliaria es un puro gesto de gasto, el ocio como sistema.
Es como las ruinas doradas de Combray, unos restos medievales en cuya superficie se condensa el placer del narrador (no exento de fetichismo por aquel sobrante arcaico, feudal, nobiliario y «vieja Francia»), hasta dotarlos de una cierta potencia, que produce «la inútil belleza».
Unos largos guantes «de una gracia inútil» pueden también emblematizar lo bello y lo noble. El guante envuelve la mano que no trabaja, la mano improductiva y noble.
Llevarlo es un alarde de señorío, o sea de inutilidad.
El proceso estético aparece, así, como el resultado final de un metabolismo productivo en que el gustador decadente no ha participado. Todo lo utilitario, lo necesario para el funcionamiento basal de la realidad, pasa lejos de él y lo ignora.
Una vez terminado el ciclo hay algo que sobra, algo que no sirve para nada: la obra de arte".
Ficha editorial
Los placeres y los días
Marcel Proust (Autor)
Consuelo Berges (Traductor)
Colección: El libro de bolsillo
Bibliotecas de autor: Biblioteca Proust
11,5 x 17,5 cm.
216 Páginas
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto (nota editorial) © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
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