Esta colección de cuentos que ahora se propone a los lectores repite los contenidos de un volumen que publicó el mismo sello, Alianza Editorial, en 1987.
La serie, prologada por Reynaldo González, contiene los cinco relatos de Lezama Lima (1910-1976) que la crítica más escrupulosa incluye dentro del género: «Fugados», «El patio morado», «Juego de las decapitaciones», «Para un final presto» y «Cangrejos, golondrinas», editados en las revistas Grafos, Espuela de Plata, Literatura y Orígenes, en fechas que van desde 1936 hasta 1946.
Se trata, por tanto, de los títulos que comprendía el libro Cuentos (Letras Cubanas, 1987), publicado en La Habana.
No es difícil comprobar que la obra lezamiana tolera la extensión de la lista de acuerdo con lecturas menos restrictivas. De hecho, en pocas ocasiones resulta más oportuno hablar de géneros difusos: Lezama no trazó fronteras convencionales en su escritura, de modo que ciertos poemas en prosa y no pocos fragmentos de sus novelas cabrían dentro del repertorio. Así, pues, los editores han sumado a los cinco títulos del canon textos de diferente origen.
El orden elegido admite la prosa poética «El guardián inicia el combate circular», tomada de Aventuras sigilosas (1945), y otro tomo del mismo método, La fijeza (1949), proporciona las piezas que completan el juego: «Pífanos, epifanías, cabritos», «Peso del sabor», «Tangencias», «Cuento del tonel» e «Invocación para desorejarse».
Como es bien conocido, el imán de Lezama, oblicuo, sorpresivo en sus imágenes de metamorfosis y antiguos mitos, atrajo desde la publicación de Paradiso (1966) el norte del planeta literario.
Desde entonces, la bibliografía crítica, los estudios y tesis preocupados por su poética cosmovisión han explorado la estructura simbólica, el juego verbal y las imágenes posibles de cada título. Serla interesante recordar que uno de sus más entusiastas admiradores, Julio Cortázar, supo definir con la palabra justa toda esta peculiar ceremonia:
«Lezama no sólo es hermético en sentido literal, (...) sino que además es formalmente hermético, tanto por un candor que lo lleva a suponer que la más heteróclita de sus series metafóricas será perfectamente entendida por los demás, como porque su expresión es de un barroquismo original (de origen, por oposición a un barroquismo lúcidamente mise en page como el de un Alejo Carpentier)».
De ahí que, incluso en prosas tan breves como éstas, sea posible hallar atmósferas en las que fulguran el deseo y su posibilidad infinita. En esa maniobra interpretativa, las posibles lecturas averiguan distintos niveles de complejidad. Y esta última cuestión sigue siendo, en lo esencial, el resorte que fomenta policromías e insinuaciones, sobreimponiendo el deseable juego de paradojas. Todo ello determina un escenario de fragmentos que se iluminan alternativamente; tan sólo depende del lector intuir el orden que los reúne.
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