Epopeya extraordinaria de unos tiempos convulsos que François-René de Chateaubriand vivió como testigo y protagonista, las Memorias de ultratumba son un documento literario atemporal.
Melancólico y desengañado, aristócrata que presenció la Revolución Francesa, que viajó a la joven República americana y conoció el esplendor y la falsía del Imperio napoleónico, así como la Restauración, Chateaubriand fue un hombre polifacético, hábil y vehemente, cuyas Memorias —«un templo de la muerte erigido a la luz de mis recuerdos»— nacieron como confrontación personal con la Historia, como revancha contra el tiempo.
Un escritor maravilloso y de culto capaz de construir, como el profesor Fumaroli dice en el prólogo redactado para esta edición, «una reflexión profunda, de una actualidad sobrecogedora y de un alcance universal, sobre la era democrática inaugurada por la Revolución Americana y por la Revolución Francesa, sobre las grandes esperanzas que ella hizo nacer, sobre los peligros que llevaba en germen, y sobre las pruebas insólitas a las que exponía, en su expansión mundial, la libertad y la humanidad misma del hombre.»
"A Madame Récamier –escribe Blas Matamoro– le escribe el 5 de febrero de 1829: Yo, bárbaro armoricano, viajero entre los salvajes de un mundo que los romanos ignoraron y embajador ante uno de esos sacerdotes que eran arrojados a los leones...
A lo largo de su vida lo vemos hacer de marino, comerciante, maestro de primeras letras en Inglaterra, periodista, político, diplomático, par de Francia, ministro canciller, cortesano, traductor y siempre, obviamente, escritor, lo cual para él significa ser escucha atento de la voz de ultratumba.
Esta dispersión no le impide medir su biografía con la historia de su país: viajero con Luis XVI, exilado durante la Revolución, fabulador con el Imperio, político con la Restauración, memorialista con Luis Felipe y agonizante durante las barricadas de 1848.
Se vive como un fin de raza: el antiguo régimen es para él como la colonia para Sarmiento. Después de ambos, Francia y América, ni viejas ni nuevas, se tornan anacrónicas.
Odia y ama a Francia. La quiere como idea y como intensidad de vida social, y enumera la lista de sus vicios: Francia propugna la igualdad pero no la libertad y los franceses son sucios, vanidosos y crueles, excelentes guerreros y malos ciudadanos.
Cuando se entrevista con Washington, comprende que los Estados Unidos sí son la modernidad, efecto de la historia y no de la revolución. Viven en el presente y resultan de la democracia fielmente cumplida, al revés de lo ocurrido en Francia con Napoleón.
Instalado en la tensión romántica entre el mundo y el claustro, busca la inmersión del político en el curso del tiempo y la distancia reflexiva del intelectual, para conciliarse en la escritura: la historia sólo puede contada quien la ha vivido, todo discurso es confesional.
La escritura se da desde el Tiempo, la postrimería de ultratumba, como si el escritor estuviera muerto y las cosas pudieran tratarse únicamente después de haber desaparecido, cuando son ya fantasmas de sí mismas.
Bretón y, en tal medida, heredero de una parcela de la Francia fundacional, siempre tendrá una lejanía recelosa respecto a París, la misma del sanjuanino Sarmiento ante Buenos Aires. Su patria es Francia, pero su matria (palabra griega que recuerda el apodo Madre Patria del padre de Sarmiento) es Bretaña.
Mas su lugar es el mar, el mítico y romántico escenario del Holandés Errante, que abraza todo el globo, lo encontramos por doquier, parece seguimos y exiliarse con nosotros. (...) Chateaubriand pertenece a la pequeña nobleza provinciana, antigua pero insignificante, un patriciado venido a menos. Por eso le fascina que los grandes (Washington, Napoleón, Luis XVIII, el Papa, el zar Alejandro) lo traten de igual a igual, al tiempo que reverencia a las jerarquías que le prestan atención y prometen restaurar el orden perdido.
En especial, se define por su relación con Bonaparte, comparable al vínculo entre Sarmiento y Facundo: detesta sus vicios, se siente perseguido por él, pero lo ve, literalmente, como la encarnación del Destino, un hombre capaz de hacer temblar al mundo cuando grita ¡Yo soy!
Monumento pero no paradigma, Napoleón ejemplifica el conflicto entre el genio y la Providencia, al revés que el zar Alejandro, dócil instrumento providencial. Sordo a la voz divina, Napoleón es condenado a expiar públicamente sus pecados, la megalomanía francesa de pretender personificar las virtudes y defectos de la humanidad.
Aborreciendo su acción histórica, sin negar su genio militar, lo tiene siempre de referencia y le dedica la cuarta parte de sus memorias. La altura del adversario mide la propia.
El padre de Chateaubriand, que sólo se apasiona por el nombre propio, decretará que el hijo no tenga hijos y ligue su nombre a una obra. Por eso, el escritor busca entre sus antepasados a los hombres de letras, dando su cuerpo a la voz de los difuntos.
Desde pequeño, también por decisión paterna, duerme solo en una cámara oscura que le parece una tumba, dentro del gran mausoleo que es el robusto y tétrico castillo de Combourg, donde se muestran los espectros familiares. Último de diez hijos, hará la crónica final de su estirpe.
Se lo bautiza René, el renacido, porque su letra volverá de la muerte con el poder de la resurrección. El padre también se llama René y, además, Augusto, el divino.
Ha logrado rehacer la fortuna familiar traficando como negrero y corsario.
Está lejos, como el padre de Sarmiento, y apenas se muestra en la gótica mansión familiar, silencioso, entrando y saliendo de las sombras.
Tampoco habla demasiado la madre, que borda y distribuye los libros clásicos entre los niños.
Le enseña religión y quiere que René sea cura, así como el padre lo quiere marino.
Ella lo sienta en la biblioteca, él lo lleva de cacería.
Ambas voces se unen en su hermana predilecta, Lucile, quien lo incita a escribir.
Ella también escribe y abandona la literatura por una vida melodramática: dos matrimonios frustrados, el convento, el vagabundaje, la locura y el suicidio.
Como en Sarmiento, la escritura es la síntesis de los proyectos materno y paterno.
Frente a Dante, a quien admira por ser casto y masculino, Chateaubriand se define como "un extraño andrógino, sangre solidificada de mi madre y de mi padre".
Escribir: perderse en el mundo y abandonarlo, lograr un nombre y luchar por el olvido.
Escribir en el filo de la muerte, cuando el yo está por desaparecer y lo sustituye la voz de ultratumba".
François-René de Chateaubriand
François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768—París, 1848), uno de los máximos exponentes de la literatura moderna, fue también uno de los personajes políticamente más controvertidos de su tiempo.
La fuerza descriptiva de su genio y su lúcida conciencia histórica dieron como fruto, entre otras obras, la vasta apología de El genio del Cristianismo (1802) —con los famosos episodios de René y Atala—, la novela Los nátchez (1826), Las aventuras del último Abencerraje (1826) y las monumentales Memorias de ultratumba (1845-1850), que Acantilado publicó en cartoné en 2005 y en edición de bolsillo en 2007. En esta editorial también apareció el ensayo Amor y vejez (Acantilado, 2008).
Notas de prensa
"Estamos ante un texto mítico que lo integra todo, historia privada y pública, la épica de las grandes aventuras y terremotos políticos, lo personal y lo colectivo, naturaleza, guerras, violencias, viajes".
Rafael Conte, El País
"Unos de los libros señores y más apasionantes de la literatura universal".
Baltasar Porcel, La Vanguardia
"Una gran mediación histórica del paso del mundo antiguo al moderno, del mundo aristocrático al democrático".
Sonia Doménech, La Razón
"Las Memorias de ultratumba no contienen una página aburrida ni el menor abandono retórico".
J.F. Yvars, La Vanguardia
"Pocas lecturas resultan más fertiles y hermosas".
Jaime Siles, El Mundo
"Un autorretrato inagotable que se podria leer cien veces, si la vida diera para tanto, y seguiríamos con ganas de volver a empezar su lectura".
Carlos Pujol, ABC
Ficha editorial
Memorias de ultratumba
Presentación de Marc Fumaroli
Introducción de Jean-Claude Berchet
Colección: El Acantilado, 102
Traducción: José Ramón Monreal
Prólogo: Marc Fumaroli
ISBN: 978-84-96136-87-8
Nº de edición: 6ª
Encuadernación: Cartoné
Formato: 13 x 21 cm
Páginas: 2816
Precio: 84.00 €
Copyright del texto © Editorial Acantilado (Quaderns Crema). Reservados todos los derechos.
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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