A la muerte de Salgari, numerosos imitadores trataron de ocupar su lugar. La avaricia de los editores favoreció este fenómeno, que enriqueció la bibliografía salgariana con innumerables apócrifos.
El más llamativo de todos ellos es Mis memorias (Le mie memorie, 1928), un libro de recuerdos en el que Salgari hace balance de su vida aventurera. La obra es tan colorista y animada como el resto de la obra del escritor, e incluye episodios tan singulares como el encuentro del narrador con su héroe más famoso, Sandokán.
Nada o casi nada es cierto en este libro, urdido con la complicidad de uno de los hijos de Salgari, Nadir. Quien lo escribió en realidad fue Lorenzo Chiosso, tan admirador de Salgari como lo fueron otros imitadores, como Luigi Motta, Paolo Lorenzini, Sandro Cassone y Giovanni Bertinetti.
"Las famosas Memorias de Salgari –escribe Emilio Pascual– (...) no son de Salgari. Las escribió [en 1928] Lorenzo Chiosso, profesor y tutor de los hijos de Salgari a la muerte de éste, en un momento de exaltación y recuperación para la causa fascista del escritor e influido también por Omar, que quería reivindicar a su padre a toda costa. En todo caso, lo cierto es que el propio Salgari se había encargado concienzudamente de dar pábulo a la leyenda de sus misteriosos viajes en conversaciones, entrevistas, declaraciones e incluso en las cartas a su novia (...). En 1883, cuando Salgari tenía apenas veintiún años, envió al periódico de Verona La Valigia un cuento titulado I selvaggi della Papuasia, que se publicó en cuatro entregas. Y, aunque no había visto huracanes, tigres, ni junglas negras, supo describirlos con tal acierto que pronto L'Arena solicitó sus servicios como redactor, para evitar que su pluma desembarcara en La nuova Arena, su rival en el periodismo veronés. En efecto, Salgari había publicado en este periódico El Tigre de Malasia y La favorita del Mahdi (150 y 124 entregas, respectivamente), que bastaron para vislumbrar lo que podía dar de sí su pluma" (Apéndice de Los Tigres de Mompracem, Anaya, 1988).
"Escribir las propias memorias –escribe Lorenzo Chiosso haciéndose pasar por Salgari–, cuando las luces de la esperanza van amortiguándose, cuando ya no se está en condiciones de desear nada en la vida, cuando se está cansado por la labor realizada y por las luchas soportadas, no es cosa fácil ni agradable. Sin embargo, en mi caso, la tarea adquiere la forma de una necesidad y de un deber. Y yo no intento substraerme a la obligación, porque deseo que mis hijos, y cuantos me amaron y me conocieron a través de mis libros, saquen, de la sincera narración de mi extraña vida de aventuras, aquellas enseñanzas y aquella áspera voluntad de batallar, aquel deseo de aventuras y de gloria que yo quisiera estuviesen infundidos en el alma de todos los jóvenes ltatianos. Mis memorias serán, por eso, el coronamiento de toda mi obra: la síntesis, el epílogo. Escribo estas líneas en una melancólica mañana de enero, mientras el cielo está gris y todo es gris en torno mío. Pero la constancia, para llevar a término este mi especie de testamento moral, no me faltará" (Mis memorias, Centro Editor de América Latina, 1977).
"Hablemos ya de su vida real –escribe Juan Tébar–. Él pretendió ennoblecerla disfrazándola de gloriosos embustes. Pero no pudo cambiarla, salvo en los sueños. Salgari nace el 25 de agosto de 1862 en Verona y se suicida el 25 de abril de 1911 en Val San Martirio, cerca de Turín. Entre estas dos fechas, una vida oscura, llena de pasión interior. Y de palabras, palabras, urdiendo las aventuras no vividas. Ojo con algunas Enciclopedias y Diccionarios. Observo en dos, que no citaré, frases como ésta: «Capitán de altura ya a los dieciocho años, vivió en el mar las aventuras más extraordinarias, que vertió luego en su producción novelesca.» Desconfiad de tales informaciones. El doble se ha colado en ellas. Salgari fue, según vemos, dos personas, un caso de esquizofrenia mitómana: por un lado, «Salgarello», el hombre de pequeña estatura, «vestido (cuando niño) de marinero, como una premonición de lo que pretendía ser»; y por otro el valiente capitán soñado, el aventurero, el émulo de Sandokán" (Apéndice de El Corsario Negro, Anaya, 1993).
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