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Octavio Paz: El peregrino en su patria

 El peregrino en su patriaEs una excelente iniciativa la de reunir en un tomo páginas escogidas de Octavio Paz sobre México. Me explico: toda selección tiene el inconveniente de estar hecha con ausencias y supresiones y siempre habrá quien diga que hubiese preferido tal a cual fragmento.

La excelencia del proyecto reside, a mi ver, en dos principales incisos: el mostrar a Paz como “historiador” (enseguida aclararé el término) y el desplegar su calidad de “mexicano” (él se ha pasado la vida aclarando este término) a lo largo del tiempo.

Dicho de otra forma: retratar al hombre que hace historia en el camino de la historia que ha hecho y pensado, y que lo hace y deshace a cada momento. La diversa entidad de estos fragmentos (capítulos de libros, artículos, entrevistas) da vivacidad coral al conjunto, ya que se oyen voces y ecos diversos, que se superponen, se contestan, se ayudan o combaten, señalando a ese gran supuesto que es, en toda obra, el autor.

Como ensayista, Paz ha sido, centralmente, un historiador. No un historiador en el sentido institucional de la palabra, un rebuscador de expedientes y legajos, ni menos aún alguien que ha manejado la historia como una ciencia documental positiva (aunque también sabe hacerlo y se lo puede observar manos a la obra en muchos momentos de Las trampas de la fe).

Historiador, Paz lo es en cuanto meditador de la calidad de la historia, de ese discurso que los hombres hacemos y que nos hace a lo largo del tiempo, con un pasado y un futuro igualmente inevitables pero también conjeturales.

En alguna parte, Paz habla de las preguntas que deja el pasado y de las que lanzamos al porvenir. Vivir la historia, hacer la historia, es intentar responder a aquellas preguntas e imaginar la fisonomía de quienes nos contestarán en años que, de momento, sólo tienen números vacíos en un almanaque desierto de gentes.

El hombre es irrenunciablemente histórico, pero tiene con la historia unas relaciones ambiguas, cuya calidad se refleja en la escritura histórica misma.

No somos humanos sino haciendo la historia pero, cuando la hemos hecho, queremos desembarazarnos de ella, pensamos en mundos ideales, no afectados por la historia, islas de utopía y aldeas felices que carecen de cuándo y de dónde.

Somos humanos porque somos pasajeros, mortales y temporeros del trabajo terrenal, pero nos soñamos eternos, permanentes y dueños definitivos de nuestro lugar.

Este vaivén trágico nos anima a insistir en la vida que se modifica, esperando del cambio la definitiva solución de nuestra problemática existencia, con la secreta esperanza, inconfesa e inconfesable, de seguir siendo problemáticos, en registros cambiantes.

De estar vivos, si se me permite la simplificación. El hombre hace su historia para liberarse de las cargas que lo oprimen y la historia se convierte en una carga cada vez más pesada, que se aligera con el olvido y con el intento de la regeneración.

Esperamos de la historia la liberación y nos trae nuevas formas de alienación. Aun los filósofos que, como Hegel y Marx, han visto en la historia el escenario en que el hombre desarrolla su libertad, es decir la conciencia negativa de la opresión, han tenido que definir la historia como un proceso de extrañamiento y alienación.

Tenemos, cada tanto, la sensación de estar extrañados, tal vez por que lo efímero de nuestra vida nos hace inquilinos y usuarios de un mundo que no fue ni será nuestro. O, según explican ciertas religiones, porque este mundo no es nuestra patria, sino nuestro destierro.

Justamente, la fórmula de Lope de Vega que sirve de título al volumen, alude a esa doble calidad histórica del hombre: la de estar en la patria (tierra del padre, del que estuvo antes y nos obligó a existir) y la de ser peregrino, es decir transeúnte y extranjero.

Peregrino en su patria define la situación de Paz en México y, más ampliamente, la situación del hombre en el mundo histórico. Este doble juego de pertenencia y extranjería, de libertad de movimientos y alienación, permite que la historia sea movimiento y proceso, que no esté nunca quieta, que no alcance jamás un lugar o estadio definitivos.

Tampoco el punto donde se sitúa el historiador lo es, de modo que su discurso resulta, igualmente, procesal y movedizo. Literatura de abordo, cuaderno de bitácora, libro de viaje, es el texto del historiador.

El presente volumen acredita las singladuras de un animal histórico destacado por la constancia de su voz y que exige ser unificado por un nombre. Si el que medita sobre la calidad del discurso histórico hace epistemología, Paz resulta, entonces, un epistemólogo de la historia.

Ahora podemos quitar las comillas a la palabra historiador, Y ello porque el tiempo en que se despliega la obra ensayística de Paz coincide, con escaso décalage, con la revisión de la historiografía positivista y la aparición de las nuevas escuelas históricas: un marxismo dialéctico y no fatalista, la historia de las mentalidades, la historia “total”, etc.

El punto de sutura que, en México, personifica Daniel Cosío Villegas, por ejemplo, a quien Paz dedica unas decisivas páginas de balance.

Para el positivismo la historia era la reconstrucción puntual del pasado y la elucidación de las leyes históricas, entendidas como leyes de la naturaleza: constantes, fijas, generales, cuantificables, abstractas y carentes de excepciones. Para nosotros, el pasado no puede reconstruirse porque es una función del presente.

No nos dirigimos a él dando un salto hacia atrás, sino que lo traemos hasta nuestra coetaneidad en términos de interés hodierno, de vida contemporánea. Cada época tiene su pasado, que destruye o recompone lo que fue pasado para otras épocas.

De ahí que no podamos fijar leyes al desenvolvimiento de ese pretérito, porque no podemos fijarlas para el desarrollo de nuestra actualidad. Por otra parte, el tejido documental de la historia está sembrado de agujeros y desgarrones y tiene menos hilos cuanto más retrocedemos en el tiempo transcurrido.

Si el discurso histórico tiene la sumisión al documento que exige la ciencia, tiene, además, la exigencia de imaginación e iluminación de la poesía. La historia es una suerte de poema épico documental. Braudel ha mostrado, por fin, que la historia es un espacio que, como universalidad, pertenece al conjunto humano desde hace poco, tal vez no antes de la expansión del capitalismo industrial y, sobre todo, de los medios de comunicación social.

Hasta entonces, la inmensa mayoría de los humanos, dispersos en espacios rurales y en comunidades pequeñas y aisladas, vivieron fuera de la historia universal, transmitiéndose una cultura estática y repetitiva, cifrada en tradiciones orales, en la autoridad de los fundadores y los ancianos, con un pasado fijo y arquetípico que, por eso mismo, no valía la pena investigar, sino, apenas, mentar por medio de las narraciones míticas.

A esto cabe añadir una figura que es constante en la obra histórica de Paz: la figura del horizonte. Una línea nítida, que demarca él límite entre el cielo y la tierra, entre el más acá y el más allá, y hacia la cual nos encaminamos, pero que es inalcanzable.

Es una meta que no tocaremos nunca y que hace posible la vida como proceso. La podemos llamar horizonte epocal o conciencia posible, tanto da. Es la que condiciona la dialéctica posible / imposible que hace a la vida histórica.

Los hombres nos movemos en términos de posibilidad pero hacemos unos utensilios que tienen su propia posibilidad y que se nos escapan de las manos, nos aprisionan y nos obligan a replantearnos nuevas fórmulas de libertad. Somos los perpetuos aprendices de brujo de la historia.

Esta recopilación miscelánea y antológica permite, en otra perspectiva, la relectura de textos que, aislados de la historia interna de la obra octaviana, cambian de coloración, por así decirlo.

Si se me permite lo anecdótico, diré que, cuando leí El laberinto de la soledad, en la Argentina de los cincuentas, lo hice provisto de lecturas cercanas, abundantes en la literatura argentina a partir de la década del treinta.

Me refiero a los textos de Martínez Estrada, Mallea, Scalabrini Ortiz, Erro, más tarde Murena y Mafud, acerca del “ser nacional argentino”.

En aquel momento, el libro de Paz podía tomarse como resultado del alemanismo y los libros argentinos, como resultado de la crisis de 1930.

La prosperidad alemanista agarrotaba los mecanismos de burocratización revolucionaria. El futuro aparecía como una serie infinita de sexenios que se copiaban unos a otros. El marasmo argentino apuntaba también a la inmovilidad y la parálisis.

Eran tiempos para acudir a las explicaciones esencialistas y arquetípicas, a los mitos y a los ciclos. Pero, si releemos El laberinto a la luz de Postdata, El ogro filantrópico y Pasión critica, por ejemplo, su función cambia por obra del sistema.

Los mexicanos no tienen esencia, sino historia, dirá Paz en algún relevo de su obra. Aquella visión estática y junguiana de la historia juega, ahora, de pieza inmóvil en la dialéctica del movimiento. Es la permanencia que permite pensar la alteración, la fijeza que habilita a pensar el movimiento.

La historia es, efectivamente, permanecer cambiando y cambiar permaneciendo. Ni la esencia inmutable ni el cambio puro son pensables en sí mismos, como absolutos.

Por esa vertiente de pensar lo mexicano, la obra de Paz se toca, inevitablemente, con las categorías universales, Es lo que hace del pensador, un peregrino.

Extrañándose del ámbito natal, saltando las fronteras de la aldea protectora y aprisionante, se logra ver la historia como un proceso universal, una totalidad que encierra a todos los hombres, con sus diversidades peculiares y sus semejanzas generales.

A menudo se ha intentado desvalorizar la obra de Paz tachándola de extranjerizante y hecha “de espaldas a la tierra”, sin advertirse que ésas eran sus cualidades precisas de universalidad.

En efecto, hace falta sentirse extranjero a algo propio para verlo desde fuera, con perspectivas que el léxico familiar no permite distinguir.

Y hace falta pensar de espaldas a la tierra, mirando al cielo de las abstracciones, elevándose sobre lo cotidiano y doméstico, para entender con mayor latitud el entorno. Quien sabe sólo aquello que los mexicanos pueden saber, sabe muy poco. Quien no es capaz de alterarse y salir de sí para verse desde lejos y desde el exterior, no sabe nada.

Categorías como tradición y modernidad, revolución y revuelta, imperio y periferia, exigen ponerse a distancia de lo cotidiano para ser entendidas con cierta competencia. Si no se sitúa la historia mexicana en relación con la española, con las zonas de vivencia indígena que perduran después de la conquista, y en relación con el proceso del capitalismo comercial, la reforma religiosa y la Ilustración, es poco lo que puede trascender la crónica y el folclore.

Desde allí cabe leer las páginas insistentes en que Paz señala cómo en México, a partir de la Reforma, por ejemplo, se proclama la necesidad de modernizar el país y se insiste en formas arcaicas de dominación, que se reclaman de la teocracia y de la burocracia militar precolombinas, del patrimonialismo hispánico, de la ortodoxia católica y del carácter paternal y mesiánico del dirigente.

Hay que salir de la soledad solipsista y de sus encantos laberínticos y ocupar el lugar del Otro, para verse, a su tiempo, como otro.

La historia de México aparece, de este modo, como la historia junto a ese enorme otro que son los Estados Unidos, país fundado a partir de los ideales de la modernidad y cargado de una fe religiosa en el futuro como tesoro del cambio y de la renovación.

Ese otro que nos priva, con su poder, de una gran parte de nosotros mismos, ese otro al cual envidiamos todo lo que tiene y nos falta, que detestamos como el opresor soberbio y al cual, secretamente, amamos como se ama todo lo que se desea sin alcanzar.

El marco universal en que se sitúa la meditación de Paz se caracteriza por otro componente epocal, que podríamos denominar como la crisis de los grandes relatos. En una parte del mundo, ha hecho crisis el gran relato del capitalismo, que prometía desarrollo y abundancia para todos, paz y libertad por igual.

Tenemos un mundo en que, efectivamente, el progreso técnico crea riqueza, pero que no llega a todos los habitantes del sistema, provocando, a menudo, la destrucción del medio ambiente, la violencia urbana, la degradación del lenguaje y de la vida erótica. En el mundo comunista, ha hecho crisis el gran relato de la revolución, la promesa de que, una vez eliminada la burguesía con sus correlativas categorías de propiedad privada y economía de mercado, reinarían la fraternidad y la libertad igualitarias.

En cambio, han sobrevenido colectivismos burocráticos fuertemente autoritarios y la producción estatizada y dirigida se ha mostrado incapaz de superar ciertas alturas de crecimiento, estrangulando las posibilidades de redistribuir la riqueza y proveer a las necesidades comunes.

Desprovista de grandes expectativas de futuro, la humanidad se ve abocada a la caducidad de las ideocracias y a la necesidad de soluciones pragmáticas, efectivas en lo inmediato y opacas en su discurso legitimador. Es un “tiempo nublado”, no tempestuoso, quizá, pero tampoco brillante.

Negociamos más, somos más tolerantes, pero todo nos importa menos y nos resulta sutilmente indiferente. El desafío está ahí, planteado por la misma meditación de Paz: restablecer cierta euforia en la civilización que no nos lleve a las guerras planetarias del pasado. Competir sin destruimos. Recuperar nuestra relación con lo sagrado, sin restaurar las viejas aniquilaciones religiosas.

Como siempre, el hombre resuelve unos problemas para crear otros. No cabe conceder al historiador el carácter de profeta, pero, si se releen algunos pasajes octavianos sobre la evolución política de México, desde la actualidad que marcan las últimas elecciones generales, se verá que, hace veinte años, Paz ya señalaba la escisión del PRI como la única posibilidad efectiva de un cambio hacia la democratización del sistema político en México.

Muchas otras seducciones podrían anotarse a lo largo de esta antología. Por razones de espacio, anotaré una última, porque me parece ser la que mejor resuelve, desde el punto de vista operativo, la propuesta de Paz en cuanto a la historia como género: el uso del modelo biográfico en la obra sobre Sor Juana.

La biografía es la historia de onda más corta y es, a la vez, la que permite mayor juego a la invención literaria en la historia. Contar la vida de un sujeto y, a través de ella, el destino histórico de una sociedad, en el caso, volver a la Nueva España como el punto de partida de la identidad nacional histórica de México, es la puesta en escena más aguda respecto a la doble función, científica y poética, de la historia. Rescatar a Sor Juana es, como corresponde, una elección autobiográfica.

Todo historiador elige zona de la historia que mejor ejemplifica “su” historia. Sor Juana, como Octavio Paz, fue intelectual en una sociedad fuertemente burocratizada y, como escritora y mujer, doblemente marginal. Prefirió la lealtad a su Dios antes que la lealtad a su clero.

Pensó desde su discurso y no desde el discurso de su institución: fue heterodoxa. Vio, por fin, que la escritura es el espacio donde las palabras pueden hallar su libertad, es decir su incertidumbre.

Renunciar a la feliz plenitud del dogma e insistir en la angustiosa busca del lenguaje que, intentando llegar al horizonte, advierte que éste avanza con él, puede ser una definición del intelectual, de su vocación peregrina.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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