La carrera narrativa de Juan Rulfo describe una curiosa y brevísima curva, que va de El llano en llamas (1953) a Pedro Páramo (1955).
El escritor mexicano vivió luego de ésta unos treinta años sin publicar nada más, anunciando que estaba escribiendo una novela inexistente.
Escasos literatos han tenido el privilegio de una decisión semejante: saber de antemano cuántos libros debían escribir y atribuirles el grado de madurez de las obras maestras.
Rimbaud, Baudelaire, Leopoldo Alas como novelista, Ippolito Nievo y, si se quiere, Tomasi di Lampedusa y Proust. Esta olímpica nitidez y este arresto formal no son la regla, mucho menos en estos tiempos de escritores a la carta, pagados en mensualidades por unos editores que los convierten en graforreicos fabricantes de textos.
La obra de Rulfo es nítida y escueta como el paisaje desértico que menudea en ella. Escenografía de un aspecto trágico de la vida -morir sin dejar de vivir- nos pasea por la historia del México posrevolucionario y una condigna sucesión de cementerios, así como por una de las mitologías más fuertes de la humanidad: la sospecha de que este mundo es un camino de perfección en que expiamos una culpa innominada y nativa.
El Purgatorio es la escuela moral de la humanidad, llena de una luz quemante que semeja esa hoguera donde arde el llano rulfiano. Un tópico, francamente molesto, de la crítica al uso ha venido hablando de un periodo de aridez y extenuación literaria en el caso de Rulfo.
En efecto ¿por qué no nos dio más libros, seguramente tan excelentes como los dos mencionados?
La pregunta no sólo es banal sino absurda. Un escritor no tiene por qué escribir un solo libro, ni cien ni mil. Ni tiene por qué escribir cada día como si fuera un notario, un calígrafo o un periodista, para ganarse el pan con la escritura. Un escritor ha de escribir apenas lo que necesariamente deba escribir y, una vez hecho el trabajo, dejar de escribir.
No se es escritor como se es álamo, sapo o montaña, a tiempo completo. Se es escritor en los contados momentos de la vida en los cuales la invención se confunde con lo escrito.
Rulfo no fue un escritor extenuado a partir de 1955. Un escritor extenuado es aquel que se pone a redactar algo que resulta fatigado y bodrioso, no una obra maestra como Pedro Páramo. Un escritor extenuado es un siervo de la literatura como oficio. Rulfo, muy por el contrario, fue un señor de sus libros. Con el mismo señorío que alimentó su tarea, tomó la imperial decisión del silencio. O sea: el confín de la buena palabra.
Pedro Páramo
Escasos escritores han tenido el olímpico privilegio de condensar su obra en un libro. Es el caso de Rulfo, con su único volumen de relatos El llano en llamas (1953) y su única novela Pedro Páramo (1955), una de las cumbres de su género en nuestra lengua. Entre su publicación y la muerte del autor transcurren tres décadas pobladas del más clamoroso silencio.
A ello cabe agregar que no se trata de una obra hecha a propósito de modelos conocidos y repetibles, sino de un trabajo innovador, a contar de la multitud de voces narrativas que en ella se oyen más que se leen, como si estuviéramos en una cámara de ecos, donde hablan los vivos y los muertos, los cuerpos y los fantasmas.
Este riquísimo texto admite toda suerte de lecturas, desde la más realista y la menos armónica con su estructura, que nada tiene de lineal. No obstante, se la ha situado en los pagos de Jalisco, donde se erige la imaginaria ciudad de Comala, y hasta se han situado fechas concretas apelando a las menciones sobre la guerra de los cristeros en la década de 1920, y a fenómenos naturales como eclipses y temblores de tierra.
La figura del caudillo que le da nombre, por otra parte, responde a la de un cacique provincial latinoamericano, Gran Chingón, que se atribuye todos los hijos de la vecindad.
Pero la alternancia de vivos y muertos, el hecho de que un difunto luego aparezca viviente y las continuas interferencias de devociones propias de un catolicismo popular abren espacios a otra historia. La podemos adjetivar de historia negada, donde los fallecidos no acaban de desaparecer en el tiempo de los vivos, como si la Historia humana cediera su lugar al Mito. Y así el Gran Chingón, a quien mata su hijo bastardo como en el gran ejemplo dostoievskiano de la familia Karamazov, cobra el perfil de un sacrificado y sugiere la inmortalidad fantasmática de Dios mismo. Se puede matar al padre pero es imposible matar al Padre.
Ya oportunamente Octavio Paz decidió que la novela rulfiana ocurre en un espacio intermedio entre el Cielo y la Tierra, el Reino de los Inmortales y la República de los Mortales: un Purgatorio donde la vida es concebida y evocada como deuda pecaminosa y debe, justamente, purgarse para obtener la Gran Promesa: una oscura e incierta pero soberana redención definitiva.
Oblicuamente, con su decir conciso y descarnado, Rulfo propone cierta imagen de la revolución mexicana. El ataque revolucionario a la Iglesia católica y la insistencia de la devoción popular traza un círculo de insistencias. La revolución sale de la historia y se petrifica en mito, como anuncia el nombre del libro: una piedra en el páramo del tiempo terrenal.
Si se la sitúa en la deriva de la novela mexicana de la revolución, se la puede entender como revisionista. Si el mito da cuenta de la historia, entonces ha vencido y las viejas deidades indígenas del sacrificio vuelven con las vestimentas barrocas del catolicismo.
El camino de Juan Preciado, el personaje del hijo que abre el discurso al partir en busca de su padre, desemboca en esa Comala donde el padre es un fantasma al tiempo que un cuerpo asesinado que sigue hablando para que el hijo lo escuche.
José Vasconcelos sugirió que la revolución había despertado al viejo dios azteca de la guerra Huichilobos y la ofrenda de la víctima bajo las especies de los bíblicos Caín y Abel.
Rulfo propone una respuesta diferida y los seres humanos, cuando el dios ha vuelto a su sepulcro, inmortales en el mito y extendidos en sus modestas tumbas, insisten en la escritura que los alimenta y a la cual piden la perennidad.
Nota editorial (Cátedra)
En 1953, dos años antes de «Pedro Páramo», salió a la luz una recopilación de cuentos con el título de «El Llano en llamas».
Los lectores del momento, como los de ahora, sintieron nacer en su interior las preguntas: ¿Quién es Juan Rulfo? ¿Por qué escribe lo que escribe, tanta desolación, esa prosa tan severa y cargada de dolores, soledad y violencia? Esta edición de Cátedra ofrece el texto definitivo de «El Llano en llamas» corregido por la Fundación Juan Rulfo.
Cuando al final de la década de los sesenta la narrativa hispanoamericana alcanzó un prestigio mundial, se volvió la vista atrás en busca de sus clásicos. La figura gigantesca de Rulfo destacó inmediatamente. En 1955 aparece Pedro Páramo. Novela gestada largamente por un escritor con fama de poco prolífico y que aunó la propia tradición narrativa hispanoamericana con los principales renovadores de la occidental: Joyce, Faulkner, Woolf...
Novela rica, apasionante como pocas, que arrastra al lector del desconcierto a la sugestión.
Esta edición ofrece el texto definitiva de Pedro Páramo corregido por la Fundación Juan Rulfo, incluye una nueva introducción, varios apéndices sobre variantes, cronología de la historia, anotaciones a los fragmentos y aclaraciones de Rulfo y un nuevo aparato de notas.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El fragmento "Pedro Páramo" corresponde a un artículo del autor editado en el Centro Virtual Cervantes. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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