Philippe Sollers: Sade contra el ser supremo, precedido por Sade en el tiempo. Traducción de Cristina Vizcaíno Auger. Páginas de Espuma, Madrid, 2007, 112 páginas.
Philippe Sollers: Una verdadera novela. Memorias. Traducción de Mauro Armiño. Edición de Francisco Javier Jiménez. Páginas de Espuma, Madrid, 2008, 427 páginas.
Generoso de posteridades, el divino marqués sigue dando que hablar, acaso por la paralela generosidad de sus paradojas y contradicciones.
Ateo declarado, acepta la sustitución del Ser Supremo patriarcal de los monoteísmos semíticos por la Madre Naturaleza, que todo lo crea para destruirlo. Niega la sacralidad institucional pero la recupera en la blasfemia. Exalta la libertad de los instintos y las pasiones a precio de la sumisión de sus partenaires sexuales, convertidas/dos en víctimas.
Peralta la aristocracia del ocio y el goce de mesa y cama como universales, sin preguntarse quién trabaja para que exista el ocio de sus pares (los de Sade, quiero decir).
Sollers, septuagenario heredero del estructuralismo, ofrece dos textos sadianos. “Sade en el tiempo” enfila una serie de notas más o menos desordenadas y escasas en comentarios. “Sade contra el Ser Supremo” es un apócrifo donde el autor se enmascara para hacer decir a su personaje una cantidad de ironías pesimistas sobre el mundo actual, en una carta no casualmente dirigida a un purpurado y en la cual no es peregrino hallar la voz de Foucault: la historia es el eterno retorno del omnipresente, invencible y sagrado Poder.
No muy claro en sus observaciones, con frecuencia Sollers intenta una vindicación libertaria de Sade, acaso basada en el anarquismo como despotismo del individuo. Recuerda a esa categoría de intelectuales franceses que Octavio Paz solía definir como nihilistas de cátedra porque, en efecto, con una retórica anarcoide, acaban enalteciendo el dominio del fuerte sobre el débil, desdeñando radicalmente la memoria histórica y jugando en el riesgoso tobogán donde el ejercicio de la tortura y la masacre es una respuesta cínica al filisteísmo.
¿No nos diría, por ejemplo, Adolf Hitler que sus crímenes son los mismos de la civilización humanista y democrática, sólo que él los exhibe como preseas de la raza superior, en tanto los demás los ocultan con gazmoñería?
Quisiera que Sollers se hiciese íntimamente estas preguntas, desmontando su admiración por el novelista Sade, a quien tantos consideramos farragoso, árido, repetitivo y truculento.
Es verdad que la novela francesa del siglo XVIII no apuntó muy alto, tanto que debe sus mejores ejemplos a las memorias de dos mitómanos egregios: el suizo Rousseau y el veneciano Casanova.
Dos psicólogos del amor, una disciplina perfectamente ignorada por el divino marqués. Que la pequeña diferencia viril no es sólo perforación y desgarro, es también don, Don Donatien.
No es difícil encontrar la huella del Sade sollersiano en las memorias de Sollers sadiano. Se ha buscado y hallado en el marqués, empezando por su vocación anarquista y aristocrática: no hacer nada, decisión vocacional del futuro escritor cuando “asalta” el despacho de su padre y le sustrae papeles y secantes.
El memorialista es claro, mucho más que en sus novelas, por lo que considera este libro, por fin, como su auténtica novela. Es la historia de un hijo de la pequeña burguesía provinciana, varón benjamín tras dos hermanas, que se fija en el rol del niño regalón: enfermizo, guapo, mal estudiante, hablador, perezoso, ávido de honores que dice no ambicionar, autodenominado desertor cuando en verdad se finge esquizoide para evitar la milicia en tiempos de la guerra argelina, buscador de mujeres. Más precisamente: putero –su elogio de las Ramblas y el Barrio Chino orilla lo conmovedor– enamoradizo y casado por única vez con la colega Julia Kristeva, a la cual dedica unas parvas líneas de elogio, en las cuales despacha cuarenta años de coyunda.
Este ensueño anarco-aristocrático lo conduce por una curiosa deriva política: cerca del PC, partícipe en ese happening gigantesco que fue Mayo del 68, maoísta por fobia antisoviética, seducido por Nueva York y su alegre capitalismo, por fin católico y papista de Wojtila, nuevamente seducido por la belleza del pecado y la absolución, el lujo, el incienso y la música litúrgica.
Sollers no ahorra detalles de su narcisismo y la fragilidad de su vanidosa egolatría. Cita incontables elogios, con los detalles pertinentes –están escritos por amigos y parientes–, hace largas listas de personajes célebres que trató, a veces por coincidir con ellos en un ascensor.
El novelista, como su admirado Lacan –según lo adjetiva: “ese gran profesional cómico”– ama el teatro. Por eso, tal vez, faltan a sus memorias las bambalinas. Esperamos un segundo volumen.
Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.
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