Prosas profanas, Ruben Darío, Alianza Editorial, 2002.
Como explica en su introducción José Olivio Jiménez, preparador de esta edición, Prosas profanas (1896) representa no sólo la cumbre del esteticismo de Rubén Darío, sino un hito decisivo en la evolución personal del genial nicaragüense.
En esta obra, la extraordinaria «armonía verbal» del poeta no es sino la carnadura expresiva de la «melodía ideal» perseguida por aquél: la consecuencia de la Belleza, la Búsqueda de la Unidad.
El presente volumen, además de las notas necesarias para la comprensión de los poemas, incorpora las páginas que sobre «Prosas profanas» escribió Darío en su «Historia de mis libros» (1913), junto con un glosario abreviado al que se remiten las numerosísimas referencias mitológicas que hacen de esta obra la más «culturalista» del autor.
Comentario
"Ya en el texto inicial, Azul... (1888) –escribe Blas Matamoro–, el modernismo mira hacia arriba, hacia las alturas celestiales, y evoca, como observaba en su momento Juan Valera, más el azur de 'los escudos heráldicos que el bleu cotidiano de las cosas azules.
Prosas profanas (1896) alude a las profanas prosas, abandonadas en la juventud y, en clave paródica, al contenido del libro, en que nada es prosaico ni profano, sino poemático y dominado por una cierta religión del arte. Se trata, en rigor, de poemas sagrados.
La edición del libro en Buenos Aires contribuye a tejer un nudo histórico en que convergen varios hechos destacables: ese año se estrena Calandria, de Martiniano Leguizamón, un drama en que, de algún modo, se liquida la literatura gauchesca.
Se presenta en sociedad Leopoldo Lugones con Las montañas del oro, acaudillando a los modernistas argentinos.
Se fundan el Partido Socialista (cuyos primeros miembros son, casi todos, intelectuales) y la Facultad de Filosofía y Letras, que profesionaliza las humanidades.
Pero también se publica el primer tango de autor conocido, El entrerriano, de Rosendo Mendizábal, signo de que una expresión cultural folclórica, ignorada por las instituciones de la cultura, empieza a ser reconsiderada por éstas (...) Todo esto ocurría en la ciudad a la que Darío había llegado tres años antes y que denominó «el regio Buenos Aires».
Ciudad que favoreció la afirmación de su nueva estética, basada en el lujo, en el excedente social convertido en suntuosa obra de arte, en la improductividad económica de la producción artística.
En efecto, si se recuentan las escenas de Prosas... se advierte la recurrencia de conversaciones en el jardín, encuentros amorosos, fiestas, bailes, viajes, carnavales (todo ello, tiempo de ocio) y, como único productor en medio del consumo, el poeta y su tarea creadora.
Precisamente, es la gran ciudad cosmopolita el escenario donde se pone en acción aquel tenso par de actitudes opuestas sobre lo moderno.
Si la gran ciudad es el único medio en que es posible el lujo, rodeado de confort y de promiscuidad, sin los cuales carece de virtualidad «moderna», por otra parte es, también, el espectáculo del triunfo del filisteísmo y la vulgaridad: "He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. (...) Como en Baudelaire, en Rubén la ciudad provee la solidaridad de los miserables y los malditos, para que el poeta fije su mirada, harta de palacios y de festines.
Mártir de las alcantarillas, el poeta modernista halla una pasajera fraternidad entre golfos, borrachos y prostitutas, aunque su final ascesis es la capacidad de sentirse solo -de nuevo, Baudelaire en medio de la multitud.
La ciudad modernista ofrece estas dos zonas: el ocio placentero de la alta burguesía y el ocio forzado y sórdido de los marginales.
No hay espacio intermedio, es decir que no existe, en la perspectiva modernista, la ciudad productiva de los poetas sociales y sencillistas que vendrán tras ellos.
Por esto, en los paisajes de cosmópolis que aparecen a menudo, cobra especial importancia el paso del invierno".
Copyright de texto e imágenes © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
Copyright de la cita © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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