De profundis: Balada de la cárcel de Reading, Oscar Wilde, Alianza Editorial, 2011, ISBN 9788420654911.
En 1895 Oscar Wilde (1854-1900) está en la cumbre de su fama y de su popularidad. Todo lo que hace parece tocado por la varita del triunfo.
Sin embargo, el proceso que ese mismo año entabla por difamación contra el marqués de Queensberry a instancias del hijo de éste, Lord Alfred Douglas, Bosie –su joven amante–, se volverá en pocas semanas en su contra, de forma que acabará condenado a prisión por homosexualidad, arruinado y repudiado por la misma sociedad que meses antes lo aclamaba.
Poco antes de salir de la cárcel, en 1897, escribió De profundis –larga carta dirigida a Bosie en la que rememora su relación y, aunque desengañado, se reafirma en sus sentimientos y en sus actos– y poco después, ya en libertad, la Balada de la cárcel de Reading, poema que sobrevuela la relación entre el amor y las convenciones sociales, entre la vida y la muerte. Traducción de Arturo Agüero Herranz
Comentario
"Wilde –escribe Blas Matamoro– hace toda su carrera en Inglaterra. Más estrictamente, en Londres y, más aún, en un Londres de salones esnobs, de teatros y restaurantes de lujo, rodeado por los bajos fondos tabernarios poblados de chulillos inescrupulosos y chantajistas.
Londres, la capital del imperio más poderoso de la época, algo así como la Roma moderna, por usar una analogía que no molestará a la memoria de Wilde, emperador de reinos inexistentes. Londres es, en otro sentido, la capital mundial del filisteísmo, de la gente que vive a partir de fórmulas y que nunca pasa de la opinión a la creencia.
Una sociedad que lo consagrará, lo enriquecerá y, al menor gesto inconvencional, lo mandará al presidio. Una sociedad que tolera a los homosexuales siempre que no sean sorprendidos en el acto que los caracteriza.
Y, para Wilde, este acto, por excelencia, será la palabra. Cuando osa hablar o escribir del asunto al marqués de Queensberry, la civilización filistea le volverá la espalda y lo entregará a la chusma que habrá de reírse de él y escupirle en los andenes del ferrocarril.
La primera salida de Inglaterra también adquiere un carácter de extravagancia.
Es en 1882 y el lugar elegido es Norteamérica. Wilde apenas ha publicado un libro de poemas pero la gerencia de imagen que ya tanto importa en los Estados Unidos consigue que el periodismo lo aguarde a pie de la escalerilla, se le abran los salones de la burguesía modernista y lo reciban celebridades de las letras tan variopintas como Luisa May Alcott, Walt Whitman, Longfellow y Henry James, sin excluir a próceres como el general Grant.
Se monta un largo viaje de conferencias y el poeta ultramarino gana sus buenos dólares.
Es más la imagen fácilmente reconocible (por extravagante) de un escritor que un escritor con una obra en que apoyarse.
Un ejercicio de posmodernidad algo precoz, si se quiere.
Cabe añadirle la fama de ambigüedad sexual que disemina, sin fundamentos concretos, según opinión de su biógrafo Richard Ellmann.
En efecto, hasta después de su ruptura matrimonial, con más de treinta años, Wilde no habrá tenido una vida homosexual más intensa que la de cualquier filisteo británico criado en los enérgicos colegios del Imperio y destinado a la castidad matrimonial de cualquier inglesito de a pie".
Copyright de texto e imágenes © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
Copyright de la cita © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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