¿Quién es el autor del Quijote?

El Quijote de Salvador DalíNo contamos con un retrato fiable de Cervantes. Pienso, enseguida, en un personaje coetáneo, un protagonista del barroco español: Diego de Velázquez, el pintor que nunca se dejó retratar.

Dos imágenes de su cara nos vienen de su propio pincel, en un autorretrato puntual y en el célebre caballero de Santiago (tal vez anacrónico) que se asoma en Las meninas.

Lo de no tener rostro es muy barroco. Un tiempo de máscaras, de sujeto desmontado, mudable, incierto y carente de fijeza sustancial.

La divisa de Descartes era, justamente, Larvatus prodeo: “avanzo enmascarado, embozado”, como en una comedia de capa y espada del mismo barroco.

¿Se enmascaró Cervantes, según las exigencias de su tiempo? Lo haya hecho o no, deliberadamente, lo cierto es lo incierto de su vida íntima, apenas se la enfoca documentalmente.

Lo mismo que Velázquez, volvemos a la paridad. Se han perdido muchos de sus escritos, no hay cartas íntimas suyas, algunas de sus obras son meras atribuciones. Las lagunas de documentación se pueden comparar con las del descubridor.

Por eso han dado lugar a biografías henchidas de novelerías, como las de Astrana Marín y Navarro Ledesma, o a meras novelas, como la de Bruno Frank. Sabemos poco y nada de la niñez y la adolescencia de Cervantes, lo cual impide un análisis genético de su psicología.

Luego, la falta de papeles íntimos. Más tarde, lo poco esclarecedora que es su obra respecto a la personalidad del autor. El barroco así lo determina: el autor es una ficción, tiene un estatuto variable y objeto de escarnio, como ocurre en Don Quijote.

En efecto, Cervantes es autor de obras pertenecientes a géneros muy típicos, muy definidos, como La Galatea, el Viaje del Parnaso o Persiles. El Quijote es un personaje de completa indeterminación: ignoramos su origen, sus amistades, si su locura es tal o mera representación, ignoramos hasta su apellido y del lugar donde habita, el narrador no quiere recordar el nombre.

Maurice Molho explica, para mayor despiece, que “mancha”, en el español del siglo XVIII, significa no sólo el lugar geográfico manchego, sino “diferencia”. El narrador no quiere recordar en qué lugar de la diferencia vive don Quijote, o Alonso Quesada, Quijano o tal vez Quijada.

Escasos rastros cervantinos son visibles en la escritura de Cervantes. Género o escarnio de géneros, nunca “expresion” de una subjetividad. Para rellenar los huecos han acudido escandalosos pesquisadores de hipótesis. Cervantes era de ancestros judíos, por eso disimulaba y se escabullía. Era homosexual y sus amistades peligrosas con algún jerarca moro le valieron la liberación.

Baste echar una ojeada atenta a sus comedias argelinas para ver qué bien conocía las actividades del mignon cristiano entre avezados musulmanes. Su matrimonio, decidido de golpe, dura tres años y no deja descendientes. Volverá a reunirse con su mujer en la vejez

¿Era su hija la que reconoció como tal o un desliz de una sobrina? ¿Por qué estuvo veinte años sin escribir? ¿Anduvo mezclado en negocios de alcahuetería, dada su amistad con mujeres profesionales del amor? ¿Gastaba sus noches y dineros en las timbas madrileñas?

Lo cierto es que fue preso por deudas, pero esto podía ocurrir a cualquiera de condición modesta y oficio indefinido, como Cervantes, que siempre rellenó expedientes para obtener algún beneficio por parte de los grandes señores más o menos mecenáticos.

Un barroco de ley, como Cervantes, reflexionaría: ¿qué importan todas estas minucias biográficas? Si no tenemos rostro, lo único importante es la máscara. A veces, los eruditos se atarean en buscar rasgos de disimulado erasmismo, de disimulado judaísmo, en su prosa (ejemplo: el infatigable Américo Castro). Pero si estamos en el barroco, todo es disimulación, aunque no de una verdad central, que no existe, sino de su misma oquedad. Por ello, el barroco es heterodoxo aunque quiera ser propagandista de la fe, como Calderón de la Barca. Porque admite que en el centro no hay nada y este vértigo central o como central es la condición radical de toda heterodoxia.

¿Quién es el autor del Quijote?

A lo largo del Quijote van apareciendo atribuciones diversas que perfilan la figura de su autor, la cual acaba desdibujándose y perdiendo nitidez. Desde luego, no se trata de cuestionar quién redactó el libro, quién movió la mano con la pluma que trazó sus renglones: Cervantes.

Se trata de ver si actúa en el texto un personaje constante al que se imputa ser el autor, el inventor o creador o simulador de la historia. Cide Hamete Benengeli puede ser el árabe que escribió el manuscrito hallado en un armario de Toledo y luego traducido al castellano.

Por supuesto, nunca tendremos acceso al original árabe, lo cual ya produce una perplejidad: ¿existió el manuscrito o es una impostura de quien se dice su traductor? Como recurso literario es muy conocido y lo repiten incontables libros, que se dicen transcripción de manuscritos perdidos o extraviados.

Luego está la naturaleza de lo narrado: ¿es una crónica fiel de los hechos acaecidos en un lugar indeterminado de la Mancha o se trata de eventos maravillosos? «La maravilla es lo propio de la poesía», sostiene uno de los líderes del barroco europeo, el caballero Marino, italiano para más datos. Cide Hamete es sustituido por un cronista o historiador manchego y hasta podemos pensar que un tercero, llamado Miguel de Cervantes Saavedra, está jugando con la identidad del autor y la escamotea.

El autor, según indica la etimología, es quien ejerce la autoridad sobre el texto. Leído barrocamente, el Quijote viene a decirnos que nada importa quién sea el autor de un texto, porque el mismo está compuesto de fuentes, citas, imitaciones y parodias de otros textos, a contar desde la lengua que se utiliza y que no es invento de ningún autor determinado.

La literatura se escribe a sí misma, lo que no quiere decir que se redacte a sí misma. Siempre hay un escribiente al que no ha de confundirse con el autor. Escribiente lo hay hasta en los plagios. Lo que Cervantes cuestiona —y se cuestiona a sí mismo— es el autor como institución. Lo que está instituido puede ser destituido. Con ello consigue la libertad del escritor y la del lector.

¿Quién eres, Cervantes?

Uno de los más fascinantes enigmas de la cultura occidental consiste en observar la escasez de datos biográficos que se conservan de tres protagonistas literarios como lo son Dante, Shakespeare y Cervantes.

De este último, por lo que nos toca, faltan los detalles de las edades fundantes —infancia, adolescencia— para construir una biografía moderna.

La compensación tradicional consistió en inventarse un heroico y modélico don Miguel, apto para la historieta didáctica y las conmemoraciones oficiales.

Los biógrafos posteriores, como el francés Jean Canavaggio, han optado por la prudencia: exponer lo que está documentado, señalar los huecos informativos y desplegar algunas hipótesis con la necesaria mesura que ellas requieren.

Tampoco es recomendable inclinarse a las suposiciones más o menos escandalosas en el campo sexual, como ha preferido hacerlo Rosa Rossi. El caso de Cervantes no es excepcional en el mundo del Barroco. Las vidas enmascaradas, las disimulaciones, los pasadizos secretos, tan propios de esa época, suelen dificultar la tarea de los biógrafos.

La cultura barroca es escasamente confidencial, pobre de intimidades, teatral y, por ello, escenográfica. Unamuno sostiene que, a la vuelta de los siglos, Cervantes tiene la misma realidad que Don Quijote. La vida del escritor es un efecto de su obra y Miguel sigue saliendo al camino a desafiar molinos de viento, es decir lectores.

Romanticismo

Cierto romanticismo y, aún más, cierto tardío y fatigado neorromanticismo) insistió en que un artista lo era porque había sentido unas extraordinarias emociones, las propias del genio, y las había transmitido a los demás, como un regalo titánico: el espejo de la pasión.

El artista debía arrastrarse por abismos de dolor inaudito, gozar en orgías incomparables, tener visiones o cometer actos extraordinariamente beatos o malvados, Si no, era imposible que pudiera ceder a la humanidad tan inusuales muestras de humanidad, valga el retintín, como las exhibidas por el arte. Cervantes era Don Quijote; el ideal desmesurado perdido en un mundo trapacero, sórdido y calculador.

Por eso, había que hacerlo sufrir en la piojosa cárcel, el tórrido baño de Argel o la desgarrante Lepanto. Muchos españoles de la época estuvieron presos, fueron cautivos y quedaron mutilados de guerra. Pidieron limosna, enloquecieron o se resignaron a su destino, penoso pero único, como el de todos los hombres.

Ninguno de ellos compuso el Quijote, ni siquiera las Novelas ejemplares o los entremeses cervantinos, textos melancólicos y jocundos, como buenos productos del barroco. Ahí están los cuerpos gloriosos del Caravaggio, perdidos en la tiniebla del mundo.

Si quitamos la tensión tragicómica y ponemos todo en la grave cuenta del ideal, ángel caído en la tierra de los hombres, el barroco desaparece, como se desvaneció en el siglo XIX, hasta su rescate en los años del modernismo. ¿Qué dirán las borradas páginas de la vida de Cervantes? Acaso, no mucho mas que los polvorientos expedientes en que pidió unas monedas para escribir, con cierta holgura, esos libros que eran su destino y hoy son, en cierta medida, el nuestro.

Estos han de ser, seguramente, lo único extraordinario de su vida, canjeable por la de cualquier hombre, como se canjeaba por árabes los cautivos cristianos de Argel, los Cervantes (valga la minúscula) que se codeaban con don Miguel.

Las biografías románticas, como queda dicho, se esfuerzan por mostrar vidas inauditas que justifiquen obras igualmente inauditas. Luego, los positivistas intentaron explicar la dependencia de la obra respecto a la vida por medio de razonamientos científicos: la génesis, la herencia, el ambiente. Sainte-Beuve y Taine.

Y, por fin, llegó Mallarmé, echó los dados (seguramente, en alguna timba cervantina) y arriesgó que el arte es una suspensión momentánea del azar, que sigue su ¿curso? No el resultado de una necesidad, porque necesidades subjetivas tenemos todos los hombres y arte producen algunos. El dolor no explica el hallazgo del analgésico, aunque éste lo calme y aún logre hacerlo olvidar. Recuerdo siempre, al caso, la admirable biografía de Dostoievski que compuso Henri Troyat.

Recomiendo leerla después de conocer las novelas de Dostoievski. La vida del escritor ruso queda contada a partir de sus novelas. Todo lo que en ella ocurrió ha surgido de sus libros. Raskolnikov, Mishkin, el viejo Karamazov y sus encantadores chicos fueron el preciso espejo en que se miró para ordenar los inciertos días de su existencia. Hora por hora, ésta es indiscernible, ninguna documentación podría agotarla.

Como ciclo, resulta inteligible gracias a sus fábulas. Un poco a la manera como Freud explica los cimientos de nuestra cultura por Hamlet y por Edipo. Todos, con nuestros anecdotarios, tan inabarcables como el universo, alimentamos las tragedias de Hamlet y Edipo. Somos ellos mismos, sin llegar a serlo del todo. Y ellos son todos nosotros, sin ser nadie.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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