Daphne du Maurier, cuyo centenario celebramos el año pasado, es una de las escritoras más leídas del mundo. Sus novelas, recomendables sin ninguna reticencia, se sitúan entre la mejor literatura popular del siglo XX. Gracias a Alfred Hitchcock, tres de sus narraciones (La posada de Jamaica, Rebeca y Los pájaros) son, además, obras de consulta obligada por parte de los cinéfilos. Con todo, la novela más perfecta de Du Maurier es, sin lugar a dudas, Rebeca.
Los amores crean espejismos, los espejismos crean fantasmas, y a veces, los fantasmas se rebelan y adquieren vida propia.
Pensemos en Peter Ibbetson languideciendo en su celda. La luz tenue que penetra en su interior no tarda en provocarle un plácido sueño. Un sueño en el que se reencuentra con su amada Mary, la duquesa de Towers.
¿Pesan lo mismo todas las condenas? Para Peter, no. Disparó al celoso duque, y un juez dictó sentencia, pero él aún disfruta de la compañía de Mary. Para esta pareja, el viaje al más allá no solo es posible, sino aconsejable.
El texto original de Peter Ibbetson, escrito por George du Maurier, fue expedido a Hollywood, donde lo filmaron en dos ocasiones y sin sorpresas. Tanto Forever (1921), de George Fitzmaurice, como Sueño de amor eterno (1933), de Henry Hathaway, definen el deseo y sus dilemas según las convenciones de la novela gótica.
Del libro de Du Maurier puede decirse lo mismo. Buen amigo de Henry James, Mr. George revisó sus fuentes románticas y llevó a cabo un atrevido asalto a ese territorio donde no basta con distinguir a los vivos de los difuntos, porque, a veces, ambos invierten sus papeles (Cosas de los ingleses).
Su novela más popular, Trilby (1894), está protagonizada por una modistilla convertida en diva operística por su hipnotizador, Svengali.
La pieza mereció muchas versiones cinematográficas –la primera en 1915–, pero lo que ahora me importa es que sirvió de inspiración a Gaston Leroux, como se advierte en El fantasma de la ópera (1910).
El fotogénico fantasma de Leroux y Svengali atraen las mismas descargas eléctricas. Se trata de dos pigmaliones cuyo magnetismo es equiparable al de los vampiros, que contemplan la realidad amorosa, pero no se subordinan a ella.
En todo caso, antes de abandonar a George du Maurier, me gustaría recordarles que fue el padre de Sylvia Llewelyn Davies, y por consiguiente, abuelo de los chicos para quienes James Barrie ideó la historia de Peter Pan, otro que ni crece ni perece. ¿Un determinismo del ADN victoriano? Yo diría que sí.
Las vaporosas ideas de George alcanzan de lleno a una de sus nietas, Daphne du Maurier (1907-1989), cuya novela Rebeca sondea los mismos temas (la memoria colonizada por fantasmas, el amor fetichista…).
En Rebeca, nos dice Fernando González, "maduró su estilo y su personalidad. Ambas características cristalizaban en una especie de misterio, en un suspense como se dice hoy. Rebeca es el modelo. No es (...) una novela policiaca, pero sí una novela que mantiene en tensión al lector, hasta el último instante. El misterio que flota en torno a la muerte de Rebeca, la figura de la extraña señora Danvers, todo lo que rodea el mundo de Manderley, es misterio, es un misterio que empieza con una insignificancia, y que luego va aumentando, haciéndose angustioso y opresivo hasta el final. Es ese tipo de misterio que da prisa al lector para llegar al final, porque es como si el lector participara de esa angustia, de esa opresión, y quisiera liberarse de ellas".
Supongo que ustedes han visto la versión filmada por Hitchcock en 1940, pero no estoy tan seguro de que se acuerden de su segundo espectro.
El director despejó la incógnita al contárselo a Truffaut: “La noche en que creyeron que Rebeca se había ahogado, encontraron el cuerpo de otra mujer a dos kilómetros, en una playa, lo que permitió a Laurence Olivier identificarla y declarar: Es mi mujer. Curiosamente, nadie más la reconoce.”
Como bien saben sus lectores, el resto de la obra de Daphne Du Maurier está cruzada por los mismos misterios.
Lady Daphne recibió esta herencia por vía paterna. Su progenitor, el actor Gerald Du Maurier ya había intervenido en alguna producción de Hitchcock, y su madre, la también actriz Muriel Beaumont, era muy aficionada a la lectura.
Du Maurier recibió una educación esmerada en su tierra y en París. Pero su carrera no la condujo al mundo académico. Gracias a su tío, Willie Beaumont, dio a conocer sus primeros relatos en la revista The Bystander.
Casada desde 1932 con un respetable militar, Sir Frederick Arthur Montague, Daphne halló a su lado la estabilidad necesaria para concentrarse en sus labores literarias. A su novela La posada de Jamaica (1937) le siguieron títulos inolvidables como Rebeca (1938), La cala del francés (1941), Monte Bravo (1943), El general del Rey (1946), Los parásitos (1949), Mi prima Raquel (1951), Perdido en el tiempo (1969).
Su relato Los pájaros (1962) mereció nuevamente la atención de Shakespeare, y de paso demostró el talento de Daphne du Maurier en el terreno del cuento. Antologías como Bésame otra vez, forastero (1953) y Los lentes azules (1970) acreditan lo bien merecido de esta fama.
En todo caso, Du Maurier impresiona por la fuerza torrencial de su narración, y asimismo por su seguridad a la hora de urdir tramas que se ganan el interés del lector. Tramas en los que no escasean nunca los elementos misteriosos o fantásticos.
No discutiré la tesis de que la difunta Rebeca aún preside Manderley desde el interior de ese óleo que Maxim de Winter colgó en el salón.
Es más, uno intuye que en ciertos cuadros habitan espíritus. Ya saben a lo que me refiero: retratos encantados, de ésos que cambian de expresión en las historias de Hoffmann y Potocki.
No puede extrañar que incluso un novelista menor como Robert Nathan sacase partido del mismo tópico. Lean el cuento Saint Agnes of Intercession (1849), de Dante Gabriel Rossetti, y la mejor novela de Nathan, Portrait of Jennie (1940), y luego juzguen ustedes mismos.
La cosa, como digo, se repite. Sobre todo en Hollywood. Y no me refiero tan solo a la bella adaptación de libro de Nathan, (Jennie, 1948).
En apariencia, este filón romántico –“se busca espectro con fines serios”– es inagotable, y de hecho, ha dado lugar a largometrajes tan distinguidos como Sylvie et le fantôme (1946), de Autant-Lara, y El fantasma y la señora Muir (1947), de Mankiewicz.
Pero si lo de ponérselo difícil a un ectoplasma puede parecer recurrente, lo cierto es que también encaja con la comedia sofisticada. Noel Coward adaptó el asunto a su estilo, y el resultado fue Un espíritu burlón. Como saben, David Lean llevó esta obra al cine en 1945 (Lo que siento de veras es que no podamos demostrar si Coward plagió Un marido de ida y vuelta, de nuestro Jardiel.)
Comenté antes que el cliché sobrenatural es un hábito adquirido. De forma inevitable, y para citar sólo el ejemplo más espectacular, a Laura (1944), de Otto Preminger, se le concede el título de thriller gótico. Todo en esta película es digno de consideración.
El columnista Waldo Lydecker habla de la difunta Laura Hunt como si tratara de explicarse a sí mismo por enésima vez. “Empezaba a escribir la historia de Laura –nos dice–, cuando uno de esos inconfundibles policías vino a verme”. El policía es Mark McPherson, quien cae bajo el hechizo de un retrato de Laura. “Jacobi estaba enamorado cuando la pintó –le dice Waldo–, pero no supo captar su vibración, su calor. ¿Ha estado enamorado alguna vez?”. La pregunta está sincronizada con esa pasión disparatada –¿necrófila?– que empieza a bullir en la cabeza de McPherson.
Rastreamos una anécdota similar en Vértigo (1958), donde otro investigador, Scottie Ferguson, habla con el bedel de un museo: “Oiga, ¿quién es la dama del cuadro que está mirando aquella señorita”.
Como bien sabe Scottie, un detective es aquel que entresaca de lo cotidiano aquello que otros olvidan. Por ejemplo, la similitud entre la retratada y Madeleine, su rubia espectadora.
El amor por Madeleine le enseña a Scottie cosas que no busca. Ése y no otro es el motivo por el cual, una vez muerta su amada, él se empeña en tratar a otra joven –dice llamarse Judy– como si fuera su reencarnación. Así lo explica Hitchcock: “Se trata de recrear a una mujer a partir de la imagen de otra muerta”.
Este es, ya lo comprendo, un turbio desahogo. Pero gracias a tipos como Scottie, Maxim de Winter o Peter Ibbetson, el amor le muestra a uno su lado delirante. Y ése ha de ser su mérito, porque todo amor imposible es también eterno.
Rebeca (Nota editorial)
"Anoche soñé que volvia a Manderley...". Nadie que conozca la película basada en esta novela podrá olvidar la voz en off que recita la frase inicial de la obra más lograda de Daphne du Maurier: Rebeca.
Así comienzan los recuerdos de la segunda señora De Winter, que la transportan de nuevo a la aislada y gris mansión situada en la húmeda y ventosa costa de Cornalles. Con un marido al que apenas conoce, la joven esposa llega a este inmenso predio para ser inexorablemente ahogada por la fantasmal presencia de la primera señora De Winter, la hermosa Rebeca, muerta pero nunca olvidada.
Su habitación permanece intacta, sus vestidos listos para ser lucidos, y su sirvienta, la siniestra señora Danvers, aún le profesa una devoción malsana. Y con el espeluznante presentimiento de que algo maligno le está aprisionando el corazón, la joven comienza a investigar el verdadero destino de Rebeca: el oscuro secreto de Manderley.
Daphne du Maurier (1907-1989) nació en Londres, descendiente de una familia de escritores y artistas, frecuentada por amigos como Jame Barrie o Edgar Wallace.
Siendo adolescente comenzó a publicar algunos relatos y en 1931 publicaba su primera novela. Pero el éxito le llegó en 1936 con La posada de Jamaica, posteriormente llevada al cine, y en 1938, con su celebérrima Rebeca. En 1969 fue nombrada Dama del Imperio Británico. Otras de sus obras son El vuelo del halcón, Mi prima Rachel, Mary Anne, Los pájaros, Perdido en el tiempo o Una vida por otra.
Selección de obras de Daphne Du Maurier en español
Una vida por otra (Ediciones G.P. Reno, 1974)
Perdido en el tiempo (Ed. Cabal, 1977)
La posada de Jamaica (Plaza & Janés Editores, 1973)
Espíritu de amor (Ediciones Cisne, 1962)
Adelante, Julio (Plaza y Janés Editores, 1957)
No después de medianoche (Ediciones G.P. Reno, 1974)
Los pájaros (Editorial Planeta, 1985)
Los pájaros y otras narraciones (Plaza y Janés, 1952)
Rebeca (Plaza y Janés, 1955)
Monte Bravo (Cisne, 1963)
El general del Rey (Cisne, 1957)
Bésame otra vez, forastero (incluye la novela corta Bésame otra vez, forastero y los relatos El joven fotógrafo y El manzano. El Nadir, 2005)
Novelas (en inglés)
The Loving Spirit (Londres, Heinemann, 1931)
I'll Never Be Young Again (Londres, Heinemann, 1932)
Julius (Londres, Heinemann, 1933)
Jamaica Inn (Londres, Victor Victor Gollancz Ltd. Ltd., 1936)
Rebecca (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1938)
Frenchman's Creek (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1941)
Hungry Hill (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1943)
The King's General (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1946)
The Parasites (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1949)
My Cousin Rachel (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1951)
The Scapegoat (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1957)
Castle Dor (en colaboración con Sir Arthur Quiller-Couch) (Londres, Dent, 1962)
The Flight of the Falcon (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1965)
The House on the Strand (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1969)
Rule Britannia (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1972)
Colecciones de relatos (en inglés)
The Apple Tree. The Birds and other Stories (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1952)
Come Wind, Come Weather (Londres, Heinemann, 1940)
Early Stories (Londres, Bantam Books, 1959)
The Breaking Point. The Blue Lenses (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1959)
Not After Midnight. Don't Look Now (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1971)
The Rendez-vous (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1981)
Ensayo y no ficción (en inglés)
Gerald (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1934)
The Du Mauriers (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1937)
The Young George du Maurier (Londres, Peter Davies, 1951)
Mary Anne (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1954)
The Infernal World of Branwell Bronte (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1960)
The Glass-blowers (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1963)
Vanishing Cornwall (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1967)
Golden Lads (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1975)
The Winding Stairs (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1976)
Growing Pains. The Shaping of a Writer / Myself When Young. The Shaping of a Writer (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1977)
The Rebecca Notebooks (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1981)
Enchanted Cornwall (Londres, Penguin, 1989)
Obras teatrales (en inglés)
The Years Between (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1946)
September Tide (Londres, Victor Gollancz Ltd., 1949)
Películas y dramatizaciones televisivas (Selección)
Posada Jamaica (Jamaica Inn, 1939), de Alfred Hitchcock
Rebeca (Rebecca, 1940), de Alfred Hitchcock
Frenchman's Creek (1944), de Mitchell Leisen
Hungry Hill (1945), de Brian Desmond Hurst
The Years Between (1947), de Compton Bennett
Mi prima Raquel (My Cousin Rachel, 1952), de Henry Koster
The Scapegoat (1959), de Robert Hamer
Los pájaros (The Birds, 1963), de Alfred Hitchcock
No mires ahora (Don't Look Now, 1973), de Nicolas Roeg
Vanishing Cornwall (1971), de Christian Browning
Rebecca (1978), de Simon Langston
Posada Jamaica (Jamaica Inn, 1985), de Lawrence Gordon Clark
Nota editorial: DeBolsillo. Cortesía de Random House Mondadori.
Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en el diario ABC el 3 de noviembre de 2007.
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