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"Sol naciente", de Michael Crichton

Sol nacienteLos elementos característicos de las ficciones sobre la yakuza reaparecen en esta entretenida novela, que pasa por ser un alegato contra la venta de empresas estratégicas a las corporaciones japonesas. Inspirada en este best-seller de Michael Crichton, la película Sol naciente (Rising sun, 1993), de Philip Kaufman, también está construida como una intriga policiaca convencional. La novedad del libro y de su adaptación es que están implicados en la trama los ejecutivos de Nakamoto, una gran compañía japonesa de Los Angeles que se propone la adquisición de una importante empresa americana, MicroCon.

Tanto la novela original como el guión son el resultado de un tema que estuvo de actualidad en los noventa. Y esto es algo que Crichton explota con habilidad, combinando en su obra contenidos reales, debidamente manipulados, con otros puramente ficticios.

La parte imaginaria sirve de soporte a polémicas observaciones que, en el caso de la obra literaria, incluso vienen apoyadas por una bibliografía. En cierto sentido, el libro de Crichton viene a ser una combinación de las novelas clásicas de misterio y ensayos socioeconómicos como los de Clyde V. Prestowitz, Jr. y Barrie G. James.

Reveladora de las intenciones de Crichton es ya la caracterización de la pareja de policías protagonista. Web Smith (encarnado en la película Wesley Snipes) es un afroamericano divorciado, con una hija pequeña. Pertenece a una división de enlace de la Policía, razón por la cual estudia japonés, aunque desconoce casi todo de la cultura nipona.

Pasional, nervioso, apenas soporta atenerse a la ritualidad social de los japoneses. Por su parte, John Connor (Sean Connery) es un veterano que ha vivido varios años en Japón. Conoce en profundidad la realidad japonesa, pero ello no impide cierto rencor hacia ésta. Connor es un hombre tranquilo y conoce las reglas particulares que han de guiar su investigación.

Connor es el senpai (maestro), en tanto que Smith es el kohai (discípulo). Connor es quien introduce al espectador en los misterios de la cultura japonesa, en tanto que Smith actúa como intermediario de ese mensaje, puesto que es un ciudadano medio, aún no iniciado en las complejidades del pensamiento japonés.

Una prostituta ha aparecido muerta en el edificio donde la corporación celebra una fiesta. Su cuello presenta marcas de estrangulamiento. Los ejecutivos japoneses quieren evitar un escándalo, pero el comisario Tom Graham (Harvey Keytel), un furibundo antijaponés, amenaza con registrar a todos los invitados, entre los que hay numerosas celebridades.

Es entonces cuando interviene Connor, que suaviza la situación, moderando los ánimos de Graham y congraciándose con los responsables de seguridad de la compañía. En apariencia, es un hombre situado en el fiel de la balanza de la guerra comercial entre Japón y Estados Unidos.

A ojos del espectador, Connor no es un extremista, una condición que explica Crichton en la novela a través de una reflexión que el policía plantea a su compañero: Vamos, quítese de la cabeza esa idea de que hay una conspiración. ¿Quiere usted apoderarse del Japón? ¿Gobernar el país? Claro que no. Ningún país sensato quiere apoderarse de otro. Hacer negocios, sí. Mantener relaciones, sí. Pero “apoderarse”, no. Nadie desea esa responsabilidad. Nadie quiere preocupaciones. Ocurre lo que con el tío borracho. El consejo de familia se reúne cuando no hay más remedio. Es el último recurso. (...) Lo que ellos ven son miles y miles de millones de dólares de su bolsillo, “kohai”. Invertidos en un país que tiene graves problemas. Lleno de gente extraña e individualista que no hace más que hablar. Que constantemente se enfrentan unos a otros. (...) Gente que no tiene una buena educación, que no sabe mucho del mundo, que extrae su información de la televisión.

Sin embargo, esa moderación sirve de maquillaje a un mensaje simple, mucho más llamativo, que planea por toda la obra: los japoneses son extraños y planean monopolizar los sectores estratégicos de Estados Unidos. ¿Cómo se ofrece esa propuesta? Crichton desgrana con habilidad tal contenido a través de una galería de personajes secundarios que, finalmente, completan la lectura final a que nos referimos.

Lectura final de la que les hablaré, no sin antes advertirles que voy a mencionar datos cruciales del argumento. No sigan leyendo, pues, quienes prefieran disfrutar del libro o de la película.

Yoshida (Mako) es el presidente de la compañía. Maneja los hilos discretamente, amparándose en sus consejeros, pero siempre atendiendo a las quejas de sus socios americanos. A buen seguro, conoce la faceta menos favorable de su intervención en el mercado americano, pero sabe mantener la calma. En el film, Yoshida representa la cara amable de una moneda en cuyo reverso Crichton sitúa prácticas de dumping y monopolio, e incluso de chantaje político. Porque chantaje es lo que la firma practica con el senador John Morton (Ray Wise), de cuya decisión depende la autorización del Congreso para la adquisición de MicroCon.

Morton es el asesino de la prostituta, pero algunos hombres de la compañía japonesa ocultan su identidad para condicionar su postura favorable a la operación. En tal situación, Connor y Smith dependen del análisis de unos discos de grabación para descubrir al verdadero culpable, captado por las microcámaras del edificio. Será Jingo Asakuna (Tia Carrere) quien los ayude a limpiar digitalmente la grabación manipulada que entrega la compañía. Asakuna es de origen japonés, pero odia a sus compatriotas. Hija de una japonesa y un soldado afroamericano, en su infancia sufrió discriminación por ser mestiza y también por una deformidad congénita que afecta a su mano.

A través de estos tres personajes se ofrece al espectador norteamericano una serie de informaciones ciertamente negativas sobre lo japonés. De esta suerte, los japoneses no sólo pretenden el monopolio en sectores críticos, también practican el fraude y el chantaje para conseguirlo. Por si ello fuera poco, su sociedad es racista y discrimina a los que son diferentes. En definitiva, un cuadro adverso que Crichton refuerza con otros detalles para subrayar el antagonismo entre el mundo japonés y el americano.

El edificio de la compañía japonesa es un laberinto en el que hasta los ascensores están vigilados por microcámaras ocultas. Los ejecutivos cuentan con bloques de apartamentos donde prostitutas norteamericanas satisfacen unos deseos sexuales que, según la novela y el film, se acercan peligrosamente al sadismo.

El poder de la corporación es tal que puede manipular informaciones periodísticas y decisiones legales. Los hijos de los potentados, caso de Eddie Sakamura (Cary Hiroyuki Tagawa), pueden permitirse todo tipo de desenfrenos, sin estar sometidos a control social alguno. Y prácticamente todos los personajes japoneses se sitúan en un plano diferente a los caucásicos, hecho que Connor explica en el film y también en la novela: Los japoneses piensan que todo el que no es japonés es un bárbaro. Así lo creen, literalmente: bárbaro. Un bárbaro estúpido, grosero y asqueroso. Lo asumen con mucha cortesía, porque comprenden que uno no tiene la culpa de padecer la desgracia de no haber nacido japonés. Pero, de todos modos, lo piensan.

Hay una figura, el periodista Ron Levine, que el film pasa por alto, a diferencia de lo que sucede en la novela. Especialista en política económica, Levine es el portavoz del ideario económico de Crichton. Es por ello por lo que cito aquí las consideraciones de este personaje: El declive de la industria norteamericana empieza a preocupar incluso al Congreso. Ya son demasiadas las industrias básicas que nos ha adquirido el Japón: en los sesenta, siderúrgicas y construcción naval; en los setenta, televisión e informática; en los ochenta, máquinas herramientas. Un buen día alguien se despierta y se da cuenta de que esas industrias son básicas para la defensa del país. He perdido la capacidad de fabricar piezas que son esenciales para nuestra seguridad nacional. Dependemos por completo de los suministros del Japón.

He aquí, pues, el mensaje más destacable de la novela, presente también en la película. Por cierto que es en la producción cinematográfica donde más patente queda el carácter mafioso de la compañía. Al margen del chantaje y la extorsión que ésta practica, descubrimos que los guardaespaldas de Sakamura y otras figuras son en realidad yakuzas, dispuestos en todo momento a asesinar con tal de servir a sus señores.

Por otro lado, según Crichton, las empresas japonesas practican en Estados Unidos una especie de padrinazgo más que dudoso. Apoyando departamentos universitarios que les sirven de promoción, consiguen respaldar académicamente sus proyectos. Cuando una opinión es contraria, silenciarla es bien sencillo. De David Rawlings, profesor de Ciencias Económicas en Stanford, dirá Levine lo siguiente: Rawlings forma parte del grupo al que llamamos los besacrisantemos. Expertos académicos que difunden la propaganda japonesa. En realidad, no tienen opción, ya que para trabajar necesitan tener acceso al Japón y, en cuanto empiezan a expresar opiniones críticas, se les secan las fuentes japonesas.

Chantaje a políticos, profesores, periodistas y abogados. Desde luego, poca diferencia de métodos parece existir entre este tipo de corporaciones y las mafias convencionales. Crichton equipara las estrategias de la compañía con la corrupción del hampa organizada, por más que ocasionalmente matice esa opinión resaltando los defectos del sistema americano que han permitido llegar a ese estado de cosas.


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