Todo está hecho con espejos. Cuentos casi completos, Guillermo Cabrera Infante, Alfaguara, Madrid, 1999, 248 pp.
Desde Así en la paz como en la guerra (1960) hasta la presente colectánea de relatos, el cubano Cabrera Infante (Gibara, 1929) se halla dominado por su propia mitología, si se quiere revisada para que cuadre con el paisaje ("La nostalgia es la memoria del alma", decía en Mea Cuba) y con el salto en el vacío que es el oficio de escribir.
Como en todos los mito, hay en éste invariantes que se superponen a la transformación, datos que iluminan una vida y otros que devanan ese ovillo de lino que Dédalo le dio a Ariadna (por algo nos avisa Cabrera de que la ordenación del volumen es arbitraria y de ningún modo indica el orden en que deben ser leídos sus cuentos, privados ya de fecha y contexto).
Lo autológico se convierte en creación personal, y si todo está hecho con espejo (¿simetría o duplicado?), no está de más encontrar en estos cuentos el espejo de la vida habanera ("Mis versiones –advierte– son pobres reflejos del relato oral que se ha llamado en Cuba relajo real"), y también el espejo partido y el deformante, el espejo como metáfora de apariencias superficiales y como residencia de almas o mundos alternativos, el espejo de la introspección y, felizmente, la imagen espejo del cinematógrafo.
Con su prosa de madréporas y el humor cáustico que suele frecuentar, Cabrera experimenta con los recursos del idioma y recrea el coloquialismo cubano con necesaria garrulería.
Habituado al género corto, el fabulador inspecciona el costumbrismo en primera persona del singular y propone un riquísimo y divertido anecdotario (el jardín trasero de cada casa).
Hay en esto relatos arcángeles que se vuelven faunos, inspectores de supercherías, visitantes hundidos en el tópico y, sobre todo, cubanos gramaticales, de apasionada locuacidad, sometidos a la ciencia de inventar cómo vivir.
Bajo el mismo pabellón, e adjuntan en el repertorio cuentos como «Josefina, atiende a los señores» y «La duración del tiempo», donde el habla local cobra protagonismo y sale al juego, intentando captar en las bocas ajenas la verdadera esencia de un tiempo y una geografía.
Otras entregas corresponden a una faceta imprevisible de este mundo, caso del conocido «Delito por bailar el chachachá», en que la experimentación se delinea claramente para destilar su riqueza de matices y referencias literarias.
Sigue la orla de bombillas eléctricas «Muerte de un autómata», donde Cabrera prolonga con ingenio el truco revelado en «Maelzel's Chess–Player», de Poe.
En otros relatos cabe reírse de las preguntas inquisitivas alrededor del estereotipo cubano (véase «Historia de un bastón y algunos reparos de Mrs Campbell»), y también disfrutar de leyendas repetidas por la feligresía cinéfila, como sucede en «El fantasma del Cine Essoldo», donde el escritor diagnostica su enfermedad predilecta.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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