Como señaló Bertrand Russell en el prólogo a la traducción inglesa de 1922, reproducido en esta edición, el Tractatus logico-philosophicus «merece por su intento, objeto y profundidad, que se le considere un acontecimiento de suma importancia en el mundo filosófico».
Esta obra clave de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), a la vez clara y difícil, crispada y rigurosa, ofrece en un lenguaje aforístico, digno de la mejor prosa alemana, una filosofía del lenguaje y de la matemática, una reflexión acerca de la naturaleza y de la actividad filosófica y una concepción del mundo.
"El punto de partida –escribe Blas Matamoro– es kantiano (...): los objetos sólo pueden nombrarse, no expresarse. Se puede decir cómo es una cosa, no lo que es. O sea, que la filosofía se mueve en el reino del fenómeno, que es el de la posibilidad del conocimiento racional, dejando a las vías trascendentes (místicas) del saber la inteligencia de la realidad de las cosas en sí mismas, su ser noumenal. Es el espacio que Wittgenstein señala como atinente a la mística, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo, sin la mediación del lenguaje.
A su vez, lo que podemos saber del mundo (mejor dicho: lo que el mundo es) es el espacio lógico que ocupan las relaciones establecidas por el lenguaje entre las cosas.
El lenguaje atomiza estas relaciones, al pensarlas. Por lo tanto, los límites del lenguaje de cada cual son los límites del mundo correspondiente.
El mundo está lógicamente limitado a las posibilidades de ser pensado por (valga la redundancia) el pensamiento.
A su vez, el pensamiento esta comprendido en las limitaciones de expresión del lenguaje. No puede ser pensado lo que no puede ser dicho, y no existe mundanamente lo que no puede ser pensado.
De ahí que los límites del mundo cognoscible sean límites de lenguaje. A través de este somero viaje por Wittgenstein se advierte claramente el meollo escatológico de la filosofía cuya construcción apunta en el positivismo lógico.
La realidad última del mundo es inaccesible a la razón, y este axioma precede a todo discurso sobre el mundo, es decir, que se trata de una renuncia epistemológica a dar razón del mundo.
Más claro que el maestro Wittgenstein, el discípulo Waismann lo dice con todas las letras: "Nunca podemos alcanzar el término último de una explicación, pues éste sólo puede ser la convención misma. (...) La gramática es autónoma y no la impone la realidad".
Ficha editorial
Tractatus logico-philosophicus
11,5 x 17,5 cm.
176 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978-84-206-5570-3
8,50 € IVA incluido
Mayo 2003
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
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