Edgardo Cozarinsky, nacido en Buenos Aires en 1939, vinculado al judaísmo por la cocina de una abuela, vive en París desde 1974. Ha dirigido varios films y publicado dos libros: una tesis sobre Henry James y una antología de textos borgianos sobre el cine. Con Vudú urbano se interna abiertamente en la ficción, prescindiendo de géneros y circulando libremente (y fragmentariamente) entre el libro de memorias, el cuento y la reflexión sociológica.
Conviene recordar que el autor es porteño y judío, porque ambos extremos condicionan la partida y el destierro. Como bien medita Cozarinsky, el nacido en un puerto tiene que ver más con países lejanos que con el Hinterland del propio. En cuanto a los judíos, sabemos que heredan la mitología de la tierra prometida y nunca concedida, la diáspora y la masacre.
Estos fragmentos pueden encubrir y mostrar, sutilmente, la historia de un amor conflictivo entre un hombre y su ciudad natal, suerte de madre que, no obstante el corte umbilical, sigue siendo la impronta más profunda del cuerpo: la memoria.
Cozarinsky se ha marchado de Buenos Aires, no ha vuelto a ella, pero, de algún modo, sigue viviendo en esta ciudad, que lo persigue como suelen perseguir los que saben del origen a las razas que propenden al exterminio. Tal vez esto da a las ciudades por donde circula el narrador un aire fantasmal, precario, de ceniza al viento, de apocalipsis demorado y cierto.
Un mercado oriental en París recuerda el cine Armonía; un puesto de meriendas en Berlín trae el perfume de las especies gastadas en la casa paterna; las palmeras de los afiches turísticos o los jardines botánicos son, finalmente, las palmeras de la Plaza de Mayo; Brigitte Helm, reconciliando al Capital y al Trabajo al final del film Metrópolis (que Cozarinsky, con inteligente perfidia, atribuye a la mujer de Fritz Lang, Thea von Harbou) no es más que la prefiguración de Evita Duarte, que la justifica, le da cuerpo histórico y se convierte en su destino.
Esta familia universal de la memoria, desnudez última de eso que llamamos alma o psique, se viste sumariamente con sensaciones muy breves, aisladas, pasajeras.
Proust nos ha contado hasta la persuasión que somos esa dispersa manera de asociar por medio del recuerdo (y del olvido, naturalmente) y que nuestra identidad flota en el aire pesado y ajeno de la historia como algo que se huele o que se oye.
Proustianamente, Cozarinsky se complace en recordar algo original y lejano en medio de la acuciante cercanía de ciudades extrañas. Acaso, la extranjería de este «turista cultural» sea una forma de aceptar la radical extrañeza del mundo, ese aprendizaje por la paradoja que nos ofrece la vida: cuanto más vivimos, cuanto más reconocibles se nos vuelven las cosas del entorno, más cerca estamos de la muerte y del momento en que debemos aceptar que todo lo habitual nos fue dado por un rato y no nos pertenece.
Esta pertenencia definitiva a la ciudad de la memoria, de la que partimos alguna vez para no volver y de la que no salimos nunca, duplica la vida del narrador entre un fantasma que sigue deambulando por un Buenos Aires anacrónico y fechado, inmarcesible y dudoso, y otro fantasma, el que habita el cuerpo del viajero.
Uno es el doble del otro, se explican mutuamente, se aseguran una compañía en la soledad y se prometen sobrevivir, vencer al paso del tiempo que amenaza con una lluvia de ceniza a las más sólidas ciudades de los hombres. (...) Para muchos porteños de estas décadas, Vudú urbano será un espejo preciso. Para muchos argentinos de la emigración, un ajuste de cuentas tranquilo y lúcido.
Para otros argentinos, una imagen de esa parte del país que, dada la naturaleza del mismo, viven normalmente esa suerte de anomalía que es la emigración. En cualquier caso, un documento privilegiado sobre esa nación que, como dice Susan Sontag en el prólogo, "es en cierto sentido un país transnacional, con ideales culturales crónicamente desplazados".
Insumisa a las leyes orgánicas de la novela, al aparato documental del tratado y a la prepotencia del panfleto, Vudú urbano se refugia en los encantos formales de la tarjeta postal: la que escribe, desde distintos puntos del mundo, el Cozarinsky que se fue al que siempre estuvo volviendo.
Copyright © Blas Matamoro. Artículo editado previamente en "Cuadernos Hispanoamericanos". El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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