El 13 de enero de 1898, el periódico parisino L'Aurore publicaba un texto de Émile Zola, J'accuse, donde el escritor, sin pelos en la lengua, acusaba a una serie de personajes de la magistratura y el ejército franceses de haber urdido una falsa requisitoria por traición contra el capitán Alfred Dreyfus. La deriva del caso es conocida.
Al tiempo, Dreyfus, encarcelado por espionaje, fue liberado y, más tarde, rehabilitado en su grado militar.
Zola recibió amenazas y debió exilarse en Londres.
Aún hoy resultan oscuras las circunstancias de su muerte, debida a una intoxicación por dióxido de carbono emitido por un brasero mal apagado y en una casa con respiraderos sospechosamente obturados.
Su J'accuse ha quedado como un modelo de actitud moral y cívica por parte de un escritor enfrentado con los poderes de hecho, desde el sistema de libertades y derechos reconocidos por un Estado democrático.
El asunto Dreyfus fue más que un caso dolorosamente personal o un intríngulis militar, pues toda la sociedad francesa se conmovió en uno u otro sentido.
Dreyfus era judío y la opinión que se le manifestaba desfavorable lo veía como un extranjero, conjurado con los alemanes, enemigos históricos de Francia. Más al fondo, lo que Francia se cuestionó fue su identidad.
Hasta entonces, parecía indiscutible que la Francia moderna provenía de la Revolución de 1789, al menos en cuanto había proclamado la soberanía popular, el código de los derechos del hombre y la abolición de los privilegios de nacimiento.
Más aún: la Revolución Francesa pretendió que sus principios de igualdad, libertad y fraternidad fueran universales.
Francia había descubierto y estatuido las normas que afectaban a la dignidad humana.
El antidreyfusismo, por el contrario, enaltecía una Francia francesa, exclusiva de los franceses y construida y defendida por los franceses.
La sociedad no era tal, sino una tribu, un universo hermético y autosuficiente en el que ningún extraño podía entrar.
El asunto Dreyfus diseñó algunos de los destinos europeos del siglo XX: el moderno nacionalismo, un actualizado antisemitismo (por mejor decir: antijudaísmo) y la categoría del intelectual, del director de consciencias y creador de ideologías, a medias sacerdote laico y a medias pensador epónimo de la humanidad.
Estos destinos -lo sabemos de sobra- tuvieron un derrotero trágico y sangriento en el Viejo Continente.
La actitud de Zola, a la luz del reciente pasado, cobra una dramática actualidad.
Por una parte, Europa se ve abocada a un proceso de integración, quizás el más importante ensayo de internacionalismo que ha conocido la historia, pues no consiste en integrar sometiendo a los débiles bajo el poder de los dominadores, sino de pactar unos mecanismos que hagan a la constitución de una sociedad europea.
Por otra parte, esta Europa que se integra pacíficamente, asiste a un renacimiento enérgico y violento de los ancestrales nacionalismos.
Como en tiempos del asunto Dreyfus, la opción es entre sociedad y tribu, entre diferenciarse y excluir o abrir la trama social e incluir en ella a cualquier individuo que acepte las reglas del juego.
O el nosotros es el clan o el nosotros es la humanidad.
Nota editorial
Éste es el dossier, reunido y comentado por el propio Zola, de sus polémicos escritos relacionados con el caso Dreyfus, que culminaron con el archinombrado pero poco conocido Yo acuso.
Cuando en 1894 se descubrió que alguien estaba traicionando al ejército francés, un fraudulento consejo de guerra condenó a un oficial judío, el capitán Dreyfus. Indignado ante esta injusticia, Zola intervino con la única arma de que dispone un intelectual: la pluma. Su violento Yo acuso (del que incluimos un facsímil) le valió la condena a un año de prisión y despertó reacciones desgarradas.
La polémica suscitada por Zola, poniendo en entredicho al Estado, al poder judicial, a la Iglesia, a los medios de comunicación y a la opinión pública, dio lugar a la figura del hombre de letras preocupado por desenmascarar la verdad, figura que más adelante recibió el nombre de «intelectual comprometido».
Nacido en París en 1840, Zola pasó su infancia en Aix-en-Provence, donde trabó una gran amistad con Paul Cézanne. A los veintidós años entró a trabajar en la editorial Hachette, empleo que abandonó en 1866 para dedicarse en exclusiva al periodismo y a la literatura. Ya en 1864 había publicado un libro de tinte romántico que cosechó un gran éxito: Contes à Ninon.
En 1867 saca a la luz su primera novela «naturalista», Thérèse Raquin, considerada en su momento littérature putride.
En 1868 comienza el ciclo de los Rougon-Macquart, cuyas veinte novelas concluyó en apenas veinticinco años.
Condenado a un año de cárcel por su intervención en el caso Dreyfus, en 1898 se exilia en Inglaterra durante once meses. En 1902, muere en París, asfixiado por las emanaciones de una chimenea.
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