Literatura y realidad virtual
En sus escritos, William Gibson predice situaciones que se han ido confirmando. Así, la trilogía formada por las novelas Neuromante (Neuromancer, 1984), Count Zero (1986) y Mona Lisa acelerada (Mona Lisa overdrive, 1988) dibuja un mundo interconectado por Internet, con empresas poseídas por inteligencias artificiales y un ciberespacio laberíntico, donde la RV es una fascinante alternativa.
Por cierto que la iconografía del espejo apuntada más arriba se reitera en obras como Neuromante, cuyo protagonista, Case, se duplica en el espacio cibernético, y ese doble es quien debe enfrentarse a las inteligencias artificiales que controlan el “plano de datos”.
Otro novelista, Greg Egan, retoma ese detalle argumental de Neuromante y atraviesa en Ciudad Permutación (Permutation City, 1995) el otro lado del espejo, destruyendo u olvidando el reflejo original para lograr así la vida eterna para los dobles cibernéticos de sus protagonistas.
En ambos casos, la diferencia con lo que hoy es posible se cifra en la gestión del pensamiento: según estas novelas, el soporte de los procesos de pensamiento deja de ser el cerebro para trasladarse a la red neuronal proporcionada por el ciberespacio (Gibson) o por un complejo sistema de procesamiento cuántico (Egan). En realidad, al acceder un individuo a la RV, el soporte de su consciencia sigue siendo él mismo. Salvo este detalle, lo descrito por ambos novelistas no es algo descabellado.







































































