
Cierto escándalo produjo el director de orquesta argentino Daniel Barenboim al intentar que sus espectadores israelíes escucharan en 2001 una página de Wagner, un momento de Tristan e Isolda.
Algo similar ocurrió hace años al indio Zubin Mehta. Los públicos de Israel suelen rechazar la música wagneriana por considerarla nazi.
Se sabe que Wagner era el compositor favorito de Hitler y que sus compases, junto con algunos de Antón Bruckner, servían de telón sonoro a programas radiales de propaganda hitleriana. Ciertamente,
Wagner es autor de un panfleto contra el judaismo en la música, donde mezcla a Roma con Santiago, al judío Meyerbeer con el cristiano Brahms. Quizás el final de Los maestros cantores de Nüremberg sea xenófobo, con su elogio al arte alemán desprovisto de vanas influencias extranjeras. Pero también es cierto que Wagner contó entre sus colaboradores a judíos como la soprano Amalia Materna, el director Félix Mottl y el empresario Angelo Neumann.
Otra cosa es lo que hizo su viuda, Cósima Liszt, cuando dirigió los festivales de Bayreuth, negando, prácticamente, participar en ellos a los judíos.
Nada digamos de Winifred, viuda a su vez de Sigfrido Wagner, íntima amiga y admiradora de Hitler.
Pero estos dimes y diretes ¿hacen nazi la música de Wagner? ¿Deberíamos quemar la música del barroco para ahuyentar los fantasmas de la intolerancia contrarreformista? ¿Dejar de escuchar a Mozart y a Haydn porque escribieron para reyes absolutos?
¿No estaríamos cayendo en el mismo grotesco y criminal pecado de sordera cometido por el nazismo cuando prohibió la música del judío Mendelssohn, el degenerado Hindemith y los rojos Dessau y Weill, para proteger la pureza moral y étnica de los alemanes?
Barenboim es judío y dirige a Wagner hace años por todas partes.
Seguramente, nada le ha dolido más en su vida de músico, salvo la muerte de la inolvidable Jacqueline Dupré de Barenboim, que comprobar este rasgo de hitlerismo al revés entre las víctimas de Hitler.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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