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"Eugenio Oneguin", de Tchaikovski

oneginPopularísimo por sus ballets, conciertos y sinfonías, Tchaikovski lo es menos por su producción operística.

No obstante, un par de sus títulos para la escena cantada se han instalado ya en la mayoría de los grandes teatros: «La dama de picas» y, especialmente, «Eugenio Oneguin», estrenada en Moscú en 1879. Se basa en una novela poemática de Alexander Pushkin, máximo romántico ruso, con lo que se asegura el encuentro de dos grandes maestros de la tendencia.

En efecto, la historia del Oneguin, vagabundo de la vida, enamorado sin rumbo de la bella Tatiana, ajeno al ambiente burgués y cortesano de la Rusia imperial, encaja perfectamente con el prototipo romántico del héroe sin fortuna mundana, que se apasiona por su propia y hermosa desdicha.

El amor crecido en la lejanía, el ensueño, la idealización, sirven al músico para abrir, una vez más, la caudalosa fuente de su melodismo, presente en algunas de sus más célebres páginas, como el aria de la carta de la soprano, la romanza del tenor en las orillas de la muerte, la cavatina del bajo, señorial y patriarcal, más algunas páginas de sólido colorido, como la polonesa, el vals y las evocaciones de juegos y comedietas del siglo XVIII.

Aparte de esta felicidad de sus melodías y la descripción del mundo amable y ceremonioso que rodea a la íntima convulsión amatoria de los protagonistas, Tchaikovski supo explorar la tensión dramática propia del género, según se comprueba en el dúo final, curiosa solución conciliadora y melancólica de un amor que ascendió a lo sublime, justamente, por no haberse realizado.

La carrera de esta obra fuera de Rusia fue prolija y despaciosa. Las compañías rusas la cantaban en su lengua original, respetando la asociación entre palabra y canto que exige el teatro musical, pero proponiendo a los públicos occidentales un inconveniente idiomático, en tiempos en los que no existían carteles con subtítulos.

En otro sentido, sus traducciones al italiano, francés, inglés o alemán, si bien facilitaban su comprensión literaria, desnaturalizaban su mensaje estético.

Hoy podemos disfrutar de versiones originales, acompañadas de libretos adecuadamente trasladados. La grabación que proponemos a nuestros lectores cuenta, para empezar, con uno de los grandes directores de ópera en la actualidad: James Levine.

Se trata de un músico de varia lección, pianista de cámara y conductor de un repertorio amplísimo, que no cabría detallar aquí. Su sentido de lo dramático, su manejo de la paleta orquestal, lo apropiado de sus velocidades, su mimo para las voces, todo hace de Levine una segura garantía.

Un reparto cosmopolita ha sido concitado para esta entrega, que data de 1987, el mismo año en que recibió el Premio Orfeo de Oro, en tanto en 1990 fue honrada con otro de la especialidad, el Stella d´Argento. El barítono Thomas Allen perfila un protagonista a la vez señorial (se trata de un romántico anglosajón) y consistente de vocalidad.

La soprano Mirella Freni, de primerísima fila en su generación, aporta su calidez meridional, aunando capacidad histriónica, lirismo de alto vuelo y una hermosa solvencia vocal, triunfante en distintos repertorios, desde el barroco hasta el verismo. Neil Shicoff, en sus tiempos de tenor lírico, aporta un deleitable caudal unido a una fluencia melódica de calidad. Pata Burchuladze afronta desde una rica y potente sonoridad de bajo, tan propia de su origen, a la parte de autoridad señalada por el autor. En papeles menores hay dos nombres de lujo. Anne-Sophie von Otter, joven y ya destacada mezzo por entonces, resuelve un rol secundario, llevándolo a primer plano. Y en Triquet tenemos a Michel Sénéchal, hoy vieja gloria impertérrita, máximo especialista en tenores cómicos y de carácter de cualesquiera tiempos.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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