La ópera española: Entrevista con José Luis Téllez


¿Por dónde iban los gustos del público de Barcelona en el XIX?

En un principio, el público del Liceo también demostró predilección por la ópera italiana. Posteriormente, hubo un serio intento de importar la ópera francesa.

El ejemplo señero de esta nueva etapa fue el montaje del Guillaume Tell rossiniano: la ópera más difícil de cantar que se haya escrito nunca, una pieza maestra sin la cual no podríamos entender la obra posterior de autores como Giacomo Meyerbeer.

Por desgracia, esta apuesta se vio malograda por la peor de las suertes. El 7 de noviembre de 1893, en mitad de la función inaugural, el anarquista Santiago Salvador arrojó dos bombas sobre la platea.

La consiguiente masacre –narrada por Ignacio Agustí en su Mariona Rebull– tuvo una consecuencia singular: desde entonces, Guillaume Tell es considerada, acaso con merecimiento, una ópera gafe.

Al público madrileño le atrae la ópera italiana y el barcelonés se define como wagneriano. ¿Qué hubiera hecho falta para conseguir que esa audiencia del XIX apoyase a los compositores de ópera españoles?

Sin una tradición autóctona y sin el afán de crearla, no es difícil comprender por qué España carece de operistas.

Para cambiar las tornas, hubiéramos necesitado un Wagner, un Janáček, un Berg o, sobre todo, un Mozart. No se olvide que la tradición germánica parte de La flauta mágica, una obra en la que se injertan los diseños de la música erudita –el coral variado, la fuga, la música eclesiástica…– dentro de un esquema alejado del singspiel pero con su mismo enganche popular.

Sin embargo, la historia de la ópera española dispone de atisbos ocasionales, de dimensión desigual.

Asistimos así a la exhumación de óperas como Henry Clifford (1895) y Merlín (1902), donde se advierte que el problema que malogra sus posibilidades no es otro que el libreto.

La música de Albéniz, sin duda excelente, no puede compensar la falta de organización dramatúrgica de los textos.

En contra de lo que se ha dicho, el de Merlín no es un libro tan deficiente, pero queda indefinido al formar parte de una trilogía inconclusa, a la que debieran haberse incorporado otras dos entregas: Lancelot y Ginebra.

Por conveniencia, La Walkiria o El crepúsculo de los dioses pueden escenificarse por separado, sin el concurso de las demás partes de su tetralogía. Pero Merlín no alcanza esa categoría y sólo nos queda apreciar la sensacional música de la que hace gala.

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC

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