
Luigi Boccherini (1743-1805) nació en Lucca, se educó musicalmente en Italia, actuó en las cortes de Viena y San Petersburgo, escribió partituras en honor de la naciente República Francesa y desarrolló la mayor parte de su carrera en España.
Más concretamente, en el Madrid borbónico y al servicio del Infante Don Luis, hermano de Carlos III, que tuvo una pequeña y lucida corte en Arenas de San Pedro. Su regio pariente le señaló esa vivienda fuera de la capital, dado que se habla casado con una plebeya.
Don Luis, primero en Boadilla del Monte y luego en el indicado sitio, se rodeó de artistas notables: el arquitecto Ventura Rodríguez, nuestro compositor y Francisco de Goya, que dejó una memorable escena nocturna con el Infante jugando un aburrido solitario, su mujer en camisón y entregada al peluquero, el pintor en primer plano pintando el cuadro que estamos viendo (efecto cervantino si los hay) y de pie y de tres cuartos, Boccherini.
Con ello tenemos juntos a dos maestros del siglo XVIII pues, tardío pero seguro, el reconocimiento de Boccherini como uno de los pilares de la música galante dieciochesca, ha llegado de la mano de Haydn y de Mozart. Como buen clásico, el maestro luqués programó un arte universal, válido en todo lugar y tiempo.
La música, que prescinde de traducciones, es la disciplina estética que mejor se presta a esta circulación en el espacio y por las épocas.
Pero no fue Boccherini sordo a los sonidos del lugar. En sus obras aparecen minués españoles, folias, tiranas, seguidillas y, especialmente, el famoso fandango que se bailaba en salones de mala nota, a la luz de un solo candil, como en el cuadro de Goya antes mencionado.
Hasta escribió una zarzuela en español, Clementina.
Muerto Don Luis, Boccherini volvió a Madrid, al servicio de la corte regia como chelista y de los Osuna Benavente como director de orquesta. Fue también uno de los primeros inversores en el entonces flamante Banco de San Carlos.
Algunas fachadas madrileñas recuerdan sus antiguas viviendas. Pero la ciudad le debe algo más, un decisivo emblema y obra puntual y de género propio como pocas: La retreta de Madrid.
Está escrita para un quinteto de arcos y recoge las músicas que oye el paseante por el Madrid de las Cavas, la Morería, las Vistillas, la Cuesta de la Vega (donde está su monumento) a la hora del crepúsculo, cuando la naturaleza se apaga y la ciudad se recoge.
Universal y madrileño, el artista ha demostrado que no son incompatibles lo peculiar y lo general, que en el arte lo de uno es lo de todos. Toscano, cosmopolita, viajero, registró en su Retreta un instante y un lugar. Los ha vuelto inmortales.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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