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Manuel de Falla (1876-1946)

William_violin

Sucinta, breve, vigilada y estricta es la obra de Falla. Se la suele dividir en dos períodos, el nacionalista/andaluz y el neoclásico/castellano.

A un lado, las piezas para piano, los ballets, las canciones, los nocturnos para orquesta con teclado sinfónico; al otro, el concierto para clave, el gongorino soneto y el cervantino Retablo.

Cuando era «andaluz», Falla estaba embebido de impresionismo francés y luego, al «castellanizarse», acusó el impacto del segundo Stravinski, ese ruso de París. Desde lugares muy precisos, su arte fue siempre imaginado como universal.

Por eso, hemos oído ejemplares versiones de sus partituras por un judío polaco —Arthur Rubinstein—, por una negra de Atlanta —Jessie Norman—, por un portugués afrancesado —Pedro de Freitas Branco—, por un argentino brahmsiano —Juan José Castro— y hasta por la barcelonesa Alicia de Larrocha, la cantaora Ginesa Ortega —gitana de Francia— y las tonadilleras Rocío Jurado y Nati Mistral, una andaluza y otra, madrileña.

Los últimos años de su vida los pasó don Manuel entre ostiomielitis auditiva, guerra civil y exilio, acompañado por los retazos de una obra que no logró terminar, un oratorio de ínfulas wagnerianas, con letra en catalán de Jacinto Verdaguer, La Atlántida.

Ni el sesgo, ni el formato, ni la germánica gravedad tardorromántica, hasta diría que ni la lengua de este proyecto, le resultaban habituales.

Tal vez su pequeño mundo estaba explorado ya del todo y se imponía partir hacia ese continente sumergido por el océano de la historia. No fue la síntesis de sus dos momentos anteriores, no lo pudo ser y, como la Atlántida, quedaron de él unos fragmentos sueltos, que Ernesto Halffter intentó pegar con desazonante parsimonia.

Consigue algunas viñetas felices, como la canción de la reina Isabel, el monólogo de Pyrene y el himno a Barcelona, pero el conjunto no se ve ni se oye, a pesar del torrente sonoro, tan poco falliano, urdido por los arregladores.

La verdadera conciliación fue lograda por Falla en otro lugar y otros términos. Él, que hizo una vida austera, recoleta y casta como la de un monje, hipocondríaco y frágil para más señas, compuso una música sensual y complacida, dualidad que algunos atribuyen a una tópica ambivalencia andaluza: la orgía y el senequismo, la feria y el jondo. Prefiero ampliar el paisaje imaginario de don Manuel, sin desdeñar el hecho de que era un gaditano afincado en Granada.

El alma y la música

No por casualidad, en Occidente se dan, con especial fuerza histórica, el dualismo cuerpo / alma y la música. Desde los órficos, van juntos: en la ciudad platónica, en los ritos judíos y en los cristianos.

La música fue, para Falla, la síntesis del cuerpo y el alma: el cuerpo glorioso del sonido, el cuerpo inmarcesible que vuelve a la vida cada vez que se enciende el fuego ritual y fatuo, se despiertan las campanas del amanecer o insiste la queja del amor dolido. Más aún: casi toda su música es bailable, caso infrecuente y sólo similar, tal vez, a un compositor que le queda tan lejos como Tchaikovski.

Hasta en una ópera defectuosa, La vida breve, los dos momentos más logrados son los bailes. ¿Hay en el arte algo más cabalmente corporal que la danza?

Indecisa, la materia parece bailar en el tiempo. Acaso eso que llamamos cosmos y del que tenemos reticentes noticias, sea un bailongo universal del cual nos dan cumplida cuenta algunos músicos, capaces de una austeridad orgiástica, de pitia en trance, como Falla.

Con esta clave, sus Noches en los jardines de España se vuelven una alegoría pitagórica, confidencial como puede serlo una voz nocturna en el verano.

Lejanas bailarinas repiten o decretan el mismo ritmo del viento en la sierra y en el follaje del jardín y el agua del surtidor, donde la forma, huidiza e insistente, nos promete una húmeda eternidad.

Los años del exilio

Agobiado por el espantoso escenario de la postguerra, Manuel de Falla dejó España y se radicó en la Argentina, en cuyas serranías cordobesas de Alta Gracia, la apacible ciudad jesuítica, pasó sus últimos años.

Fue recibido con amistad y reconocimiento, y asistió a la ejecución de toda su obra en el teatro Colón de Buenos Aires y en radios de la capital porteña.

Jorge de Persia, el investigador argentino, siguió sus pasos sudamericanos en un cumplido libro.

Don Manuel buscó y halló un paisaje que le recordara la sierra de Granada vista desde su casita de la Antequeruela. Quien conozca ambas viviendas las encontrará parecidas: espacios pequeños, rincones, escalerillas, un pequeño balcón para presenciar ocasos solitarios y silenciosos.

A veces, alguna voz anónima parecía traerle músicas de su Andalucía. Eran de la Córdoba argentina, la Nueva Andalucía. En su afán por recuperar giros y aires del folclore argentino, algunos compositores del país vieron en la obra de Falla un ejemplo a imitar: ser profundamente local y, a la vez, ampliamente universal.

Falla, por su parte, se impregnó de influencias diversas: el verismo italiano, el impresionismo francés, el neoclasicismo del segundo Stravinski. Exploró la antigüedad musical de Castilla y el arte anónimo de distintas regiones españolas, Cuba incluida. América, de alguna manera, lo estaba esperando desde siempre.

El Conservatorio Municipal de Buenos Aires lleva su nombre. Es un símbolo: nadie como él pudo reclamar el lugar de supremo maestro para las dos orillas.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Incluye fragmentos de otro artículo publicad en el Centro Virtual Cervantes. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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