Medellín: coros, orquestas y armas de fuego

Nicole Bucher

¿Puede la música culta redimir a muchachos que, de otro modo, se verían abocados al crimen callejero? ¿Sirve el repertorio clásico como un puerto de refugio?

En busca de respuestas a preguntas como ésas, algunos profesores e instrumentistas colombianos exhiben una formidable iniciativa, y se lanzan a un cometido que pudiera parecernos ilusorio, pero que ya está mostrando sus frutos. Como se verá en las próximas páginas, hay hazañas sociales para las que bastan una viola y un esfuerzo callado.

La maestra que llegó desde Suiza

El solo del concierto para viola y orquesta en re mayor de Franz Anton Hoffmeister resuena en la casa de Nicole Bucher, en Medellín. Esta voluntaria suiza, maestra de viola, de 31 años de edad, interpretará esa pieza dentro de unos días, en el Teatro Camilo Torres Restrepo, de la Universidad de Antioquia. Actuará junto a ella la Orquesta Juvenil de la Ciudad de Medellín, compuesta por ciento ochenta músicos.

Bucher lleva ya nueve meses en esta ciudad colombiana, la segunda en tamaño del país, y ha conseguido hacer lo que le había resultado imposible en Lucerna: dedicarse exclusivamente a la enseñanza de la viola a niños y jóvenes.

Los muchachos demuestran un particular interés por este instrumento, tantas veces desestimado por quienes inician una carrera como músicos profesionales. Con su adquirido acento colombiano, Bucher detalla este prejuicio: “Yo misma pensé, como muchos otros, que los violistas eran los más bobos de la orquesta. Pero en un momento de crisis, a los quince años, después de haber tocado durante seis años el violín, mi profesor me puso enfrente una viola y me enamoré de su timbre y grave tonalidad”.

El encuentro con dicho instrumento la salvó de relegar la música a un segundo plano. A los veinte años, empezó a estudiar viola en el conservatorio de Lucerna para graduarse cuatro años más tarde, y coronar su aprendizaje con un diploma en enseñanza musical.

A continuación, completó un postgrado en comunicación intercultural, y el contacto con algunos colombianos desperdigados por Suiza la indujo a acercarse a tierras sudamericanas. Primero como turista, y luego como profesora de viola, en el marco del programa de la Red de Escuelas y Bandas de Música del Municipio de Medellín, consolidado por la Fundación Amadeus y la Universidad de Antioquia, con el patrocinio de un puñado de instituciones suizas que financian su viaje y estadía en Colombia.

La orden de los sicarios

El concierto es una entrañable conjunción de elementos. Nicole tocará la obra de Hoffmeister acompañada de ejecutantes jovencísimos, muchos de los cuales son sus propios alumnos. Se trata de muchachos que hasta hace tres lustros eran carne de cañón del crimen callejero desatado en los barrios de Medellín, que a la sazón recibía el miserable título de capital mundial de la violencia.

Eran aquéllos los años de Pablo Escobar, el capo del Cartel de Medellín, cuyos tentáculos de narcodólares y pólvora estrangulaban a numerosos inocentes, degenerando la convivencia cotidiana no sólo de la capital del departamento de Antoquia, sino la de Colombia entera y mucho más allá, en un circuito de corrupción que también iba desde Miami hasta Madrid.

Hablo de días en que Escobar pagaba, en efectivo, mil dólares estadounidenses por la muerte a tiros de un policía. El crimen era cometido por sicarios de corta edad, procedentes de las calles arreboladas de Medellín, donde la lucha armada entre pandillas de distinta indumentaria iba trazando con sangre el mapa adulterado de un nuevo orden geopolítico. Un orden que respondía en mayor medida a la lógica de la guerra civil o el caos hobbesiano que al mandato o consenso administrativo de un Gobierno republicano. En la “capital del odio”, como era conocida entonces la ciudad en los círculos periodísticos, se registraron, solo en 1991, seis mil quinientos homicidios. Es decir, unos 381 por cada cien mil habitantes. Medellín enterraba diariamente a dieciocho víctimas. La mayoría no había cumplido los treinta años de edad.

Las calles eran un semillero de traficantes y asesinos, y no era raro que un niño de apenas siete años abriera una funda negra y acto seguido blandiera un arma. Los alumnos de Nicole Bucher y otros cuatro mil niños más, en cambio, abren hoy en día el estuche de forro aterciopelado para empuñar un instrumento musical.

Historias de redención

El lema de la Red de Escuelas y Bandas de Música fue, por mucho tiempo, “Un niño de Medellín que empuña un violín nunca empuñará un arma”. La idea originaria se debe al músico y emprendedor medellinense Juan Guillermo Ocampo, quien, en 1996, constituyó la Fundación Amadeus, organización nodriza de escuelas de música que se extendió por todos los barrios pobres de la ciudad con el apoyo del equipo municipal. La iniciativa fue la adaptación de una red similar que la vecina Venezuela venía desarrollando con éxito.

Jorge Melguizo, secretario de Cultura Ciudadana de la Alcaldía, responsable de la Red, recuerda haber conocido a un muchacho del programa de reinserción de jóvenes con pasado violento. Ese programa, por cierto, funciona con el lema “Ser bueno, sí paga”, que compendia todas las secuelas de la espiral de terror y pobreza en la que había caído Colombia en los ochenta y noventa.

“La madre de este chico −comenta Melguizo− ejercía la prostitución. Había sido reclutado por una de tantas pandillas que dominaban las calles, y pronto aprendió a manejar armas de fuego. A los veintidós años, ya había sufrido tres heridas de bala en el torso, y tenía una cicatriz de 48 puntos en el cuello, producto de un machetazo. Un día, le pedí que me escribiera una lista con los nombres de los amigos y compañeros de colegio que había perdido durante su niñez y juventud. Al recogerla, no pude contener la emoción: sólo había en ella cincuenta y cuatro nombres. A su edad, el muchacho había despedido a más amigos que un hombre longevo al final de sus días”.

En la década de los ochenta, Melguizo emigró a España en busca de horizontes más ciertos para su hijo, y llegó a ocupar la dirección de cooperación internacional de la ONG vasca EDEX, que atiende a menores en situación de dificultad social. Consciente del alcance de su cometido en Medellín, me indica que la Red de Escuelas y Bandas ha permitido unir zonas urbanas divididas por el territorialismo pandillero.

Cada una de las veintiséis escuelas que forman la Red nutre orquestas y conjuntos de cuerdas y viento en las distintas barriadas. El dispositivo abarca asimismo agrupaciones que se dedican, por ejemplo, a la música de cámara, más algunos coros, todos ellos distribuidos en las zonas más vulnerables de la ciudad. En ocasiones, se une un grupo de cuerdas con su par de vientos, provenientes de sitios alejados, para sacar adelante alguna actividad o para ensayar, permitiendo así la comunicación de lo que, en otros tiempos, eran zonas herméticas, amuralladas por la violencia de distinto cuño.

Los niños de un distrito visitan a los de otro, y de esta forma, gracias a la música, Medellín ha vuelto a ser una urbe de vasos comunicantes, donde la inclusión es posible.

Educación musical y progreso

No es raro ver a los padres de estos niños integrándose en coros y agrupaciones de música clásica en áreas donde, tiempo atrás, reinaban el tango o la ranchera y, por supuesto, silbaban las balas. El secretario de Cultura Ciudadana asegura que, antaño, la asistencia a una escuela de música era considerada por los progenitores como una suerte de seguro de vida: “Las familias enviaban a los pequeños a las escuelas de música –dice–con el fin de alejarlos de la calle, donde eran presa fácil de las pandillas, verdadera carne de cañón del crimen”.

En la actualidad, las necesidades y las opciones son otras bien distintas. Nicole Bucher tiene ideas muy claras al respecto: “La violencia −comenta− ha retrocedido. Tanto es así, que puedo vivir cómodamente en Medellín sin preocupación alguna”.

Las estadísticas refuerzan esta observación informal: el número de muertes violentas descendió el pasado año a seiscientas. Es decir, se trata de apenas un diez por ciento del récord histórico registrado en 1991. Por supuesto, la cifra aún queda muy lejos de los 59 crímenes contabilizados en Madrid en 2006, que la supera por un tercio en población. No obstante, la Alcaldía se siente orgullosa de sus planes. No en vano, por esa vía, se han alcanzado niveles de desarrollo social y cultural que hace unos años hubieran parecido una quimera.

El programa musical cumple la función de aliviar las carencias de una estructura que mantiene en la marginalidad a muchos críos y adolescentes. “Tengo una alumna de dieciocho años −me dice Bucher− que es dependienta de un puesto de ropa, en un almacén popular de uno de los barrios pobres. La chica trabaja nueve horas diarias, seis días a la semana. Vende ropa a precios muy bajos, pero también le pagan una miseria, algo que ni siquiera se equipara el sueldo mínimo. Ella sabe que no tiene el talento suficiente para ser concertista…, pero estudia con devoción la viola. Viene a clase por la mañana, muy temprano, y después se va a trabajar. Los domingos, ensaya por la tarde con la orquesta juvenil. Suele llegar a clase apesadumbrada. No es para menos: su familia está destrozada y sus perspectivas son inciertas. Sin embargo, una vez que empezamos y nos adentramos en el ejercicio, los ojos de esta chica vuelven a brillar. Cuando tiene tiempo, nos tomamos un café, charlamos y ella se marcha, contenta, a su lugar de trabajo. No sé qué sería de ella sin esta experiencia, que es como una isla de estabilidad en un mar de preocupaciones y desilusión”.

Si agregamos los efectivos de la Red de Escuelas y Bandas de Música a las orquestas sinfónicas Juvenil e Infantil de Medellín, más un par de coros polifónicos, reunimos a cerca de cuatro mil niños y jóvenes entre los siete y los diecinueve años de edad. En este despliegue, ejercen su labor más de ochenta docentes, activos gracias a un convenio suscrito entre el Municipio y la Escuela de Música de la Universidad de Antioquia, dependiente de su Facultad de Artes. Dicha universidad se encarga de la administración de las escuelas de música, y la Fundación Amadeus coordina las orquestas y los coros.

No deja de ser importante el hecho de que el 65 % de esos ochenta profesores sean antiguos alumnos de las escuelas en las que ahora enseñan. Lo cual quiere decir que este programa ha puesto la docencia al alcance jóvenes que, de otra manera, nunca habrían conocido la música clásica, y mucho menos hubieran podido hacer de ésta un estilo de vida.

Por si ello no fuera bastante, de entre los ex alumnos de la última década, hay ochenta que se encuentran cursando estudios musicales en establecimientos de educación superior, nacionales y extranjeros. Todos ellos aspiran a convertirse en músicos profesionales, algunos con proyección internacional, sobre todo en Italia, donde Fernando Botero, el ilustre pintor y escultor medellinense, ha hecho los arreglos necesarios para que puedan continuar su formación como becarios.

Nuevos públicos, nuevos desafíos

Nicole Bucher cree que sus estudiantes colombianos superan en muchas facetas a los helvéticos. “Mis estudiantes de viola −dice− están más motivados, se concentran más, aun cuando la infraestructura de las zonas donde viven sigue poniendo obstáculos serios al desarrollo normal de sus actividades. Aquí cae un aguacero, las calles se inundan y los alumnos no pueden venir a clase. Por el contrario, en Suiza todo funciona con precisión de relojería, pero lo que escasea es el interés. Hay demasiadas actividades, y los estudiantes no saben qué elegir, y acaban escogiendo y abarcándolo todo, sin hacer nada en concreto, guiándose en mayor medida por la voluntad y designios de sus padres que de motu proprio”.

En Medellín, admite la maestra, es necesario adaptarse a un ritmo de vida más pausado y tener paciencia. Con todo, Nicole Bucher ha aprendido a adorar a la ciudad y a sus gentes. Antes de que concluya su visita programada de un año, se las ha arreglado para que los patrocinadores suizos le permitan quedarse otro año más.

A decir verdad, le sobran razones para el orgullo. Sus alumnos no sólo leen las partituras que les corresponde interpretar. Además se instruyen devorando las referencias de cada periodo. La música les abre la ventana de todo un panorama intelectual, y por medio de aquélla, alcanzan a entender la historia mundial. Cuando interpretan la Misa de Réquiem mozartiana, una sinfonía de Haydn, la Obertura 1812, de Chaikovski, o La valquiria, de Wagner, los pupilos de Nicole acceden a una perspectiva novedosa del pasado, apoyada en la sensibilidad artística de cada compositor.

De manera periódica, a través de recitales y conciertos, estas y otras piezas llegan a las comunidades urbanas, contribuyendo así a la difusión cultural en Medellín. El teatro de la Universidad, donde se realizan los conciertos mensuales, tiene un aforo de mil setecientas personas, y se abarrota cada fin de mes. ¿Y quién forma parte de esa audiencia? De forma primordial, familiares, amigos y conocidos de los miembros de la orquesta. Casi todos ellos provenientes de los estratos más inermes de Medellín. En cierta medida, también asisten a estas convocatorias ciudadanos de clase media y alta. Pero la cosa no acaba ahí: que circule el repertorio concertístico implica, desde luego, que muchos marginados lleguen a ser melómanos.

Por otra parte, y pensando en los pupilos, no debemos olvidar la valiosa disciplina que implica el aprendizaje de un instrumento. Es ésta una disposición que nunca desaparece, y que repercute de forma sumamente beneficiosa en la vida académica y laboral de los estudiantes. Nicole Bucher cree que, si bien muchos de ellos jamás llegarán a ser concertistas profesionales, el adiestramiento recibido les servirá durante el resto de sus vidas. En todo caso, la finalidad del programa no es la simple promoción de instrumentistas sino la mejora del orden social. Felizmente, la alta calidad interpretativa de las orquestas juveniles parece refutar ese principio fundacional, y depara sorpresas como las previamente comentadas.

Por medio de esta experiencia, se demuestra que la dignidad humana puede imponerse a los avatares de la violencia. Paradójicamente, la viola, un instrumento que antaño animaba fiestas y tertulias en las casas europeas de cierto abolengo, viene a ser, cinco siglos más tarde, un emblema de los aires democratizadores que hoy soplan en Colombia.

Copyright del texto © Arturo Escandón. Este artículo fue editado originalmente en la revista Scherzo. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Imagen superior © Nicole Bucher. Reservados todos los derechos.


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