
La edición del libro Voci e tamburi lontani. La musica ispirata agli indiani d’America (Varese, Zecchini Editore, 2007), de Dario Müller, nos permite conocer una faceta poco frecuentada de la música clásica: la que protagonizan aquellos compositores fascinados por el Far West y por los indígenas de las grandes praderas.
Como certifica el propio Müller, este grupo de artistas quiso fijar sobre el pentagrama el eco de los tambores de guerra y el bullicio de las danzas en torno al fuego.
En Europa y en la América anglosajona, sioux, apaches e iroqueses han tenido, durante más de dos siglos, un carácter tan simbólico como real. Se admira en ellos no sólo el furor guerrero, sino la espiritualidad primitiva y, en segunda instancia, el fatalismo del pueblo que, antes de extinguirse, enciende hogueras y baila en corro.
Me pregunto, a este respecto, si la fabulación hubiera sido igual sin el concurso de novelistas como Fenimore Cooper y Karl May.
Por otro lado, no hay que ser un musicólogo para saber que los cánticos indios tienen el ímpetu que Hollywood quiso. Si no me creen, hagan la prueba, y comprobarán que los guerreros de su imaginación avanzan al son de bandas sonoras como la de Murieron con las botas puestas.
El estereotipo del guerrero cantor, sin embargo, poco puede asombrar teniendo en cuenta que, antes de que el cine fuera sonoro, muchos músicos blancos ya habían asumido motivos indígenas en sus creaciones. Hablo de tipos un tanto excéntricos, que quisieron escribir música después de escuchar el sonido de los powwows en el fonógrafo.
Conocemos algunas de estas grabaciones. Se registran en la Columbia Británica en 1897, en los poblados hopi de Arizona, allá por 1906… En ellas se dan a conocer himnos comunales y también canciones secretas, muy adecuadas para ese tipo de ceremonias que están vedadas al rostro pálido. Los cantos navajos de Nuevo México pasan al cilindro del fonógrafo en 1868, y es casi seguro que más de un compositor blanco queda prendado de esas cadencias ancestrales.
En todo caso, hay bibliografía previa. La primera referencia a las canciones amerindias figura en el Dictionnaire de musique (1776), de Jean-Jacques Rousseau.
De ahí en adelante, toda una legión de compositores y antropólogos invade el panorama, y tantea la cara y la cruz de una moneda que ya conocemos, manteniendo los ritmos indígenas en una órbita de exotismo de la que nunca llegaron a salir.
Con gran fundamento documental y algo de capricho melómano, Dario Müller viene a echar luz sobre algunos conspicuos representantes de esta tendencia.
Su obra, Voci e tamburi lontani. La musica ispirata agli indiani d’America, es sumamente entretenida, enriquece la comprensión de la identidad musical americana, y le añade rasgos míticos.
Pese a lo restringido del temario, la edición abarca distintos pormenores. En sus páginas, accedemos a la sugestión de los primeros etnólogos que se interesaron por los cantos indios, y conocemos en profundidad el indigenismo tardorromántico del compositor Edward MacDowell, autor de una encantadora Suite india para orquesta (1893).
Según explica Müller, el animoso Arthur Farwell retoma este hilo durante el primer tercio del siglo XX, y se convierte en editor musical de otros amantes de la cultura nativa. Tal es el caso de Harvey Worthington Loomis, que enriquece el repertorio pianístico con sus Canciones del piel roja (1903-1904).
Otro artista que encuentra en Farwell a un editor predispuesto es Carlos Troyer, compositor de la Danza de guerra de los apaches kiowas (1907).
Proximidad obliga: el nacionalismo viene a reforzar leyendas un poco descoloridas, y anima a la audiencia norteamericana a reconocer el espíritu de las praderas sobre el rastro de músicos como Henry Franklin Belknap Gilbert, Charles Wakefield Cadman, Preston Ware Orem, Charles Sanford Skilton y George Templeton Strong.
Si hacemos caso a Müller, todos ellos creen a machamartillo en la poética de los zuñis y los pies negros.
Resulta muy cautivador observar cómo desgrana dicho repertorio el ensayista, quien cierra el volumen con un catálogo de referencias en el que destaca una famosa cantata victoriana, Escenas de “La canción de Hiawatha” (1898-1900), llevada a término por Samuel Coleridge-Taylor a partir del poema homónimo de Longfellow.
En esa lista final, y en el atractivo CD que completa la entrega, amarillea el pasado de una raza, como si cada pieza formase parte de un oficio de difuntos.
Ficha editorial
Dario Müller: Voci e tamburi lontani. La musica ispirata agli indiani d’America. Introducción de Marcello Sorce Keller y postfacio de Carlo Vitali. Varese, Zecchini Editore, 2007, 121 págs.
Ilustración superior
George Catlin, Hunting Scenes and Amusements of the Rocky Mountains and Prairies of America, Nueva York, 1845.
Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en la revista Scherzo en marzo de 2008.
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