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Música clásica en África - Beneficios sociales del clasicismo

Índice de Artículos
Música clásica en África
Una mirada al pasado
Manifestaciones folclóricas
Música, pobreza y desarrollo
Beneficios sociales del clasicismo
Todas las páginas

Beneficios sociales del clasicismo

A decir verdad, sentí que mi auténtico viaje empezaba tras las montañas que acotan ese torbellino urbano e impersonal. En algunos tramos de la carretera, al menor descuido del mantenimiento, la exuberancia tropical se apoderaba del asfalto. La oscuridad iba tragándose poco a poco la jungla, y también mi atención. Mis últimos esfuerzos por mantener una charla fracasaron entre cortas cabezadas.

Cuando desperté, la noche era oscura y cerrada. De pronto, una sucesión de destellos azulados se abrió paso en el cielo. Aquello era una típica tormenta en la sabana, que primero nos cautivó por su belleza y luego nos atrapó con una pluviosa ferocidad.

Desde Tamale nos dirigimos hacia Wa, en el extremo más noroccidental del país. Pequeñas chozas de adobe y cañas se asomaban entre las acacias. Cruzamos Larabanga y dejamos atrás dos misterios de los que se trata en los cánticos locales: la mezquita voladora y la piedra mística.

Nuestro proyecto consistía en la construcción y equipamiento de tres edificios para la University for Development Studies, con sede principal en Tamale. El campus se extiende por todo el norte del país y abarca diversas ciudades: desde Navrongo hasta Wa. Los estudios fundamentales de la UDS se basan en el desarrollo agrario, tanto en lo que concierne a técnicas de cultivo como de producción. En consonancia con esa especialidad, cada uno de los futuros edificios debía incorporar aulas informáticas, una sala de audiovisuales y uno o dos laboratorios de química agraria.

Alrededor de ese centro, caminos y carreteras se llenaban de niños, en una especie de éxodo que los conducía desde el hogar hasta la escuela o la universidad. He visto esto en otros lugares: en Marruecos, Ecuador, Perú… Los chicos recorren kilómetros, y lo hacen porque tanto ellos como sus padres saben que sin educación jamás serán ciudadanos. Es penoso comprobar que ese empeño, demasiadas veces, acaba perdiendo fuerza. La duda es obvia: ¿en qué punto del sendero que los lleva a la vida adulta se corta ese entusiasmo por la cultura?

La emigración se convierte en necesidad imperiosa, y por un camino oblicuo, tiene un efecto en la música. No me refiero tan solo a los profesores de la Sinfónica formados en el exterior. Hablo también de los intérpretes de highlife que descubrieron esa música en los barrios pobres de Londres o Berlín. No en vano, desde Alemania llega el llamado burgher highlife, y desde Estados Unidos, el hip­life, que entusiasma a los jóvenes por su equívoca modernidad. En cierto sentido, esta mescolanza no es muy distinta a la que se dio en otro tiempo en Ghana gracias a los coros protestantes o a las bandas militares que improvisaban un fox­trot o una rumba. Piezas ligeras que, por lo demás, no hubieran desentonado en el repertorio de Eric Coates, Trevor Duncan o Frederic Curzon

Pero hablábamos de desarrollo y me estoy desviando del tema. La idea de la UDS consistía en llevar los estudios a la gente y evitar que la gente tuviera que llegar a la ciudad, porque la ciudad, desde la perspectiva local, genera confusión, codicia y corrupción. Sólo con dicha mentalidad podía entenderse que de un lugar como ése emanara la música que tuve la suerte de apreciar.

Mientras esperaba en Wa, algunos jóvenes se encontraban de exámenes. Me paseé entre ellos, y comprobé que los pupitres se hallaban en el porche del edificio y en el patio. No pude averiguar por qué estaban ahí, pero es muy probable que las últimas lluvias hubieran destrozado los tejados, dejando las aulas inservibles.

De pronto, reparé en una música especial. Se filtraba por las ventanas altas de un edificio que parecía un almacén. La resonancia era imperfecta, con los ecos de un auditorio de hormigón y uralita. Pese a mi interés, tardé en reconocerla.

¿Ich will hier bei dir stephen? ¿Bach? ¿En Wa?

Enseguida pude comprobar que aquello no era una grabación. El coro, de no más de diez voces, se detuvo bruscamente. Alguien habló en inglés. Acto seguido, la interpretación se reanudó con más fuerza, y la nasalidad de las últimas notas quedó corregida.

Ya ven qué extravagancia más formidable. En el aire, un pasaje de La pasión según San Mateo interpretado en un almacén. A mi espalda, la sabana, inclemente, y a su modo, bulliciosa. Bestias del cuaternario. Cigarras sobrealimentadas, actuando como un novedoso bajo. Y sobreponiéndose a ese fondo silvestre, voces jóvenes, haciéndose con la música y la letra de una composición magistral.

De alguna manera, los componentes del coro se las habían apañado para seguir fonéticamente el alemán. El ritmo también era más lento que el canónico, pero la magia de aquel sonido era inefable. Créanme: aunque quise aplaudir, me contuve.

Más tarde, el vicerrector me explicó que uno de los profesores, de los que habían vuelto tras años de estudios en Europa (supongo que en Inglaterra), era muy aficionado a la música culta y se había empeñado en transmitir no sólo sus conocimientos, sino su melomanía. La UDS no podía darle gran respaldo, más allá del tiempo necesario para organizar la actividad y un sintetizador Korg, procedente de un donativo.

Describiendo la doctrina que imperaba en el campus, el vicerrector me comentó los efectos de aquella iniciativa. “Apoyo actividades musicales como ésta con la esperanza de que ensanchen el espíritu de nuestra juventud, y así produzcan mejores ciudadanos”.

Ahora pienso que no lo decía con mucho convencimiento. Digámoslo de este modo: si bien el rector creía en los efectos benéficos de un coro o una orquesta estudiantil, su desgaste en aquella lucha era evidente, y lo más natural es que frunciera el ceño con preocupación.

Diez alumnos y un maestro no cambian una universidad ni sumen a un país en una ensoñación optimista, pero suponen el comienzo de un itinerario prometedor. Al fin y al cabo, quién sabe qué lograrán el profesor melómano o los esforzados músicos de la Orquesta Sinfónica.

Mientras imagino un futuro propicio, recuerdo que aquella estancia en Ghana −conradiana en muchos sentidos− cambió mi forma de interpretar la realidad africana. Tal vez porque, con todas sus crisis, contradicciones y retrocesos, estos países buscan respuesta a preguntas que aquí ya hemos olvidado.

Imagen superior

La piedra mística, Larabanga (Ghana) © Javier Sánchez Ventero. Reservados todos los derechos.

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