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| Música clásica en África |
| Una mirada al pasado |
| Manifestaciones folclóricas |
| Música, pobreza y desarrollo |
| Beneficios sociales del clasicismo |
| Todas las páginas |

Hablar de música culta en zonas donde escasea lo más elemental parece una incongruencia, y sin embargo, puede que las próximas líneas demuestren que ambos conceptos −la práctica orquestal y el avance de una sociedad− no son excluyentes ni se limitan a la retórica de los utopistas sociales. Hay otros escenarios con los que podría ilustrar este planteamiento, pero hablaré del país africano que mejor conozco, Ghana, adonde llegué como director de operaciones en proyectos de cooperación internacional.
Asumo que, en estos tiempos, es toda una curiosidad hallar en Ghana a un conjunto de profesores interpretando música de Mozart. A decir verdad, ignoro cuántas orquestas sinfónicas hay en África. Ojalá fueran más. Es importante subrayar, por ejemplo, que Suráfrica dispone de algunas agrupaciones significativas. La Orquesta Nacional Sinfónica de Suráfrica acumula cierto prestigio, al igual que la Orquesta Filarmónica de KwaZuluNatal, cuyo concierto inaugural en el Pietermaritzburg City Hall, el 22 de octubre de 1983, fue todo un acontecimiento para los melómanos sureños. En ese catálogo −improvisado, y por consiguiente, repleto de lagunas− no me olvido de la Joven Orquesta Filarmónica de El Cabo, y tampoco de la Orquesta Nacional de la República Democrática del Congo, tan inesperada en su circunstancia política.
Con razón se ha sugerido que, por su irregular discografía y la medianía de sus giras, tales formaciones adquieren un rasgo esforzado y admirable. Como si su empeño estuviera acosado por infinidad de problemas, y por ello fuera más acuciante su protección.
A esa misma categoría, heterodoxa y problemática, pertenece la Orquesta Nacional Sinfónica de Ghana. Su fundador, el líder independentista Kwame Nkrumah, divulgó el sincretismo como filosofía aglutinante. A su modo de ver, el repertorio occidental y los ritmos y melodías locales podían hallar un punto de encuentro. También le interesaba difundir los hallazgos de los escasos compositores africanos que ahondan en las complejidades del pentagrama. Todo ello se ceñía a su programa político: panafricanista, socialista y volcado en el desarrollo cultural del continente. No andan desencaminados, como se ve, aquellos que ven a Nkrumah como una suerte de padre de la patria ghanesa.
Para tristeza de sus profesores, la orquesta no obtuvo la necesaria financiación, y llegó a permanecer casi ocho años sin director titular. Algo similar, desde luego, hubiera sido impensable en un conjunto europeo. Cuando en 2004 Lahnor A. Adjei asumió el cargo de director artístico, la esperanza era poca, y los fondos, aún más escasos.
Nadie niega que dicha agrupación despierta simpatías entre los ciudadanos mejor formados de Accra, pero su futuro depende de un dinero que no termina de llegar. A este drama le añado una obviedad y es que, en este margen de actuación, la ayuda internacional es bien recibida −volveré sobre este tema−, y de hecho, la cooperación alemana permitió que se renovara parte de los instrumentos de la orquesta. En esto, como en todo, tiene su importancia la amistad (Al hilo de ese donativo, conviene recordar que existe una gran colonia ghanesa en Alemania).
No obstante, promover la música culta en Ghana no es tarea fácil. Para empezar, el gusto por el repertorio clásico compite con una rica tradición folclórica, mucho mejor asentada. Y además, cualquier intento divulgativo requiere una fina comprensión de la actitud ghanesa frente a las instituciones, los negocios y las iniciativas de intercambio.
Teniendo en cuenta esos factores en discordia, me propongo iniciar aquí un relato, a ratos digresivo −espero que el lector sepa disculparme por ello−, de mi experiencia en ese país. Como se verá, es éste un cuento en el que se entremezclan las viejas costumbres, el bullicio, las casualidades, y desde luego, la música.
Una mirada al pasado
Africa me enseñó paciencia. Un tipo de paciencia muy especial, que tal vez me vuelva a ser útil en el futuro. En cualquier caso, parece obvio que allí hay muchas razones para aprenderla.
La paciencia africana es un símbolo de respeto. Del respeto que quien espera muestra a quien le hace esperar. Así, cuanto más importante es la persona a la que aguardamos más se hará de rogar. Nadie que se precie nos recibirá inmediatamente. Sin esa certeza, el europeo de Blackberry en mano iniciará una posible reunión de negocios molesto e indignado, y el sitio al que quiere llegar le costará más (en esfuerzo y en otras magnitudes). Por el contrario, quien nos quiera homenajear nos recibirá inmediatamente. Saldrá de su despacho para recibirnos e insistirá en entrar el último. Situará a su huésped en el mejor lugar, y se disculpará mil veces por tener que sentarse al otro lado de la mesa, al no haber sitio en ningún otro lugar.
¿Y qué tiene que ver esta peculiaridad antropológica con lo musical? Ya les comenté que el atril de la Sinfónica estuvo vacío por un largo tiempo. El ritmo, también en ese terreno, tiende a la dilación. En cierto modo, la música ghanesa del siglo XX parece un ir y venir de visitantes que aguardan su momento, y finalmente se instalan en la melodía colectiva. Vean de qué les hablo: dicen los folcloristas que el género predilecto durante el periodo colonial era una mezcla, a partes desiguales, de música para bandas, himnos cristianos, ashiko de Sierra Leona y dagomba liberiano.
Dicho sincretismo tiene su explicación histórica. Ghana fue la primera colonia africana que logró su independencia, hecho que sucedió en 1957. Hasta ese momento, fue regida por los británicos, que compusieron sus límites a base de conquistar y comprar tierras. Algunos territorios de Ghana fueron antes portugueses o franceses. A principios del siglo XX, éste ya se podía interpretar como un país completo, al que llamaban Gold Coast, que era el nombre de la región desde tiempos inmemoriales.
La moderna designación de Ghana se adopta en los años de la independencia, y proviene de un gran imperio que floreció entre los siglos III a.C. y VIII d.C. Aquella Ghana legendaria se encontraba a unas quinientas millas al este de la actual, y ocupaba zonas que ahora forman parte de Malí, Senegal y Mauritania. Dicho de otro modo: no tenía nada o casi nada que ver con la joven nación, pero el uso de un nombre con prestigio en las crónicas era una forma de obtener una Historia, y lo que es más importante, de cohesionar a un país que no tenía una verdadera conciencia patriótica (Como casi ninguna colonia africana en aquellos días, por otra parte).
¿Quieren otra equivalencia sonora? Entonces les hablaré del highlife, un estilo popular que aquí me sirve de símbolo cultural. Surgido en la década de 1920, su fundamento era la música festiva que interpretaban las bandas militares nativas. En porfía con el ritmo autóctono, el highlife se tiñó con la contundencia del kpanlogo, y aquella música ligera hizo disfrutar a las clases populares, sobre todo a quienes pertenecían a la etnia Fante. Con el tiempo, lo que había sido música de germanías se trocó en ritmo nacional.
Interpretado con guitarras, y repleto de adornos provenientes del jazz y el swing, el highlife tuvo su apogeo en tiempos de la independencia. De hecho, suele repetirse que funcionaba a modo de himno presidencial, y es casi seguro que aquello agradó a Kwame Nkrumah. Claro que con esta música sucede algo similar a lo que ocurre con el sistema político local: libertad y tradición se solapan sin un criterio definitivo.
Aunque delata una propensión democrática heredada de la presencia sajona, el Gobierno de Ghana respeta la organización vernácula de las grandes regiones que componen el país. Esto quiere decir que se acepta la existencia y convivencia de unos cinco grandes reyes y unos trescientos o cuatrocientos jefes. Incluso existe una Casa de los Jefes que interviene en cuestiones políticas y disputas internas, y cuyo criterio se tiene en cuenta a la hora de tomar ciertas decisiones estatales.
Ello incide en la vida tribal. Y asimismo en un pequeño impuesto de paso que los diversos monarcas recaudan a los automóviles de carga que pasan por sus tierras. Diez céntimos de cedi por vehículo. Lo cual es mucho menos que una miseria, incluso para un ghanés…
Como pueden observar, no se trata de un Estado sangrado por cientos de reyezuelos. El palacio del rey de Wechiau −doy fe de ello− es ligeramente más grande que el salón y el dormitorio de mi casa. Pero tengo que reconocer que es muy llamativo y original en el entorno donde se encuentra.
Dentro de ese austero equilibrio de poderes, el highlife funciona como una música de concordia, abierta a las mezclas. Algo hay de ello en la vida del país. La estabilidad de Ghana y la bonanza económica que ésta le proporciona han diluido los conflictos tribales más intensos, que podrían haber tomado un cariz distinto en condiciones económicas desfavorables. Aún más: éstas podrían haberse tomado como excusa para lanzar una nueva guerra de codicia, como el resto de las que asolan la región. De otra parte, es ya habitual el litigio entre los Fante (que cooperaron con los colonizadores) y los Ashanti. O más bien entre los Fante y el resto de las tribus. Lo cual, dicho sea de pasada, también tiene un correlato musical.
Manifestaciones folclóricas
La historia que ahora voy a contarles sucedió frente al hotel Golden Tulip, de Accra. Me encontraba allí en el desempeño de la actividad que los cabilderos, los jugadores de ventaja y los directores de proyectos de cooperación internacional cumplimos habitualmente en los lobbys. En mi caso, también me estaba desalojando, porque el proyecto que nos llevó hasta Ghana tenía su punto de destino en las regiones del norte. El caso es que en el hotel festejaban a dos huéspedes ilustres: Lula da Silva, por entonces en viaje oficial, y el presidente J.A. Koufour. Cerca de nosotros, los jefes de seguridad de ambos mandatarios intercambiaban cromos (curiosamente, ambos hablaban en portugués).
Pero no le dediqué mucha atención a ese diálogo. Me distraía un grupo folclórico que, inevitablemente, retenía la memoria de Sowah Mensah, aquel etnomusicólogo y percusionista que, además de prestar su arte a la Sinfónica de Ghana y a otras orquestas africanas, formó un ensemble prestigioso y modélico: Sankofa.
En este caso, el ensemble que atraía nuestra atención lucía un nombre muy poco sugerente: Africa Traditional Dancers. Ni que decir tiene que la importancia de la visita oficial iba en consonancia con el interés del aquel espectáculo.
Los músicos de un ensemble ghanés son una mezcla entre intérprete y atleta. Además de lograr que su armonía innata se transmita a través de un instrumento de características irregulares, las exigencias de ese arte ancestral demandan resistencia y fortaleza. En este caso, los ejecutantes aguardaron a lo largo de una hora a sus homenajeados −¿recuerdan mi reflexión sobre la paciencia?−, y debo reconocer que en el transcurso de ese tiempo fueron incansables. Cuando no estaban tañendo sus artefactos sonoros, se relevaban para danzar de un modo sumamente sugestivo.
El espectáculo era un muestrario del folclore local, y permitía al lego conocer los instrumentos típicos del país. Entre los habituales, citaré el yembé, la trompeta tradicional y el balafón o incuso balafonte. Ninguno de ellos puede considerarse específicamente ghanés. De acuerdo con el sincretismo que ya mencioné, todos ellos proceden de distintas regiones de África Occidental.
Si hay algún instrumento que represente al territorio con todas sus tonalidades, éste es el yembé, cuyas diversas variantes permiten tocarlo sentado, entrecruzando las piernas a su alrededor; medio erguido, sujetándolo entre las rodillas; y de pie, utilizando una sola mano y recogiéndolo con el brazo opuesto.
El balafón es una especie de xilófono imperfecto que reproduce una escala dórica. Lo construyen en madera; de hecho, en casi cualquier madera. En Ghana, la abundancia de ébano y de acacia hace que se fabriquen algunos a modo de souvenir, para satisfacer esa poco intuitiva necesidad humana de materializar nuestras memorias en un objeto.
En más de un sentido, este xilófono tiene una sonoridad muy especial. A pesar de un aspecto frágil, emite un sonido que se eleva por encima del potente latido de cuatro yembés. Su melodía discontinua evoca una naturaleza acuática. Se dice que, por vía poética, el yembé es el sonido de la guerra y el balafón, el de la poesía recitada en el vano de una cascada.
Escuchar a aquel ensemble fue revelador, y me descubrió la riqueza sonora de Ghana. Acompañando a los instrumentos, y no al revés, un coro femenino interpretaba sus canciones en lengua twi. No había solistas, y su nasalidad recordaba la de las voces búlgaras. Los hombres no intervenían, excepto para aullar o fingir súbitos ladridos, al estilo de una haka maorí. Imposible no evocar los cantos de ida y vuelta: aquellos aires me recordaron el origen de las músicas de toda Afroamérica, sobre todo las del norte de Brasil y el Caribe.
Entonces aún no lo sabía, pero esa fuerte identidad de los conjuntos tradicionales no era, ni mucho menos, la última sorpresa musical de mi estancia en Ghana.
Música, pobreza y desarrollo
Las ciudades como Accra, afeadas por la suciedad, resultan impersonales, monótonas y peligrosas. Hace décadas, guiados por el discurso políticamente correcto, debíamos decir que estas características eran responsabilidad de nuestra herencia colonial: un modelo de sociedad portador de ambición y de corruptelas. En la actualidad, tales componentes se han vuelto estructurales, y están profundamente arraigados en la sociedad local. Por desgracia, esto último no es discutible. En todo caso, el debate comienza cuando nos planteamos qué hacer para ayudar a países en la situación de Ghana. Y créanme, la donación de violines para su agrupación sinfónica no es la prioridad más acuciante, aunque no discuto la oportunidad de dicho gesto.
Salir de Accra es complicado a cualquier hora del día. No hay muchas carreteras y las que hay están llenas. Además, para viajar al norte es inevitable pasar por Kumasi, que es la segunda ciudad del país, por lo que la carretera es una pesadilla. O una nueva lección de paciencia.
La salida de Kumasi está adornada por un desfile imposible de piezas de reparación de automóviles. En realidad, es un mercadillo de apariencia improvisada, pero que se extiende a lo largo de cinco kilómetros por la carretera. Por todas partes hay gente husmeando entre miles de parachoques, volantes, llantas, puertas... El trueque es el sistema económico que allá impera. Como una peculiar banda sonora, se oyen voces, cantinelas y otros ecos del bullicio que se suman al trajín metálico.
¿Qué sentido tiene la música clásica −al cabo, un placer refinado− en un escenario de tanto deterioro y desolación? Pienso en programas tan loables como el de Joven Orquesta Filarmónica de El Cabo, cuyos integrantes provienen de zonas desfavorecidas. A través de cursos y talleres, los niños descubren la música y una posibilidad de progreso. Por otro lado, esto sirve para que la orquesta arraigue como institución, alejada de prejuicios elitistas. Obviamente, la situación es distinta en Sudáfrica, y por eso no esperaba hallar una experiencia similar en lo más recóndito de la geografía ghanesa.
Beneficios sociales del clasicismo
A decir verdad, sentí que mi auténtico viaje empezaba tras las montañas que acotan ese torbellino urbano e impersonal. En algunos tramos de la carretera, al menor descuido del mantenimiento, la exuberancia tropical se apoderaba del asfalto. La oscuridad iba tragándose poco a poco la jungla, y también mi atención. Mis últimos esfuerzos por mantener una charla fracasaron entre cortas cabezadas.
Cuando desperté, la noche era oscura y cerrada. De pronto, una sucesión de destellos azulados se abrió paso en el cielo. Aquello era una típica tormenta en la sabana, que primero nos cautivó por su belleza y luego nos atrapó con una pluviosa ferocidad.
Desde Tamale nos dirigimos hacia Wa, en el extremo más noroccidental del país. Pequeñas chozas de adobe y cañas se asomaban entre las acacias. Cruzamos Larabanga y dejamos atrás dos misterios de los que se trata en los cánticos locales: la mezquita voladora y la piedra mística.
Nuestro proyecto consistía en la construcción y equipamiento de tres edificios para la University for Development Studies, con sede principal en Tamale. El campus se extiende por todo el norte del país y abarca diversas ciudades: desde Navrongo hasta Wa. Los estudios fundamentales de la UDS se basan en el desarrollo agrario, tanto en lo que concierne a técnicas de cultivo como de producción. En consonancia con esa especialidad, cada uno de los futuros edificios debía incorporar aulas informáticas, una sala de audiovisuales y uno o dos laboratorios de química agraria.
Alrededor de ese centro, caminos y carreteras se llenaban de niños, en una especie de éxodo que los conducía desde el hogar hasta la escuela o la universidad. He visto esto en otros lugares: en Marruecos, Ecuador, Perú… Los chicos recorren kilómetros, y lo hacen porque tanto ellos como sus padres saben que sin educación jamás serán ciudadanos. Es penoso comprobar que ese empeño, demasiadas veces, acaba perdiendo fuerza. La duda es obvia: ¿en qué punto del sendero que los lleva a la vida adulta se corta ese entusiasmo por la cultura?
La emigración se convierte en necesidad imperiosa, y por un camino oblicuo, tiene un efecto en la música. No me refiero tan solo a los profesores de la Sinfónica formados en el exterior. Hablo también de los intérpretes de highlife que descubrieron esa música en los barrios pobres de Londres o Berlín. No en vano, desde Alemania llega el llamado burgher highlife, y desde Estados Unidos, el hiplife, que entusiasma a los jóvenes por su equívoca modernidad. En cierto sentido, esta mescolanza no es muy distinta a la que se dio en otro tiempo en Ghana gracias a los coros protestantes o a las bandas militares que improvisaban un foxtrot o una rumba. Piezas ligeras que, por lo demás, no hubieran desentonado en el repertorio de Eric Coates, Trevor Duncan o Frederic Curzon
Pero hablábamos de desarrollo y me estoy desviando del tema. La idea de la UDS consistía en llevar los estudios a la gente y evitar que la gente tuviera que llegar a la ciudad, porque la ciudad, desde la perspectiva local, genera confusión, codicia y corrupción. Sólo con dicha mentalidad podía entenderse que de un lugar como ése emanara la música que tuve la suerte de apreciar.
Mientras esperaba en Wa, algunos jóvenes se encontraban de exámenes. Me paseé entre ellos, y comprobé que los pupitres se hallaban en el porche del edificio y en el patio. No pude averiguar por qué estaban ahí, pero es muy probable que las últimas lluvias hubieran destrozado los tejados, dejando las aulas inservibles.
De pronto, reparé en una música especial. Se filtraba por las ventanas altas de un edificio que parecía un almacén. La resonancia era imperfecta, con los ecos de un auditorio de hormigón y uralita. Pese a mi interés, tardé en reconocerla.
¿Ich will hier bei dir stephen? ¿Bach? ¿En Wa?
Enseguida pude comprobar que aquello no era una grabación. El coro, de no más de diez voces, se detuvo bruscamente. Alguien habló en inglés. Acto seguido, la interpretación se reanudó con más fuerza, y la nasalidad de las últimas notas quedó corregida.
Ya ven qué extravagancia más formidable. En el aire, un pasaje de La pasión según San Mateo interpretado en un almacén. A mi espalda, la sabana, inclemente, y a su modo, bulliciosa. Bestias del cuaternario. Cigarras sobrealimentadas, actuando como un novedoso bajo. Y sobreponiéndose a ese fondo silvestre, voces jóvenes, haciéndose con la música y la letra de una composición magistral.
De alguna manera, los componentes del coro se las habían apañado para seguir fonéticamente el alemán. El ritmo también era más lento que el canónico, pero la magia de aquel sonido era inefable. Créanme: aunque quise aplaudir, me contuve.
Más tarde, el vicerrector me explicó que uno de los profesores, de los que habían vuelto tras años de estudios en Europa (supongo que en Inglaterra), era muy aficionado a la música culta y se había empeñado en transmitir no sólo sus conocimientos, sino su melomanía. La UDS no podía darle gran respaldo, más allá del tiempo necesario para organizar la actividad y un sintetizador Korg, procedente de un donativo.
Describiendo la doctrina que imperaba en el campus, el vicerrector me comentó los efectos de aquella iniciativa. “Apoyo actividades musicales como ésta con la esperanza de que ensanchen el espíritu de nuestra juventud, y así produzcan mejores ciudadanos”.
Ahora pienso que no lo decía con mucho convencimiento. Digámoslo de este modo: si bien el rector creía en los efectos benéficos de un coro o una orquesta estudiantil, su desgaste en aquella lucha era evidente, y lo más natural es que frunciera el ceño con preocupación.
Diez alumnos y un maestro no cambian una universidad ni sumen a un país en una ensoñación optimista, pero suponen el comienzo de un itinerario prometedor. Al fin y al cabo, quién sabe qué lograrán el profesor melómano o los esforzados músicos de la Orquesta Sinfónica.
Mientras imagino un futuro propicio, recuerdo que aquella estancia en Ghana −conradiana en muchos sentidos− cambió mi forma de interpretar la realidad africana. Tal vez porque, con todas sus crisis, contradicciones y retrocesos, estos países buscan respuesta a preguntas que aquí ya hemos olvidado.
Imagen superior
La piedra mística, Larabanga (Ghana) © Javier Sánchez Ventero. Reservados todos los derechos.
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