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Una mirada al pasado
Africa me enseñó paciencia. Un tipo de paciencia muy especial, que tal vez me vuelva a ser útil en el futuro. En cualquier caso, parece obvio que allí hay muchas razones para aprenderla.
La paciencia africana es un símbolo de respeto. Del respeto que quien espera muestra a quien le hace esperar. Así, cuanto más importante es la persona a la que aguardamos más se hará de rogar. Nadie que se precie nos recibirá inmediatamente. Sin esa certeza, el europeo de Blackberry en mano iniciará una posible reunión de negocios molesto e indignado, y el sitio al que quiere llegar le costará más (en esfuerzo y en otras magnitudes). Por el contrario, quien nos quiera homenajear nos recibirá inmediatamente. Saldrá de su despacho para recibirnos e insistirá en entrar el último. Situará a su huésped en el mejor lugar, y se disculpará mil veces por tener que sentarse al otro lado de la mesa, al no haber sitio en ningún otro lugar.
¿Y qué tiene que ver esta peculiaridad antropológica con lo musical? Ya les comenté que el atril de la Sinfónica estuvo vacío por un largo tiempo. El ritmo, también en ese terreno, tiende a la dilación. En cierto modo, la música ghanesa del siglo XX parece un ir y venir de visitantes que aguardan su momento, y finalmente se instalan en la melodía colectiva. Vean de qué les hablo: dicen los folcloristas que el género predilecto durante el periodo colonial era una mezcla, a partes desiguales, de música para bandas, himnos cristianos, ashiko de Sierra Leona y dagomba liberiano.
Dicho sincretismo tiene su explicación histórica. Ghana fue la primera colonia africana que logró su independencia, hecho que sucedió en 1957. Hasta ese momento, fue regida por los británicos, que compusieron sus límites a base de conquistar y comprar tierras. Algunos territorios de Ghana fueron antes portugueses o franceses. A principios del siglo XX, éste ya se podía interpretar como un país completo, al que llamaban Gold Coast, que era el nombre de la región desde tiempos inmemoriales.
La moderna designación de Ghana se adopta en los años de la independencia, y proviene de un gran imperio que floreció entre los siglos III a.C. y VIII d.C. Aquella Ghana legendaria se encontraba a unas quinientas millas al este de la actual, y ocupaba zonas que ahora forman parte de Malí, Senegal y Mauritania. Dicho de otro modo: no tenía nada o casi nada que ver con la joven nación, pero el uso de un nombre con prestigio en las crónicas era una forma de obtener una Historia, y lo que es más importante, de cohesionar a un país que no tenía una verdadera conciencia patriótica (Como casi ninguna colonia africana en aquellos días, por otra parte).
¿Quieren otra equivalencia sonora? Entonces les hablaré del highlife, un estilo popular que aquí me sirve de símbolo cultural. Surgido en la década de 1920, su fundamento era la música festiva que interpretaban las bandas militares nativas. En porfía con el ritmo autóctono, el highlife se tiñó con la contundencia del kpanlogo, y aquella música ligera hizo disfrutar a las clases populares, sobre todo a quienes pertenecían a la etnia Fante. Con el tiempo, lo que había sido música de germanías se trocó en ritmo nacional.
Interpretado con guitarras, y repleto de adornos provenientes del jazz y el swing, el highlife tuvo su apogeo en tiempos de la independencia. De hecho, suele repetirse que funcionaba a modo de himno presidencial, y es casi seguro que aquello agradó a Kwame Nkrumah. Claro que con esta música sucede algo similar a lo que ocurre con el sistema político local: libertad y tradición se solapan sin un criterio definitivo.
Aunque delata una propensión democrática heredada de la presencia sajona, el Gobierno de Ghana respeta la organización vernácula de las grandes regiones que componen el país. Esto quiere decir que se acepta la existencia y convivencia de unos cinco grandes reyes y unos trescientos o cuatrocientos jefes. Incluso existe una Casa de los Jefes que interviene en cuestiones políticas y disputas internas, y cuyo criterio se tiene en cuenta a la hora de tomar ciertas decisiones estatales.
Ello incide en la vida tribal. Y asimismo en un pequeño impuesto de paso que los diversos monarcas recaudan a los automóviles de carga que pasan por sus tierras. Diez céntimos de cedi por vehículo. Lo cual es mucho menos que una miseria, incluso para un ghanés…
Como pueden observar, no se trata de un Estado sangrado por cientos de reyezuelos. El palacio del rey de Wechiau −doy fe de ello− es ligeramente más grande que el salón y el dormitorio de mi casa. Pero tengo que reconocer que es muy llamativo y original en el entorno donde se encuentra.
Dentro de ese austero equilibrio de poderes, el highlife funciona como una música de concordia, abierta a las mezclas. Algo hay de ello en la vida del país. La estabilidad de Ghana y la bonanza económica que ésta le proporciona han diluido los conflictos tribales más intensos, que podrían haber tomado un cariz distinto en condiciones económicas desfavorables. Aún más: éstas podrían haberse tomado como excusa para lanzar una nueva guerra de codicia, como el resto de las que asolan la región. De otra parte, es ya habitual el litigio entre los Fante (que cooperaron con los colonizadores) y los Ashanti. O más bien entre los Fante y el resto de las tribus. Lo cual, dicho sea de pasada, también tiene un correlato musical.







































































