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| Música clásica en Irán e Irak |
| El pacto fáustico y otras indecisiones |
| Duelo a la antigua |
| La guerra de los hojalateros |
| Historias de clérigos y simuladores |
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En apariencia, la música culta desempeña sólo un papel minúsculo en la tragedia de Irán e Irak. La piedra de toque en su enemistad es de otro orden, y queda al alcance de una explicación histórica −la lucha territorial entre acadios y babilonios, entre árabes y persas− y religiosa −el asalto musulmán al imperio sasánida y las cíclicas fricciones entre suníes y chiíes−. Con todo, a los músicos les corresponde representar ese violento choque, y convertirlo en un territorio de exploración y conquista poética.
Hay quien resiste al viento de la locura, celebra hazañas surrealistas o –según la fórmula empleada por Marcel Raymond− comprueba durante el periodo de terror la firmeza de la voluntad humana. Otros, en cambio, se contagian de entusiasmo guerrero y, sin perder la cara, lo aceptan como fuente de inspiración.
Como veremos, existen ejemplos de ambas tendencias a lo largo de las tres últimas décadas.
Al primer nivel pertenece el iraní Loris Tjeknavorian, quien escapa del tira y afloja con un cosmopolitismo natural, propio de su linaje armenio. En el segundo camino encontramos a su compatriota Shahin Farhat, cuya décima sinfonía, Mártires (2006), glorifica a quienes cayeron defendiendo a su país frente a las tropas iraquíes.
¿Requerimiento de los clérigos? ¿O simple exceso de patriotismo? En todo caso, no es casual que Farhit, ligado a la Organización para la Diseminación de la Doctrina Islámica, recuerde 1979 como un año memorable.
Fue entonces cuando el Sha abandonó su trono y Jomeini llegó a Teherán. Cuando hablamos de la resaca fundamentalista, queremos decir que en Farhat hay un muecín; un muecín que recuerda con los ojos encendidos la verdad del Profeta −dicho con sus palabras: “Si Bach compuso a la gloria de los santos cristianos, ¿por qué no he de hacer lo mismo con los héroes del Islam?”−. A un tiempo, sin contradicción, el compositor describe sus años de estudio en la Sorbona, en Estrasburgo y en Nueva York, sus nostalgias de la música radif , y también su nacionalismo, exacerbado por un vecino que le hace rechinar los dientes.
Proximidad obliga: también el infame Saddam Hussein llegó a la presidencia en 1979, y un año después, en septiembre, declaró esa guerra que desangró a iraquíes e iraníes a lo largo de casi una década.
De aquí deriva un punto de no inferior importancia, y es que el fracaso definitivo de la estabilidad en la región suscita una apología de la muerte. La estadística nos convence de ello: un millón de cadáveres en el frente, sumados a los quinientos mil iraquíes que perecieron por represalias y saqueos internos.
En definitiva, cifras de las que se deriva un impulso cainita de difícil manejo, tan combustible como un río de sebo.
Ni que decir tiene que la Guerra del Golfo (1990-1991) y su secuela invasora de 2003 han perjudicado en mayor grado a los músicos de Irak.
Pese a su costumbre de sortear rompientes, éstos se han visto sobrepasados por los acontecimientos −a la sangrienta dictadura baasista y a los efectos del embargo les sigue ahora la violencia desencadenada tras la ocupación−. Como es fácil de comprender, estos artistas a duras penas logran escurrirse de un escenario deplorable.
Por su parte, los compositores y las orquestas iraníes reciben las primeras bendiciones de su Gobierno, antaño desdeñoso e incluso hostil a la música clásica, y ahora convencido de que ésta puede comulgar con las ideas de los ayatolás. ¿Dónde buscar el truco? Por ejemplo, en la Sinfonía Nuclear (2007), ideada por Behzad Abdi a instancias del presidente Mahmoud Ahmadinejad, empeñado en buscar una justificación sonora para su programa atómico.
La noticia tiene su importancia, dado que la música tiene un encaje dificilísimo bajo el dominio de los islamistas.
Habida cuenta de que Abdi es un ortodoxo, parece inevitable interpretar bajo el mismo sesgo otro de sus proyectos: una suite dedicada a Jomeini, de cuya vida resalta dos periodos épicos y oscuros: la Revolución Islámica y la Sagrada Defensa contra Irak.







































































