
Schubert, Bernhard Paumgartner. Traducción de Belén Blas Álvarez, Alianza, Madrid, 1992, 225 páginas
La figura de Schubert se presta a la biografía novelada, a sus encantos y excesos: era pequeño, un poco chepa, se enamoró de adolescente de una muchacha que no le correspondió, luego permaneció en la lejanía célibe del artista, acaso murió de una sífilis contraída en alguna visita higiénica, valga la paradoja.
Era joven y talentoso, podía medirse con Beethoven sin rubor ni temeridad, sentía como un romántico y pensaba como un racionalista, nos dejó una de las obras más señeras de la música europea del XIX.
Paumgartner ha rechazado estas tentaciones y nos propone una biografía curricular del músico austríaco, situado en el período de la vida cultural germánica conocido como Vormarz: el tiempo que va desde la Restauración a la revolución liberal de 1830.
Así podemos saber de su formación y sus antecedentes, de su desarrollo como creador, siguiendo sus huellas a través de sus obras, sus desplazamientos y sus actuaciones. Es curioso ver que sus distintos momentos vitales se corresponden con preferencias genéricas.
Por momentos, es un autor sinfónico, a veces se entrega al piano, otras a la canción, hay ráfagas de música vocal religiosa y alguna excursión —no demasiado memorable— al escenario.
La carrera «exterior» de Schubert ofrece escaso margen de anécdotas. Hizo la vida modesta y austera de un maestro de escuela, no tuvo grandes pasiones eróticas, no participó en intrigas, no dejó huecos misteriosos donde anidar novelerías, era comedido y hasta descuidado en su aspecto visible.
Todo lo que hizo ocurrió en un universo interior, en el cual había cordilleras y jardines, desiertos y viajes siderales, recogimiento de sala solitaria y meditación cósmica.
Un ejemplo, descolorido y luminoso, de la «vida de artista», si por tal se entiende una profesionalidad sacerdotal.
Quien quiera recorrer con minucia y sin fatigante prolijidad el trabajo schubertiano, hallará en este libro todos los elementos que permitan acompañar la audición de sus piezas mayores y menores. Schubert hizo una obra.
No un capítulo en la historia de la música, ni una propuesta de cataclismo en el gusto y el lenguaje, como Berlioz o Wagner. Fue el maestro de capilla de una catedral. Eso sí: la catedral era suya y sólo suya, y lo sigue siendo, con una generosa promesa de inmortalidad.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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