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Turandot, la princesa hechizada - La hija de Turan

Índice de Artículos
Turandot, la princesa hechizada
Los enigmas son tres, la muerte una
La hija de Turan
Los mil y un días
La farsa de la mandrágora
Turandot y la chinoiserie
Todas las páginas

La hija de Turan

En las estepas del Asia Central, concretamente en la depresión del Turan, cabe buscar el origen de la princesa cruel. De hecho, el lector puede llevar su audacia al extremo de suponer que una auténtica Turandokht, hija de Turan, revelase en verdad sus misterios a quien fuese digno de ellos.

De otro modo, no se explica que su historia fuese transmitida con tanta insistencia y sin ultrajar su memoria, de padres a hijos, en torno a las hogueras de Turkmenistán y Kazajistán. Un mitólogo más atrevido podría explicar a qué simbolismo responde esta fábula primitiva. Pero sospecho que sus tesis podrían sonarnos, como mínimo, especulativas o improvisadas.

Es la pluma del persa Nizami (1141-1209) lo que realza esa figura femenina y recoge, negro sobre blanco, su primer avatar literario. A este poeta ilustre, cuyo nombre completo era Nezāmi-ye Ganjavī, por fuerza tenía que caerle en gracia la dama de los tres enigmas.

Adaptado al gusto y las necesidades del estilo Masnavi, el relato de Turandot pasó a incorporarse a la obra maestra de Nizami, el Khamse, compuesto por cinco libros. El quinto de ellos, datado en 1196, luce un título ensoñador, Haft Peykar. Esto es, Las siete bellezas.

A los curiosos les gustará saber que esas siete bellezas eran el privilegio del rey sasánida Bahram V, primogénito de Yazdegerd. Siete princesas que consultaban a distintos oráculos y procedían de diversos países.

De entre ellas, la que nos importa es Turandokht, una muchacha eslava que se ocultaba en una residencia fortificada. Como habrán imaginado, para conocer las íntimas propiedades de Turandokht, sus pretendientes debían ser maestros en el arte de la adivinanza.

Tradiciones de distinto cuño señalan la existencia de variantes del mismo relato. Sabemos ya de cuentos parecidos, que en época pretérita e imprecisa surgieron y se divulgaron desde diversos rincones de Asia. Uno de los más celebrados es de procedencia tibetana, pero conoció la fama en Japón.

Allá se conoce como La historia del cortador de bambú (Taketori monogatari) o La historia de la princesa KaguyaKaguya-hime no Monogatari). Dicen los folcloristas que adquirió la forma que hoy conocemos en el siglo X. ¿Su argumento? Una niña es descubierta por un campesino en el interior de un tronco de bambú. Cuando crece, ella indica que su tierra natal es la Capital de la Luna ( (Tsuki-no Miyako).

El padre adoptivo descubre oro en los brotes de bambú, y además se siente colmado de alegría cuando la chiquilla, de nombre Kaguya, se transforma en una bonita princesa. Nada menos que cinco príncipes aspiran a obtener su mano. Pero el recuerdo de su mágica ascendencia permanece muy vivo en ella. No se trata de un capricho, sino de una fatalidad: Kaguya rechaza a los hombres, y por eso los enfrenta a pruebas imposibles empleando su futuro amor como señuelo. Uno de los aspirantes perece en el empeño. Cuando es el emperador quien la desea, la princesa anuncia que debe retornar a su país celestial.

No es que me disguste buscar semejanzas, todo lo contrario. Pero ser prolijo en esta búsqueda me obligaría a desbrozar un ciclo casi inabordable de relatos populares.

Quedémonos, pues, con dos versiones del mismo cuento. La primera es bien fácil de localizar: figura en la traducción que hizo Richard Burton de las Mil y una noches (The Arabian Nights,1885), y lleva por título “The Linguist-Dame, the Duenna and the King's Son”. La segunda introduce una eficaz variante. Se trata de “La adivinanza” (“Das Rätsel”), uno de los relatos recopilados por los hermanos Grimm en sus Cuentos de niños y del hogar. Copio un fragmento a partir de la traducción de María Antonia Seijo Castroviejo. Tras vivir un par de peligrosas aventuras, el hijo de un rey y su escudero llegaron a una ciudad donde vivía una princesa, “hermosa pero engreída, que había dado a conocer que aquel que le planteara una adivinanza que ella no pudiera resolver, se convertiría en su esposo; pero si la acertaba, tendría que dejarse cortar la cabeza. Se le daban tres días para reflexionar, pero ella era tan inteligente, que siempre acertaba, antes del tiempo dado, las adivinanzas planteadas. Así habían muerto ya nueve cuando llegó el hijo del rey, que cegado por su gran belleza, quiso poner su vida en juego”.



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