
Hay un antiguo paternalismo español, que podríamos calificar de carca y que consiste en pensar a Hispanoamérica como la eterna deudora filial de una madre patria igualmente eterna.
España sigue siendo, en esta perspectiva, el centro inmutable del mundo hispánico, nada menos que por derecho de conquista y fundación. Y los americanos son perpetuos americanitos, niños necesitados de cuidados maternales.
Pero hay otra manera, menos obvia pero igualmente radical, de paternalismo, que esta vez se puede calificar de progre. Se trata de ver en Hispanoamérica un continente de pobres que demandan como mendigos, a las puertas del mundo desarrollado, sus sobras y sus vergüenzas.
Este paternalismo necesita que los americanitos tampoco crezcan, que se mantengan en un escandaloso nivel de postración y miseria, para que los generosos y solidarios sujetos del Primer Mundo puedan denunciar con indignación ante sí mismos las lacras que pesan sobre los hermanos (mejor: hermanitos) de ultramar.
Es cierto que las bolsas de marginación y miseria de los países hispanoamericanos reclaman la ira, la tristeza y la sensatez cooperante.
También es cierto que contemplar el subcontinente como una unidad es erróneo: cada sociedad tiene problemas diversos y exige tratamientos igualmente matizados.
Generalizar y abstraer ayuda poco y nada a resolver. Y, por fin, también es cierto que no toda Hispanoamérica está por debajo del nivel de la civilización en cuanto a riqueza económica y cultural.
¿Es pobre la literatura de Borges, Octavio Paz, García Márquez o Neruda? ¿Deficiente la ciencia de Leloir, Houssay, Patarroyo o Milstein? ¿Subdesarrollada la música de Chávez, Ginastera o Villa-Lobos? ¿Ineficaz la pintura de Rivera, Portinari, Lam, Matta o Guayasamín? ¿Débil el diseño de Ambasz o Maldonado?
La España conquistadora y fundacional, con sus glorias y sus miserias, ha pasado a la historia. La otra España, igualmente protectora y materna, ha de pasar, seguramente.
Las relaciones entre España y el mundo hispano-hablante deben ser, más bien, de fraternidad, evitando otros incómodos lazos de familia.
La fraternidad surge de las facilidades que proporciona la comunidad lingüística. Ella habilita a España a entrar en un contacto inmediato y fluido con los americanos. No con los americanitos.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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