
Una de las tantas cosas imposibles que se plantea el lenguaje respecto a sus propios usos es una definición conceptual que permita distinguir, absolutamente, la izquierda y la derecha. Lo mismo ocurre con otros ilustres y manidos pares de conceptos: arriba y abajo, adelante y atrás, etc.
Sabemos que, a lo largo, el cuerpo humano se divide en mitades simétricas y que la izquierda se suele caracterizar porque allí se aloja el corazón, así como a la derecha suele estar el hígado. Pero esto no pasa de ser un indicio estadístico.
El corazón es el órgano metonímico del sentimiento, de lo cordial, que viene a ser lo cardíaco. Los franceses lo asocian con la memoria, que viene a ser lo histórico. El hígado filtra la sangre. Es posible que la lógica del cuerpo no se equivoque: la izquierda es apasionada y está por el cambio, o sea por la historia, que es, sobre todo, rememoración.
La derecha clasifica a la gente por la metonimia de su sangre: sangre azul, sangre gorda: clasismo. A su vez, izquierdo es lo siniestro: las izquierdas se preocupan por la parte miserable y desdichada de la vida social (enfermos, pobres, desvalidos), en tanto la derecha es la diestra, o sea la destreza, la habilidad: el buen hacer, el conducir, la eficacia.
Por fin, que la cosa no parece tener el consabido origen casual que se le atribuye, la anécdota de que los diputados girondinos llegaron antes a la Asamblea Nacional y ocuparon los bancos de la derecha, en tanto los jacobinos debieron situarse a la izquierda. Ya los románticos buscaron sentido al par siniestro recto y, en nuestros días, Emst Jünger ha vuelto sobre lo mismo.
El viejo soldado cree encontrar en la derecha el prestigio de lo “bueno” pero, por las mismas razones, cambiadas de sentido, se puede concluir lo contrario. Ahora mismo estoy recordando un precioso mitin del socialista Enrique Tierno Galván, en que pidió los votos para su candidatura a la alcaldía de Madrid invocando una figura de Nietzsche, nada menos (nada menos socialista que Nietzshe, quiero decir). Hombre de derecha es el que se despierta cada mañana pensando que el mundo continúa hacia la muerte. Hombre de izquierda es el que se despierta creyendo que el mundo acaba de empezar: la mañana es la aurora, la vida que se niega a la mecánica repetición.
Estas divagaciones previas se dirigen al tema (supuesto, claro está) de esta carta: las perplejidades de la izquierda española. Perplejidades que liquidó el PSOE, con la espectacular intervención de Felipe González en su XXVIII Congreso, en el cual renunció para retornar por el otro extremo del escenario y lograr que se quitara del programa toda referencia al marxismo.
Los socialistas alemanes, en la reunión de Bad Godesberg, ya habían adelantado la estrategia y, mas allá, estaba el ejemplo de la socialdemocracia sueca, que gobernaba en el país mas socializado del mundo, con una economía de mercado y un régimen político monárquico.
Los comunistas españoles tardaron en acusar el impacto. Santiago Carrillo inició el movimiento del eurocomunismo (con Marchais y Berlinguer) pero fue desplazado del PCE y debió asistir a la muerte del italiano y la restalinización del francés. El eurocomunismo parecía congelado, aunque, inocultablemente, se dibujaban en el movimiento comunista europeo dos líneas divergentes: la que ahora clarifica Achille Occhetto en Italia, y el modelo portugués de Álvaro Cunhal, impasible defensor de la historia y las tradiciones stalinistas.
Al margen, quedan los grupos de discusión puramente ideológica, sin apenas implantación social: troskistas, maoístas, anarquistas. Hay el terrorismo llamado de izquierdas pero, como ya mostró Octavio Paz hace años, no tiene nada que ver con Marx sino, muy por el contrario, con la herencia de Blanqui. A veces, se sintetiza con arcaicas místicas micronacionalistas, como en el caso español de la ETA.
La historia no lleva a ninguna parte, ni sus etapas son fatales, conclusas y sucesivas. No basta con prohibir la propiedad privada y eliminar a la burguesía para instaurar el socialismo. Ni siquiera, para acabar radicalmente con el capitalismo.
No se puede hacer madurar la historia desde el Estado revolucionario, puesto que la historia es historia de la sociedad, del tejido de relaciones sociales. Y este tejido, precisamente, es el que corta y no restaura el comunismo: simplemente lo reemplaza por una maquinaria burocrática de dominación, cuyo modelo es el ejército.
Paradójicamente, el desmantelamiento del socialismo marxista significa, en cierta medida, una vuelta a Marx, quiero decir: al Marx que veía en el capitalismo una necesidad histórica concreta, que debía desplegarse hasta agotar sus posibilidades de desarrollo en la trama de las fuerzas productivas.
Cuando éstas se volvieran incompatibles con el modo de producción, entonces se daría la necesidad objetiva de la revolución social, las condiciones de necesidad histórica para realizarla. Aquí es donde Marx introduce (¿a su pesar?) un elemento ideal en su razonamiento histórico: el sujeto de esa revolución, el proletariado revolucionario, también surgirá necesariamente de la crisis final del capitalismo.
Es decir: el capitalismo será tan genial, históricamente, que construirá la realidad de quien habrá de liquidarlo. Confiados en esta promesa providencialista, los comunistas se dedicaron a organizar el partido revolucionario, protagonista del curso necesario de la historia, y por ello, necesariamente único.
Hubo lo que un retórico llamaría “desplazamiento metonímico”: se empezó a hablar del Partido en lugar del Sujeto de la Historia, de modo que la historia del primero desplazó a la del segundo, a la historia misma, si se quiere.
Cuando se modificó el estudio de la historia en la URSS de Gorbachov, los estudiantes se quedaron sin planes de estudio y, en consecuencia, sin pasado. Esto les ocurre a muchos comunistas españoles en nuestros días. Se preguntan ¿qué historia hemos vivido? Y se aferran a la palabra mágica: comunismo.
¿Cómo explicarse, en efecto, que el sujeto de la revolución, el partido único, decida llamar al capital multinacional, fundar bolsas de valores, autorizar la emisión de cheques, admitir el cambio de divisas, dejar que haya periódicos de oposición y que la burguesía, grande - mediana - pequeña, ofrezca sus candidatos en las elecciones?
¿Cómo admitir políticas de estabilización, con caídas de salarios, reconversión de industrias y contingentes de trabajadores desempleados? ¿Cómo entender la intención de algunos PC de ingresar en la amarilla y reformista Segunda Internacional?
Ya que estamos reincidiendo en la retórica, invoquemos la paronomasia, la aliteración de la que abusan los malos poetas y que es restringido recurso de los buenos: ¿no será que la izquierda providencialista ha identificado la revolución con la revelación? Si para la dialéctica, la historia (la de cierto Hegel y la de cierto Marx) es una paulatina revelación del hombre a través de la práctica, para este providencialismo, la historia es súbita revelación de Dios en y a los hombres, por medio de un agente histórico privilegiado: la clase obrera revolucionaria.
Sin duda, estos izquierdistas afrontan, ahora, la muerte de Dios. Algunos, previéndola, han elegido el apocalipsis: si la historia no es capaz de realizar la revolución, destruyámosla por medio del terror. Otros, han huido al mundo de los buenos negocios. Quedan los perplejos, los que se preguntan: ¿no nos habremos equivocado de historia?
Por otra parte, si hay que tirar a la basura a Marx, lo mismo habrá que hacer con el resto de la historiografía decimonónica: Thiers, Guizot, Michelet, Treitschke, Ranke, Mommsen, hasta el mismísimo Menéndez Pelayo ¿y por qué no al general Mitre?
No sólo nos quedaríamos sin historiografía, sino radicalmente sin historia. Estamos en una época que, afortunadamente, reivindica los valores liberales, en tanto se los vuelve a reconocer como parte de nuestro folclore civilizado. Liberales son el laicismo de la vida, los derechos humanos anteriores al Estado, el pensamiento que no acepta, de antemano, más limitaciones que las fijadas o a fijar por él mismo. Pero, sobre todo, en lo que venimos diciendo, una visión plural y proliferante de la historia, donde no hay un destino universal, unitario, unilateral, único. Donde el otro me hace falta e integra mi identidad.
El otro, aunque sea Marx. Estas correcciones liberales a los abusos antiliberales de algunos neoliberales sedicentes me llevan a un par de temas que parecen marcar nuestro fin de siglo. Uno es el del final de la historia.
Ha triunfado el capitalismo de mercado, democrático y competitivo. Estos teóricos que ejemplifica Pedro Schwartz nos aseguran que viviremos en él por los siglos de los siglos. Tal conclusión apenas se sostiene.
Primero, porque el modelo de capitalismo que se diseña como “triunfante” ha sido muy modificado por fuerzas que no son las ciegas, circulares, cuantitativas y abstractas del puro mercado. Son fuerzas conscientes, agentes sociales, agrupaciones de políticos y sindicalistas que, por medio de luchas más que seculares, han logrado configurar un sistema de derechos y garantías para las clases trabajadoras, que el mercado consideraría meros instrumentos productivos, sustituibles por animales o maquinas.
Luego, el capitalismo hegemónico es un tipo de economía que sobrevive gracias a la innovación tecnológica y mal podríamos saber adónde nos conducirá ésta a la vuelta de medio siglo, por ejemplo. Marx y Stuart Mill no pudieron profetizar la electrónica, la robotización y la burocratización del capitalismo.
Menos podríamos nosotros hacer lo propio, habida cuenta de cuánto se ha acelerado el tiempo histórico que vivimos y que vivirán nuestros sucesores. No, nuestra historia no ha terminado. Mucho menos, la historia de los hambrientos, los enfermos crónicos y los iletrados de la periferia mundial. Y muchísimo menos, la historia de nuestros herederos.
El derrumbe del comunismo no es el fin de la historia ni el hallazgo del fundamento definitivo, la providencia revelada del acontecer histórico. Justamente, en sus mejores páginas, Popper nos ha enseñado a aceptar las verdades científicas como unas conclusiones que no alcanzan jamás un estatuto definitivo de tales, pues dejan de serlo cuando se las demuestra falsas, mal razonadas o incapaces de explicar una determinada zona de los hechos.
La ciencia popperiana no halla sino relevos relativos y provisorios en un camino, tal vez infinito, hacia la utopía histórica por excelencia: la Verdad. La caída del comunismo no invalida a Marx porque haya sido invocado por los comunistas, ni lo invalida porque muchos comunistas actuales se escabullen de su responsabilidad histórica diciendo que nunca tuvieron nada que ver con el comunismo “real”.
La caída del nazismo no arroja a Nietzsche a la basura, ni el ataque de Nietzsche a Wagner arroja a la basura la música de Wagner, ni el ataque de Wagner a la ópera italiana arroja a la basura la música de Verdi. Y así sucesivamente.
Marx existió hace más de un siglo. Obviamente, sus teorías, análisis y predicciones han de ser sometidos a un juicio histórico, según él mismo nos propuso hacerlo. Todo pensamiento es una representación imaginaria del mundo en un momento dado, por lo que obedece a múltiples condiciones históricas. Hay que desglosar cuánto de pasado y cuánto de presente tiene lo que nos dicen nuestros antecesores.
Cuanto de contingencia desdeñable y cuanto de necesidad histórica. En la grieta intermedia, pensarlos significa ejercer nuestra libertad. Esa libertad que nos señalaron los liberales y que parecen haber olvidado algunos neoliberales.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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