
Nuestra economía y nuestra guerra son mundiales. Podemos conocernos mejor y tenernos más en cuenta. Etcétera. En cuanto a la producción de libros, no cabe duda de que las técnicas industriales y de composición digital han abaratado el objeto y permitido una mayor difusión entre los consumidores de menores ingresos.
Hasta aquí, la virtud. Vamos al vicio. Las empresas editoriales, sometidas a la misma dinámica de internacionalización y concentración que los bancos, los fabricantes de automóviles o los diseñadores de modas, se incorporan a la llamada economía de escala, lo cual origina un fuerte desfase con lo que podría denominarse «público natural del libro».
En efecto, en relación con los compradores de lavarropas o zapatos, el público del libro es marginal y minoritario. No porque deba serlo sino, simplemente, porque lo es. Al crecer desmesuradamente y fusionarse de modo multinacional, las editoriales caen en la bibliorrea, en la producción abusiva de libros. Se dirigen a un público que no tiene hábitos de lectura y al que debe venderse una cosa con abstracción que es, además y antes que nada, un texto.
Los gastos fijos altos, las instalaciones costosas, las campañas de publicidad mediáticas, los sueldos de los ejecutivos en plan capitanes de industria, los almacenes, las redes distribuidoras, todo agregado a las cargas fiscales y sociales, exigen un volumen de ventas generoso y constante.
El libro que no entra en estos cálculos, desaparece del mercado y, en consecuencia, también desaparece del paisaje cultural. Por paradoja, el crecimiento de la industria editorial bloquea la circulación de esa cultura que «no vende» más de tantos o cuantos ejemplares por mes. Los libreros, acometidos por la avalancha bibliorreica, no tienen espacio para mostrar todas las novedades, ni almacenes capaces de guardar fondos, ni tiempo de enterarse en qué consisten las nuevas ofertas. A veces, ni los minutos imprescindibles para deshacer el paquete de envíos del distribuidor.
No sólo se ha deteriorado la relación autor-lector, obturada por el fabricante bibliorreico; también se ha deteriorado la relación lector-librero. En las grandes superficies, a menudo, el vendedor sabe tanto de libros como el gato de Hegel, de filosofía. ítem más: con creciente frecuencia, los Holdings editoriales ponen a la cabeza del aparato a personas que no sólo resultan ajenas al mundo del libro (léase: lectura) sino que ni siquiera conocen bien la lengua en que se escribe el producto a vender.
Así, un directivo de Nueva York da instrucciones a un subdirector de Londres que pasa la línea de producción a un ejecutivo alemán que maneja las sucursales de Madrid y Barcelona, para que finalmente el aficionado de Málaga o Arequipa se enfrente con la novedad en el escaparate fugaz de su librería habitual. Hay una universalidad de la literatura que, por paradoja, no se manifiesta en una lengua universal.
La literatura no tiene esperanto. Las literaturas son babélicas. Lo mejor que podemos hacer para acabar con ellas es proponer un esperanto de consumo universal -llámese folletín, thriller, canard á sensations, Trivialliteratur o como se prefiera que acabe de una buena vez con esa investigación de lo desconocido que es o ha sido el arte. Y si nuestra civilización decide prescindir de tan molesta e histórica carga, es bueno saberlo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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