
Pasó ya el equívoco alegrón que atrajo la caída del muro de Berlín. En verdad, poco tenía que ver el crack del stalinismo con las izquierdas democráticas de la Europa occidental, pero el abuso de la palabra socialismo, que no evitó emplear ni el mismo Hitler, parecía dañar a la vasta familia que algún día se juntó en los Frentes Populares de un tardío e ineficaz antifascismo.
En la Europa del Este, el inmediato balance de los regímenes de “izquierdas” no es muy alentador: guerras nacionales, peloteras religiosas, mafias burocráticas, escasez, mercado negro, atraso tecnológico, quebrantos a la ecología, campos de trabajo, etc. Ninguno de estos objetivos parecen ser ideales de la izquierdas, más bien todo lo contrario.
Ahora bien: si se toman los debidos recaudos de tiempo, digamos, un siglo y medio, no cabe sino concluir que el mundo ha girado a la izquierda. Para llegar a esta jubilosa conclusión (provisoria, lo admito, como toda conclusión racional) hay que rememorar cuáles fueron las reivindicaciones históricas de las izquierdas y evaluar qué proporción de ellas forman parte del actual folclore político del mundo.
Las izquierdas lucharon por Estados constitucionales, laicos, con un estatuto amplio de libertades públicas, por el sufragio universal y, mas tarde, por el código de los derechos laborales: jornada máxima, vacaciones pagadas, jubilaciones, indemnizaciones por accidentes de trabajo y desempleo, protección de la mujer y el menor que trabajan, viviendas sociales, etc.
No cuento el hecho de que el desarrollo tecnológico hace, en general, menos penoso y más higiénico cualquier trabajo. A quien se queje de la polución urbana le aconsejo consultar al fantasma de su abuelo para que le diga qué tal se picaban piedras a martillazos o se araba la tierra con un artefacto tirado por bueyes.
A ningún partido de derechas de nuestro mundo civilizado (con las excepciones de la extrema doctrinaria) se le ocurriría hoy proponernos un retorno al absolutismo monárquico o someternos a la censura eclesiástica de nuestros periódicos y libros, abolir los institutos de previsión o justificar el despido de una obrera por embarazo.
Los sindicalistas no van a la cárcel por convocar huelgas ni las feministas se exponen a una paliza policial por pedir el sufragio para las mujeres.
Este triunfo de los valores de izquierda en toda la línea es, quizás, uno de los factores de decepción de las modernas izquierdas. Lo han logrado casi todo y lo que no han logrado es, normalmente indeseable. Por ejemplo: la economía estatalizada no promueve el desarrollo de las fuerzas productivas, como quería el socialismo clásico, sino que las paraliza.
Disminuye la productividad y se estanca el despliegue tecnológico.
Digámoslo con truculencia: es reaccionaria.
Tampoco nuestras economías de mercado, en las cuales el Estado suele manejar la mitad de la riqueza social, son estrictamente “libres”, en el sentido de impredecibles y caóticas.
John Galbraith ha mostrado que la moderna economía industrial es la más dotada de pronósticos, planes y previsiones. Lo que ocurre es que lograr algo deseado es dejar de desear y la caída de la libido respecto a los objetos, que eso suele ser la depresión, nos postra en un estado de inercia melancólica.
El mundo ya no es lo que era, hay menos que obtener y menos que desear. En los desfiles callejeros de las izquierdas ya no hay siervos de la gleba que se reúnen para la lucha final. No hay siervos ni hay lucha. Hay, como siempre, un mundo histórico a medio hacer. Bien, pero ¿cuál es la mitad inacabada?
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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