
No hay una sola misión de la crítica sino varias. Los intentos de definirla con un rostro único pueden resultar interesantes si quienes los llevan a cabo son originales, pero nunca serán válidos en su intención totalizadora.
La crítica es deudora de un texto, o de varios, que se suponen originales; toda crítica es una tarea, en este sentido, secundaria, pero si se analiza más despacio no tardamos en darnos cuenta de que ese aspecto secundario es esencial y por lo tanto sólo lo es en el sentido ordinal de la palabra: lo que viene en segundo lugar, pero no lo que resulta prescindible.
La crítica es un momento de la lectura, salvo que repitamos el texto literalmente. Una vez acabada la lectura, o si levantamos la cabeza del libro por un instante, nuestra imaginación se pone a razonar y relaciona esas páginas con otras, tal vez de otra lengua y de un período histórico muy distante. O bien proyectamos sobre ese texto otro paralelo. Ese momento de distancia pero también de visión, es crítico y sin él el lector sería una mera continuidad del texto.
Hay, o es necesaria, la fusión, ese en el que el texto se hace carne, pero tan importante como esta encarnación de la letra es el momento en que nos retiramos y valoramos, con otro lenguaje, lo que antes ha sido revelado en una determinada forma. Un libro -un cuento, por ejemplo- puede hablar de una realidad no verbal, digamos que del desenvolvimiento de ciertos animales en el campo; pero la crítica siempre tiene como referente forzado otras palabras.
Aunque éstas designen una realidad no verbal, la crítica literaria se alimenta de otras palabras, sólo que lo que en el cuento es (tiempo narrativo, presencia), en la crítica es prioritariamente concepto. La indicación de que ese hipotético cuento puede tener un referente no verbal no soportaría un análisis muy profundo, porque toda literatura viene, sobre todo, de la literatura.
Por muy «inmediata» que sea, si de verdad es una obra verbal, tendrá que tener una historia literaria, aunque sea para apartarse de ésta. Y en cuanto a la crítica, incluso la más conceptuosa, siendo verdadera, acabará por tener valor por sí misma, constituyéndose como original.
Es verdad que todos los grandes críticos, desde Sainte-Beuve a Eliot y de Valéry a Paz, pasando por Jean-Pierre Richard, Blanchot, Barthes y Steiner, son un acicate para leer o releer ciertos libros, movimientos y períodos literarios, pero no es menos verdad que podemos leer sus mejores obras críticas como literatura, como forma. Nunca ha habido tanta crítica como en nuestro siglo, y probablemente mucho más en la segunda mitad de éste; pero generalmente se olvida que toda crítica, si ha de servir realmente de puente a la obra, debe a su vez constituirse en obra y no en residuo verbal.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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