
La diferencia entre un texto moral y un texto artístico es que éste último resulta moral, es moral a consecuencia de ser otra cosa. Por eso no debe exigirse al artista una moralidad previa, un código de predisposiciones morales.
El arte es elección, porque toda forma es limitadora y conformadora, si cabe el pleonasmo. Elegir es suprimir, es ejercitar la libertad, que es negatívidad. Determinarse es negarse.
Ahora bien: ¿puede calcular un artista el efecto moral de su obra entre sujetos distintos, diversos lugares y épocas? Radicalmente, no: el arte es ejercicio de la libertad conformadora y es apelación a la libertad del otro.
Si el artista tiene calculado el efecto ético de su trabajo, entonces está sometiendo al receptor de su obra, tachándolo como libre.
Otro tema de aquella polémica fue la risa. Apostillo algunas distinciones.
Hay una risa participativa y otra risa distanciadora. En general, nos reímos porque advertimos que una norma ha sido infringida, que nuestra expectativa de normalidad se ve frustrada por algo imprevisto.
El carnaval, que altera los roles sociales, aunque sea por tiempo y espacio limitados, es la apoteosis social de la risa. Reír es, en cierto sentido, como soñar. Bergson y Freud se han preocupado jugando con esta similitud entre dos situaciones provocadas por el aflojamiento de nuestras censuras.
Al reírnos y al soñar nos disponemos a aceptar cualquier anomalía, en una suerte de fiesta terrible donde lo ilegal es ley. Más hacia el fondo, hacia el inalcanzable fondo, la risa es algo muy serio.
Lo anómalo puede darnos miedo y hacernos reír histéricamente. Y hasta se puede uno morir de risa. Para Baudelaire, la facultad humana de reírse prueba la condición caída del hombre.
Es el reverso del dolor que inflige la pérdida del Paraíso. Satán, el perverso Satán, nos hace las malignas cosquillas que nos provocan la risa.
El placer de transgredir que causa la broma nos devuelve, pues, a lo más paradisíaco que conocemos: la infancia.
La inventamos constantemente y, de nuevo, Freud nos insinúa que nos reímos como los niños que nunca fuimos.
No podemos volver al Paraíso, porque éste sólo existe como perdido. Pero, a cambio, podemos marchar hacia un limbo donde la vida no ha sido aún afectada por la intervención de la consciencia y la noción del tiempo como historia.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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