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Teologías

William_rembrandt

Marzo de 1991. Presencio un debate entre Fernando Sánchez Dragó y Gonzalo Puente Ojea. Dragó es un escritor que obtuvo, hacia 1978, enorme notoriedad con un libro que apuntaba ser la historia mágica de España, Gárgoris y Habidis. Cuatro tomos en una caja de cartón y un precio exorbitante no impidieron, tal vez al contrario, que se convirtiera en un best seller. Luego hubo de reeditarse en versión reducida, como epítome.

Dragó se fue transformando en reportero y en 1990 se le concedió el accésit al Premio Planeta, con lo cual volvió a un supuesto lugar en el mundillo literario. Puente Ojea es un escritor de origen católico, pasado al marxismo, que se desempeñó como embajador ante el Vaticano durante un lapso del gobierno socialista.

La Santa Sede le retiró el plácet y debió marcharse, no sin escándalo. Alejado del PSOE aunque no de su carrera diplomática, está ahora cerca de la coalición Izquierda Unida, cuyo núcleo es el antiguo PC español.

Dragó fue un número del comunismo durante los años cincuenta, en plena agitación universitaria. Luego se dijo anarquista y reivindicó la magia de las religiones orientales para oponerse al catolicismo oficial.

Más tarde, se convirtió públicamente en católico y se casó con una rica heredera. Su discurso actual tiene una bestia negra, que es el capital financiero. Lo enfrenta desde el catolicismo como quien lucha contra el becerro de oro, el hedonismo y la competitividad.

La democracia es su mera máscara y Europa, su sublimación retórica. En rigor, Dragó no ha hecho sino reformular sus viejos argumentos de Gárgoris y Habidis: España es radicalmente diferente de Europa en tanto refugio de la magia contra la lógica.

El máximo error de nuestra civilización es haber dado crédito al racionalismo de las Luces y no haber conservado el tesoro legendario de trasgos y meigas, así como la liturgia mozárabe anulada por la Iglesia oficial.

Ahora, el tema es la destrucción ecológica, que Dragó describe como un pleito mítico entre la civilización machista y la Madre Tierra, llamada Gea o Gaya. Estamos matando a nuestra madre común, luego de haberla violado incestuosamente.

Dragó apela a Jung pero me resuena al Julio Verne de La invasión del mar y Viaje al centro de la Tierra. Siempre me ha parecido que Dragó era un agente doble y que su juego era una doble mascarada: reivindicar la diferencia española cuando estábamos en plena transición, tratando de “parecernos” a Europa, atacar la razón cartesiana desde la locura quijotesca, preponderar el conjuro sobre el razonamiento, me “ha olido siempre a chamusquina”, sobre todo a esa quemazón que surge de las hogueras inquisitoriales.

Nadie ignora que el mundo contemporáneo tiene problemas ecológicos y de reparto alimenticio, pero a pocos se les ocurre pensar que han de resolverse volviendo a una economía de subsistencia que sólo daría para comer a quinientos millones de seres humanos.

La solución no consiste en huir, con miedo infantil, hacia las certezas del pasado, sino en diseñar alguna salida que invada al porvenir.

No ocuparse de las causas, del por qué, del dónde vienen las cosas, sino ahondar en su ser, quedarse extasiados ante su esencia, negar la historicidad del hombre, desvalorizar radicalmente su experiencia común en el tiempo, nos llevan a la contemplación del instante absoluto, buena para la creación estética, pero fatal para la administración de la sociedad, como no sea en comunidades ínfimas que no quieren cambiar nada de su constitución, sino conservar, con mineral dureza, las tradiciones de un pretérito idéntico al presente y al futuro, o sea históricamente muerto.

Una sociedad gobernada por chamanes que administran a los fantasmas ancestrales. Esta ha sido siempre la posición Ahora se acentúa el aire desolado del casticismo reaccionario español: España es distinta, igual sólo a sí misma, y la empresa de los españoles es unirse en torno a esa inmóvil y momificada distinción.

El maquillaje de Dragó –el anarquismo de otrora, el ecologismo católico de estos días- no alcanza a disimular la vieja mueca inmovilista. Por otra parte, culpar al capital financiero (no al inmobiliario ni al industrial) de todos los males de la civilización, ha sido siempre una muletilla de los fascismos, que poco distan de identificar dinero con judaísmo, masonería, incredulidad liberal y laicismo.

Puente Ojea se ha dedicado, en minuciosos y sesudos libros, a hacer la crítica de la religión positiva, o sea de las maneras que ha adoptado el clero para inmiscuirse con el poder secular, dirigirlo, pactar con él y aprovecharse del carácter estatal de la religión dominante.

Queda una cáscara de poder y, dentro, una colección de mentiras que la ciencia denuncia como falacias a la luz de razonamientos y experimentación. La crítica a la religión que efectuaron los ilustrados y los positivistas.

Era curioso observar el aspecto de los contrincantes. Dragó, simpaticón y hablador, vestido a la moda, intentaba defender la austeridad arcaica de las culturas primitivas frente a la sofisticación de nuestra vida industrializada, sin titubear en calificar de “satánica” a la televisión, de la que tanto (ab)usa.

Puente Ojea, en cambio, afirmando las virtudes del progreso, exhibía su rostro ascético y su indumentaria clásica, un tanto anticuada, de buen funcionario.

No pude menos que recordar la magnífica escena flobertiana en que el cura y el boticario librepensador discuten sobre la muerte ante el cadáver de Emma Bovary, esa bella mujer que se está pudriendo, inmediata y enigmática como la vida (muerte) misma.

El charlatanismo del predicador aldeano y lo enteco del universitario se daban de coces en el escenario de la imagen. Puente Ojea atacaba a la teología y todo intento de sacralizar el poder, definiendo al Estado, con soportes religiosos, como la Ciudad de Dios en la Tierra, según la promesa mesiánica (y frustrada) de Cristo. A veces se decía ateo y, otras, agnóstico.

Esta confusión de matices me sorprendió en hombre de verbo tan preciso y afilado. No es lo mismo proclamar la omnipotencia de la razón y decir que no existe Dios, que aceptar la impotencia de la razón ante ciertos fenómenos y declarar valioso el ignorabimus.

La razón, en efecto (y Kant lo supo de sobra) tiene sus propias opacidades, sus propios recursos al mero hecho, hasta sus misterios. Lo más racional es saber y, por consecuencia, cuando cabe, decir “no sé”.

Indeliberada, la vieja teología católica reapareció en el discurso de Puente Ojea. Se dijo marxista, así nomás, marxista de la escuela marxista. Reivindicó la totalidad y el universo como una unidad homogénea.

Hay un solo universo y está formado de partes comparables, sin fisuras y sin hiatos, como explica Leibniz según su curioso “principio de Arlequín”: el Emperador de la Luna está vestido de sucesivos ropajes, los unos iguales a los otros. Su destape es una sucesión de mismidades.

Cierto marxismo positivista lo que ha hecho es traducir a términos de ciencia histórica la antigua suma de los escolásticos. Marx, en este sentido, fue el último y más ambicioso de los tomistas y neoaristotélicos, que intentaron sustituir a Dios por la providencia de la historia, empujando el tiempo de los hombres por los caminos de la necesidad que estudia la ciencia.

La historia se convirtió en la nueva Ciudad de Dios. El partido revolucionario, en clero. La clase superior (el proletariado consciente de su misión histórica), en Mesías. No habéis llorado en vano, mártires del poder, el comunismo os redimirá de una vez para todas.

El debate, planteado como una contienda entre la teología y la razón, se convirtió en un choque de teologías, que recordó las peloteras de krausistas e integristas católicos a fines del siglo XIX. En definitiva, se trataba de saber cual era el cristianismo auténtico y cuál, el otro, el perverso y luciferino.

En efecto, cuando la razón critica todo pero no se autocritica, cuando siempre juzga desde la tarima del tribunal pero no baja a la silla del procesado, se sacraliza y se convierte en ese Dios que había intentado quitar del juego.

Todo lo ilumina, menos a ella misma, que permanece en la sacra oscuridad a la que sólo se llega por la luz negra de la revelación. Dragó intentaba convencernos de que hay un Dios providente, padre infinito, que nos consuela de todas las desazones de la vida.

Puente Ojea trataba de sacarlo de la viñeta para colocar en su lugar a la ciencia, tal que puede probar la inexistencia del alma y de la inmortalidad, por ejemplo.

Lo que la ciencia no sabe, no existe: esto asegura al hombre en su isla de racionalidad. La ciencia del siglo XIX era, en efecto, un todo continuo y totalizador, pero desde Einstein y Heisenberg, por ejemplo, sabemos que sólo sabe de cosas que pueden ser y que parte de sus conocimientos hacen a objetos indeterminados.

No se trata de llegar a la verdad por miedo del razonamiento científico, sino de instaurar unas convicciones relacionadas con otras, que pueden ser derogadas, en su caso, por convicciones mas aceptables.

Por momentos, las figuras de los contrincantes se borraban y aparecían en su lugar Menéndez Pelayo y Giner de los Ríos.

Pensé, una vez más, en lo hondo que sigue calando, en el imaginario español, la herencia católica, personificada en el predicador que ofrece explicaciones unitarias y universales a todas las cosas, las existentes y las inexistentes, las reales y las irreales.

Dragó ensayaba mostrar que el mundo es, ha sido y será igualmente misterioso. Por tanto, es inútil que busquemos y rebusquemos en las creencias epocales, que el tiempo trae y se lleva con igual devoción por lo efímero.

A Dios nada le importan los puntos de vista de los hombres, pues, en su seno, todas las contradicciones se resuelven y todas las parcialidades se confunden en la perfección de la unidad. Borges lo ha evocado en un cuento donde dos teólogos se matan por algo que a su Creador se la trae al fresco.

Es cierto que el mundo es misterioso. Quizá siempre ha de serlo. No menos cierto es que este misterio nos resulta insoportable e intentamos avanzar en su tiniebla, con las luces de que disponemos. Por eso somos animales racionales. También es cierto que el misterio nos atrae y nos atemoriza.

Cuando ensayamos apoderarnos de él, confundirnos con su excitante penumbra, creamos unos dioses que luego nos recrean y así sucesivamente, o al revés, que viene a ser lo mismo. Por eso somos animales religiosos. Que el poder haya manipulado la razón y lo religioso que forman parte de nuestra identidad humana, no deroga ni a la razón ni a lo religioso.

La ciencia nos ha llevado a la bomba de neutrones ¿Habremos de cerrar los laboratorios? La religión de Estado nos ha llevado a las guerras de exterminio ¿Habremos de quemar las iglesias, con los curas adentro y sin previo aviso?

Los discutidores peleaban por lo absoluto. Temí que la palabra cesara y se agarraran a tortazos, que es lo propio de los absolutismos.

Finalmente, decidieron elogiarse como individuos aunque rechazaran de plano el discurso del otro. Sus palabras eran impenetrables las unas a las otras, como sucede en una mala noche de amor. Pero no se dieron de hostias, aunque lo religioso del asunto lo sugería.

Pensé, finalmente, que la historia, tan llena de vanidades, no pasa en vano y que hemos llegado a ese grado exquisito de indiferencia que llamamos tolerancia.

A esa hora, seguramente, algún comunicado de radio Bagdad llamaba a la guerra santa y algún funcionario de Washington recordaba que los norteamericanos son portadores del destino manifiesto.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras por cortesía de su autor. Reservados todos los derechos.


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