
En los contextos de muchos ideólogos comunistas ha desaparecido el adjetivo “formal” o “burguesa” cuando se habla de la democracia. Parece ser que ésta se ha limpiado sus vicios nativos, el haber sido una superestructura para que la clase dominante capitalista dirimiera sus diferencias en amables discusiones de club y parlamento.
La democracia, a secas, ha vuelto a ser un valor absoluto para mucha gente de izquierda, como en los comienzos del socialismo, que se vinculan a la profundización de la experiencia democrática europea y americana del siglo XIX.
Y así vamos, mojados hasta los huesos por el diluvio de la crisis, hacia el siglo XXI, ése que editó el libro de Ludolfo Paramio (Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo).
Recomiendo su lectura y no haré su recensión. Simplemente, al hilo de sus muchas e inteligentes sugestiones, haré una divagación epistolar, a la manera de esas “cartas eruditas” que se escribían cuando los humanos teníamos la costumbre precisa de escribir cartas. La erudición, lo digo a fuer de obvio, es prestada.
Paramio propone (y demuestra que se impone) una autocrítica de las izquierdas, que ha de partir de una consideración mayor: derogar, de una buena vez, todo criterio mesiánico y redentorista, en suma: religioso, cuando se trata de la izquierda. Profanizarla de modo definitivo y radical. Hacer del marxismo un campo laico de reflexión sobre la historia y la sociedad, en el cual nadie juegue con la carta ganadora en la manga.
Si los socialistas saben, de antemano, que la historia les dará la razón, si el socialismo es una suerte de participación mística (o mágica) en la providencia que encauza el destino humano, mal podremos actualizarlo, en cada etapa del tiempo, como se hace buenamente con los paradigmas de la ciencia.
Los dogmas no se actualizan. Dios es siempre Uno y Trino, la Concepción de María es y será siempre lo que fue, inmaculada. Aquí se abre un legado de ambivalencia que arrastra el marxismo desde sus orígenes. Marx propuso, en un sentido de su discurso, una lectura materialista de la historia.
Esto significa que la historia tiene su propio espesor, su propia materialidad, su productividad propia. Los hombres la hacemos y ella nos hace, la deshacemos y nos deshace. No hay en ello nada de fatalidad natural ni de revelación mesiánica.
El mundo no existe para el socialismo, sino éste para aquél, según la feliz y flamante fórmula de Agnès Heller. Si queremos ahondar un poco más: la historia tiene un futuro pero es imprevisible. El socialismo no integra el elenco de su necesidad. Es contingente. Llegaremos o no hasta él.
o hay fuerza de la naturaleza ni dioses propicios que nos aseguren la preexistencia de la meta. Pero Marx no siempre estuvo claro en este respecto y de su ambigüedad ha surgido una religión marxista que vuelve a sus textos canónicos como a la semiótica sagrada de la historia.
Es como si nos autorizáramos en la palabra de un padre que no permite que lo heredemos. Nuestra palabra (fórmula tan manejada por la prensa comunista) es la palabra del hijo desheredado por el padre terrible. Para profanizar el marxismo hay que aceptar que se trata de un sistema incompleto o que ni siquiera es un sistema, sino una gavilla de propuestas para pensar el cambio histórico como una transformación inespecífica, que no diseña el camino hacia un fin que existe de antemano en la necesidad de los tiempos.
Este marxismo es, tal vez, el que entró en crisis en la década del setenta. El otro, el marxismo laico, vive en crisis, porque toda concepción profana de la vida está, por principio, sujeta a revisión y reformulación, es un discurso abierto como la historia misma.
Un marxismo religioso, en cambio, se postula como corpus doctrinal exterior a la historia, materia de concilios y de fórmulas infalibles como las del papado romano. Por lo tanto: las herejías, apostasías, santificaciones, martirios y cuerpos gloriosos que vencen en las batallas de este mundo más allá de la muerte.
Todo fenómeno humano tiene un componente religioso y es difícil pensar un mundo sin dioses. Otra cosa es que el aparato mismo de la razón histórica sea una promesa de redención, en que el futuro es el tesoro de las emancipaciones, mientras la actualidad es un invariable infierno de alienación y error. Y otra cosa peor es hacer del marxismo la religión leninista del Estado, como ocurrió en los países del Este, en que se creó, de nuevo, la oposición entre el Estado y la sociedad civil, como en tiempos del absolutismo.
En la teoría marxiana de la revolución hay un elemento milagroso, tan poco científico como la teoría marxiana del valor: la aparición del proletariado revolucionario.
De buenas a primeras, aparece una clase que es exterior al sistema capitalista y cuya misión es acabar con la sociedad de clases. Una clase que nada tiene que perder con el cambio, salvo sus cadenas de esclavitud.
ómo genera la historia un sujeto mesiánico que no surge de la necesidad de su propio proceso, es un misterio glorioso del marxismo místico. Es como la aparición del Mesías en un disimulado pesebre de Belén. Esta arrogancia salvadora ha llevado a gran parte del socialismo a no cuestionarse sus grandes fracasos históricos de este siglo.
No poder evitar la guerra mundial de 1914 por carecer de alternativa a la política imperial de las grandes potencias. Dividirse y enfrentarse sin advertir la montante del nazismo. No plantear una política de crisis divergente del liberismo clásico (no confundir con liberalismo) ante la recesión de 1969 o 1973.
Sin contar con los inconvenientes insalvables de la economía comunista, incapaz de solventar un desarrollo sostenido a mediano plazo, tras una etapa de industrialización forzada y militar a corto plazo, lo cual convierte a los países del Este en dependientes del capitalismo desarrollado en términos financieros y tecnológicos.
Los senderos ideológicos por los que ha discurrido la religión marxista han sido varios. Se ha planteado como radical anticapitalismo, como una suerte de milenarismo fundamentalista, enemigo de origen de la sociedad capitalista, olvidando que su mayor apologeta fue el historiador Carlos Marx. o ha acudido al franciscanismo, proclamando que los pueblos pobres y atrasados (concepción fascista de la división mundial del trabajo) iban a replantear la revolución que habían abandonado los proletariados de los países industriales.
Nació el tercermundismo, cuyo sesgo teológico se pone de manifiesto en la teoría foquista de Ernesto Guevara y en la teología de la liberación, según las cuales la revolución no nace de la maduración de la historia, sino de la decisión voluntaria y genial de un jefe guerrillero que planta cara a los ejércitos imperiales.
Como se ve, la mística marxista ha planteado los dos extremos de su contradicción: si obedece a su tentación providencialista, se condena a la pasividad, espera confortablemente en su casa que llegue la hora propicia de la revolución. Si cede a su encanto voluntarista y genial, se ciega ante las condiciones históricas y se embarca en la aventura.
Si alguien replantea los principios, entonces acude a la autoridad de los patriarcas. Si Marx volviera de la tumba, se escandalizaría de ver ciertas cosas.
ste fundamentalismo bloquea la actividad de la izquierda, reduciéndola a testigo indignado de la maldad histórica, que conserva sus manos limpias para el momento oportuno. Es lógico que si Marx viviera, etc., pero lo que es ilógico es que Marx viva y no se lo piense como una criatura histórica, anclada en su tiempo y relativizado por él.
Ningún fundamentalista se plantea lo extraño que sería para cualquiera de nosotros despertarnos, a bocajarro, en el mundo de 1880, sin aviones, ni computadores, ni un modesto lavarropas.
La oposición ha derivado en subcultura y la resistencia reivindicativa a la explotación capitalista, en tomas de posición meramente reactivas. Esto ha llevado a la izquierda a convertirse en una opción negativa y, por lo mismo, pasiva, en suma: indeseable, ante la crisis de estas décadas.
En una Europa en que aumentaba la desocupación y caían los salarios, los partidos comunistas han perdido votos en picada, demostrando ser escasamente atractivos para las masas despavoridas y amenazadas por la oscuridad de un futuro con cada vez menos puestos de trabajo.
La falta de alternativas es la que llevó a la derrota a las izquierdas ante la guerra mundial, el nazismo y la recesión, inmovilizándolas en discusiones de familia, en las cuales lo importante no era el enemigo común, sino el hereje cercano.
El extremo nihilista de esta impotencia es un retorno al individualismo anárquico, que proclama los valores de la destrucción: destruirse para adentro en el consumo de drogas duras o destruirse hacia afuera en la práctica terrorista.
Toni Negri retorna al anarquismo español del siglo XIX, que duró heroicamente hasta la guerra civil: un movimiento religioso que representaba a las masas campesinas bruscamente arrancadas de su medio y arrojadas al infierno urbano, al que nunca terminaron de adaptarse.
Paramio urge, pues, la construcción de una izquierda alternativa. Para ello, propone renunciar a toda filosofía de la historia de carácter global que explique el conjunto del desarrollo de las sociedades con una clave inmutable y única, y proclame la necesidad histórica del socialismo como resultado de la “naturaleza de las cosas.”
o necesario del socialismo no viene dado por la voluntad oculta de la historia, sino que ha de conseguirse. Surgirá de una elección de las mayorías, cuando decidan que el socialismo es moralmente superior al despiadado capitalismo de competencia y aniquilación que amenaza hegemonizarnos desde la alternativa thatcherista.
Quitándole su carácter providencial y necesario, queda el socialismo reconvertido en alternativa factible, sin planteamientos radicalmente anticapitalistas ni idolatría del Estado.
Un socialismo protagonizado por la sociedad civil, que plantee una creciente participación en los distintos campos de la vida social, y que se convierta en el vehículo de las reivindicaciones que ahora se pierden encauzadas en movimientos entusiastas pero socialmente difusos, como el pacifismo, el ecologismo y el feminismo.
Cabría agregar, aunque no lo haga Paramio, los movimientos juveniles y de las minorías raciales y sexuales. La autocrítica ha de alcanzar también a la socialdemocracia, a su pobreza ideológica y a su excesivo pragmatismo, que la conduce, en ocasiones, a perder de vista el mediano plazo en favor del corto, el éxito inmediato que oculta la incertidumbre de largo alcance. La socialdemocracia arrastra otra frustración, con la honrosa excepción de los suecos, que mantuvieron su país en la paz, la neutralidad y un Estado de creciente bienestar solidario, en tanto el Welfare State de la posguerra quedó en manos de la derecha (De Gasperi, Churchill, De Gaulle, Adenauer, el tardofranquismo).
Si la izquierda no se convierte en alternativa, seguirá mirando la historia desde la tribuna de la impotencia, amarga y lúcida, pero paralítica. Las estadísticas electorales la irán reduciendo a un movimiento testimonial.
Sus sindicatos se convertirán en aparatos corporativos de defensa de puestos de trabajo y rentas salariales, en detrimento de una acción social de ancho alcance. Este socialismo de mercado parece animar a muchos europeos, desde Gorbachev hasta los comunistas italianos. Porque caminamos bajo el torrencial aguacero del diluvio. Y ya se sabe, en los diluvios cabe flotar y llegar al buen tiempo, o ahogarse.
Los socialistas no pueden hacer la elección de Noé, encerrarse en un arca como los elegidos de la historia. No tienen más remedio que imaginar una gran balsa de la Medusa para navegar a un futuro incierto pero necesario.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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