
Sólo un deliberado elogio de la austeridad y el rigor nos lleva a glosar una expresión popular de tan amplio uso como ésta de a palo seco. Así la define María Moliner en su Diccionario de uso del español (2.ª ed., Madrid, Gredos, 1998): «Solamente lo que se dice, sin nada accesorio, superfluo o adicional; particularmente referido a lo que se come o bebe». Puestos a elevar la metáfora, eso es, al cabo, lo que sugiere un palo seco; un sarmiento, desprovisto de jugos, quebradizo y carente de vida.
Claro que, visto por un momento a esta luz, el dicho puede ser interpretado equivocadamente, dado que éste no procede de esa imagen tan agostada y marchita, sino de las antiguas artes náuticas.
Leamos, para explicarlo, cómo define palo seco el Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia, reducido a un tomo para su más fácil uso (Madrid, Joaquín Ibarra, 1780): «El árbol de la embarcación cuando están recogidas las velas. Palus velis plicatis».
Otra fuente añosa, el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, de Esteban de Terreros y Pando (Madrid, Viuda de Ibarra, 1788), alude a ese palo que decimos seco, y que bien puede ser el palo mayor, el más alto del buque y que sostiene la vela principal.
Como es obvio, la cuestión también afecta al palo de mesana, al de trinquete y al de bauprés, pues todos ellos tienen su función en este juego de los vientos y de las mareas.
El árbol de la embarcación, tenga o no las velas plegadas, inspira esta frase popular: Que cada palo aguante su vela.
Dice otra edición del DRAE (Madrid, Imprenta de los Sres. Hernando y Compañía,1899) que esa es la expresión «con que se da a entender que cada uno debe sufrir lo que le corresponda o merezca».
Sentado ante un velador etimológico, Aniceto de Pagés exploró el asunto en el Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos (Barcelona, Fomento Comercial del Libro, 1925).
Dicho a su modo, un palo propio de la marinería es «cada uno de los maderos redondos y más gruesos por la parte inferior que por la superior, fijos en una embarcación, más o menos perpendicularmente a su quilla, a los cuales se agregan los masteleros; todos destinados a sostener las vergas, a que están unidas las velas, para comunicar al casco el impulso del tiempo».
Esta definición, que harían aún más interesante escritores como Joseph Conrad, Stevenson o Herman Melville, recuerda a Pagés una evocadora cita de J. Pérez Hervás: «Entre Joló y Sandakan aguantamos tres días a palo seco, pero la pericia del capitán malayo nos salvó».
Para finalizar, dejemos las conjeturas marineras —la perenne poesía de los barcos, de la cual habló Chesterton—, pues el DRAE, preciso y ajeno a novelerías, nos recuerda que, lejos de cualquier puerto, ya en la vecindad del secano, la expresión se refiere a ciertos actos o funciones en que se omiten adornos o complementos usuales.
Hagamos, pues, caso al dicho y concluyamos la glosa sin ornamentos de estilo. Con sobriedad, discreción y, por qué no repetirlo... a palo seco.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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