
Las palabras forman la vida y su doctrina esclarece nuestra historia. Pensemos en una voz de uso común, bazar, tan frecuentada en estos tiempos de mercadeo y consumo. Su procedencia, según aclara María Moliner en su Diccionario de uso del español (2.ª ed., Gredos, 1998), es persa: bazar. Por un lado, éste es el «nombre de los mercados orientales»; y también «se aplica a veces este nombre a una tienda grande en que se venden objetos de diversas clases».
Con objetividad menos serena y precisa, Raphael Bluteau, en su Diccionario castellano y portuguez para facilitar a los curiosos la noticia de la lengua latina, con el uso del vocabulario portuguez y latino (Lisboa, Pascoal da Sylva, 1721), decía que bazar es un «Término indio».
Por su parte, Vicente Salvá, autor del Nuevo diccionario de la lengua castellana, que comprende la última edición íntegra, muy rectificada y mejorada del publicado por la Academia Española, y unas veinte y seis mil voces, acepciones, frases y locuciones, entre ellas muchas americanas (París, Vicente Salvá, 1846) definía así el neologismo: «Reunión de muchas tiendas bajo de un mismo edificio o en una calle cubierta con cristales. En Oriente llaman bazares a todos los sitios destinados al tráfico y comercio, y de ahí se ha prohijado esta denominación».
Proporcionándole colorido literario, Aniceto de Pagés incluía en el Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos (Madrid, Sucesores de Rivanedeyra, 1902) una cita de Mesonero Romanos: «[...] cual fue el incendio de la famosa Alcaicería, especie de bazar de tiendas».
En una antigua edición del DRAE (Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1914) hallamos esta doble acepción: «En Oriente, mercado público o lugar destinado al comercio» y «Tienda en que se venden productos de varias industrias, comúnmente a precio fijo».
Dirigiéndose a quienes gozaban con el eufónico exotismo de la palabra, Elías Zerolo cifraba una estrecha correspondencia entre los bazares y la perdurable impresión de Oriente. Así, leemos en su Diccionario enciclopédico de la lengua castellana (París, Garnier Hermanos,1895):
«Los bazares más célebres de Persia son el de Ispahán que está constituido por muchos pequeños bazares unidos entre sí; el de Xiraz, que tiene 500 metros de largo y 12 de ancho, y el de Constantinopla que edificó Mahomet II en 1362».
Sin duda, la cosa viene de antiguo, o al menos eso dan a entender Henry Yule y Arthur C. Burnell en el apasionante Hobson-Jobson. The Anglo-Indian Dictionary (1886; reeditado en 1996 por Wordsworth Editions Ltd. a partir de la versión de 1902).
De acuerdo con esta fuente, en el sur de la India y Ceilán la palabra era usada para describir una tienda única, regentada por un nativo.
Esta inspiración indostaní pudo llegar incluso al genovés, pues F. Balducci Pegolotti, en su manual mercantil (c. 1340) alude —en el habla de Génova— al bazarra: el mercado.
Desde un punto de vista muy allegado, Ambrose Contarini habla de los bazares en 1474, y Josafat Barbaro hace lo propio en 1478. Imposible, pues, no pensar en la Ruta de la Seda y en los herederos de Marco Polo, siempre afines al temperamento de los mercaderes asiáticos.
Al fin y al cabo, esa es la vía por la que circuló, con naturalidad y gran brío, la bella palabra persa.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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