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Bibliofilia

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Para empezar, una advertencia, y es que, ante la imposibilidad de resumir por medio de tan escasas líneas lo singular de la bibliofilia desde el punto de vista histórico, recurro a un periodo concreto para caracterizar el fenómeno: la Revolución francesa.

En este sentido, explica Alberto Manguel que aquel ciclo político “intentó abolir la idea de que el pasado era propiedad de una sola clase social”. ¿Consecuencias de ello? Después de haber escanciado las luces de la Razón y suprimido los privilegios de la alta nobleza, reunir antigüedades no fue ya un recreo de los aristócratas sino un esparcimiento burgués.

De ahí que, tanto en el periodo napoleónico como en el republicano, la bibliofilia fuera contagiándose a placer entre los distintos niveles sociales, gracias en parte a los saqueos efectuados en las bibliotecas del clero y de los patricios que habían subido al cadalso. “Para finales del siglo XIX −escribe Manguel−, la exhibición de baratijas añejas, cuadros de antiguos maestros y libros en ediciones príncipe se había convertido para los europeos en un pasatiempo de moda”.

Ese gran movimiento coleccionista se enlaza estrechamente con el triunfal apogeo de los bibliófilos del siglo XX, a quienes dedica Francisco Mendoza Díaz-Maroto líneas de mucha enjundia. A su entender, hay en el bibliófilo un sello vehemente, pues cuajan en su ánimo aspiraciones y búsquedas, aparte de un hábito muy costoso, que es tanto como decir ilimitado en su ambición.

“Queda claro, pues −escribe Mendoza−, que para nosotros la bibliofilia no es una afición de tres al cuarto, sino una pasión desaforada, y el que no la sienta así no es merecedor del honroso título de bibliófilo. Si definiéramos la bibliofilia −que tiene mucho de religión− simplemente como amor a los libros, resultaría que casi todo el mundo sería bibliófilo, pues incluso las personas que no leen jamás dicen amar y valorar los libros”.

Justo es mencionar que, acaso como lazo de complicidad con los de su cofradía, este gran bibliófilo sistematiza el comentario y ordena las fuentes de inspiración de cada devoto, pues hay quien recopila manuscritos y quien prefiere los libros con dedicatoria de su escritor.

Sin descartar las especialidades mixtas, Mendoza distingue la búsqueda libresca de acuerdo con muy diversas inquietudes; de ese modo, el acopio de ejemplares cobra impulso y se ejecuta por autores, por difusión, por encuadernaciones, por épocas, por formatos, por los grabados interiores, por impresores, por lenguas, por lugares de edición, por materiales, por obras concretas, por su procedencia, por su carácter de títulos prohibidos o ejemplares expurgados por alguna de las diversas instituciones inquisitoriales, por su carácter popular, por su condición de efímeros, por su condición de primeras ediciones o de haberse publicado en vida del autor, por técnicas o incluso, más humildemente, por temas.

Aparte de ampliar y sondear los estratos de dicha gama, Mendoza se cuestiona si leen los bibliófilos. Ciertamente, la pregunta no es baladí. Cree Alfonso Reyes que el deleite de leer, cuando no existe un verdadero amor, disminuye conforme asciende la categoría de los lectores. Así, el polígrafo mexicano observa cómo al pueblo, la lectura se le vuelve vida. En cambio, el lector de medio pelo ya enturbia su gusto, pues recuerda los títulos de los libros. Luego viene el semiculto, el pedante con lecturas. “Ése −nos dice Reyes− se acuerda de autores, no de libros. Él ha leído ‘un Ferrero’ muy interesante y −¡claro! − ‘un Croce’ que no lo era tanto. Y que no le hablen a él de Gide donde está Henri Béraud, de Juan Ramón donde está Villaespesa”.

Poco después, añade que sin cierto olvido de la utilidad, los libros no podrían llegar a ser apreciados. Por eso, si el libro rechaza al lector impertinente, ha de quedar en el peor lugar “el mal bibliófilo, flor de las culturas manidas; el que sólo aprecia ya en los libros el nombre del editor, la fecha de la impresión, la justificación, el colofón, los datos de la tirada, el formato, la pasta y sus hierros, el ex libris, la clase del papel, la familia de tipos, etcétera. O acaso sabe el muy pícaro que la edición fue detenida a los tantos ejemplares para corregir una chistosa errata; y entonces hay que desvivirse en busca de un ejemplar con la errata, que es el bueno”.

De aquí nace la importancia de hallar un equilibrio entre el gusto por la lectura y la admiración de una hermosa impresión. Borges lo expresó en una frase muy divulgada: “No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector”.

Con fórmula tan gallarda, huelga decir que la intonsura de los ejemplares, obsesiva en no pocos coleccionistas (a eso llamamos bibliomanía), ocupa un lugar distinto en el catálogo de las preferencias y las debilidades. Por ello, aun participando en el mismo tipo de pesquisa por librerías y mercadillos, conviene antes creer firmemente en el dictado borgesiano que a continuación se cita:

“Un libro −escribe− es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”.

Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes


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