
El contraste de las interpretaciones sutiles, atentas al matiz, con las maniqueas, triviales y ceñidas al más obvio contraluz, es siempre instructivo.
De aquí se sigue un segundo punto, y es que los analistas maniqueos, dentro de sus limitaciones semánticas, no pueden ni desean invalidar los discursos extremistas, pues tienden a creer en estereotipos de diáfano perfil, sin dejar que los tonos del gris impregnen sus postulados. Claro que el método interpretativo del maniqueísmo tiene una historia, y por cierto muy rica en significados filosóficos.
De hecho, la propia palabra maniqueísmo es un epónimo, definido como sigue por la Real Academia Española: «La secta de los maniqueos. Manicheismus». Por la misma senda, los académicos del XIX incluían en su diccionario el adjetivo maniqueo,Manicheus» (Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, reducido a un tomo para su más fácil uso, Madrid, Viuda de Ibarra, 1803). «que se aplica al que sigue los errores de Maniqueo, o Manes.
Con este mismo significado consignó la voz Miguel de Toro y Gómez: «Secta de los maniqueos [sigue los errores de Manes o Maniqueo]» (Nuevo diccionario enciclopédico ilustrado de la lengua castellana, París-Madrid, Librería Armand Colin-Hernando y Cía., 1901).
Al glosar con criterio actual el adjetivo en cuestión, dice Santiago García-Castañón que hoy se suele llamar de esa forma peyorativa «a quien tiene la tendencia a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica entre lo bueno y lo malo». Esto ha de sonar a una mayoría de hablantes, pues muchos de ellos, sin duda, habrán empleado esta palabra como producto exponencial de ese tipo de discurso homogéneo y sin interferencias al que aludíamos más arriba.
Por supuesto, no olvida García-Castañón el troquel religioso de este vocablo, que se extendió «por alusión al heresiarca persa Manes o Mani (ca. 217-ca. 276) fundador de la secta religiosa maniquea que admitía dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal, representados por el alma y el cuerpo respectivamente, y cuyos símbolos son la luz y la oscuridad» (Diccionario de epónimos del español, Gijón, Ediciones Trea, 2001).
Cargada con ese potencial fervoroso, la palabra que nos ocupa deriva del iniciador de esta corriente gnóstica, el citado Mani, cuyas prédicas fueron seguidas por innumerables adeptos a partir del siglo IV. Ciertamente, en el caso del maniqueísmo resulta difícil trazar la línea divisoria entre los ingredientes tomados de los legados hebreo, cristiano, zoroástrico y budista.
Sincrética en todas sus estructuras, la doctrina maniquea fijaba su atención en dos elementos situados en drástica oposición: la Luz (símbolo del bien) y la Oscuridad (propia del Mal), convenientemente gobernadas en distintos dominios por dos monarcas que resumen esa antítesis cósmica.
En este plano interpretativo, el historiador de las religiones Mircea Eliade añade otros detalles de importancia. Por ejemplo, a diferencia de otros fundadores de sectas, «Mani se esforzó por crear una religión universal, accesible a todos, no limitada a una enseñanza esotérica reservada a unos pocos iniciados». De hecho, el heresiarca apreció el valor de algunas religiones anteriores, «pero las considera incompletas».
Por lo demás, Mani proclamó la integración en su Iglesia de «lo esencial de todas las Escrituras y de todas las sabidurías». Al formalizar los códigos de esta creencia en conformidad con la doctrina gnóstica, el fundador hizo hincapié en el siguiente concepto: «un cosmos dominado por el mal no puede ser obra de Dios, que es trascendente y bueno, sino de su adversario» (Historia de las creencias y de las ideas religiosas, t. II: De Gautama Buda al triunfo del cristianismo, trad. de J. Vicente Malla, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1979, pp. 374-377).
De modo muy explicable, esa última noción que citaba Eliade explica el deslizamiento léxico que convirtió al maniqueísmo en una actitud digna de escaso aprecio intelectual, y explicada así por María Moliner: «Tendencia a reducir la realidad a una oposición entre el bien y el mal» (Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 1998).
En su forma más estimulante, esta moderna acepción invita a reflexionar acerca de su múltiple ingreso en los ámbitos de la épica, donde el héroe y su adversario vienen a expresar aquella teoría dual que antaño diseñó el heresiarca. Es ya un tópico de la literatura, pero su eficacia no ha decaído, y se ve que no ha de remitir en los años venideros.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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