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Necrológicas y epitafios

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En una primera interpretación, y de acuerdo con su contexto, parece que la nota necrológica viene a ser lo siguiente: un acopio de materiales propios del panegírico, la biografía y el epitafio, que son tres generos con más de un elemento común... y unas derivaciones de lo más inquietante.

De hecho, las necrológicas más pomposas (y las más cursis) suelen ser asimismo las más eficaces para ocupar un espacio en los periódicos.

Y ello sucede porque, al estilo de los biógrafos piadosos, el autor de ese tipo de notas suele practicar el eclipse y la omisión: dos procedimientos idóneos para no perjudicar la memoria del difunto y resumirla con una sensibilidad afín a la que lucen los grabadores de lápidas. Ustedes ya me entienden: no es cosa de leer la cartilla a quienes han pasado a mejor vida.

Para fastidiar, Ramón Gómez de la Serna prologaba así su Automoribundia: «Titulo este libro Automoribundia, porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras».

Desde luego, Ramón descodifica los métodos de este género menor. Al fin y al cabo, no pocas necrológicas quedan escritas y guardadas en el cajón antes incluso de perecer su protagonista. Material de archivo, lo llaman. Así, cuando el pobre enfermo empeora, esas páginas recuperan su actualidad, y basta algún añadido para hacerlas pasar por nuevas y recién redactadas.

De otro lado, el proceso íntimo es idéntico en los epitafios, definidos acá con ramoniano estilo: «El epitafio por lo menos debe ser una despedida original, la cuartilla incorrecta de una despedida, el borrador de un adiós, el verso al que se le permite ser cojo y corrupto».

Como sucede con los escritos necrológicos, el epitafio es un texto apresurado y repicante pero poco… muy poco transgresor. Todo lo más, define al finado (al muerto) en pocas líneas y, de paso, lo inmortaliza con nuevos ecos de ficción.

«Los monólogos de los epitafios —concluye Gómez de la Serna— son los más falsos monólogos que existen, son monólogos de otro que no es el que monologuea, monólogos del vivo, sintiéndose muerto, y acusándose con quejas del que murió».

El encuentro más o menos fortuito entre el protagonista y el escritor de la necrológica suele consumar sus lazos de familia. A la hora de la verdad, ya ven ustedes: el amigo escribe acerca del cómplice ausente, el pupilo recuerda al maestro, y dentro de la misma cofradía, nadie mejor que un filósofo para rememorar las enseñanzas o inoportunidades de otro pensador.

Dice Basilio Baltasar que, una vez expuesta en las páginas de un diario o en el púlpito de un templo, la necrológica «anuncia un tránsito y proclama una transformación».

A su parecer, dicha nota es una advertencia sobre de la debilidad del recuerdo, y precisamente por ello «anticipa la verdadera magnitud de la extinción física: el olvido».

Si la interpretamos como una evocación conmovida de alguien que ya no es sino un fantasma, la necrológica «declara lo que ya se quiere para su obra. Desaparecido el principal obstáculo, ese autor único que podía corregirla o negarla, la obra queda liberada y en manos de la colectividad. La necrológica es un homenaje, pero también un acto de adquisición, de expropiación».

Quien redacta la necrológica establece parangones, reúne anécdotas y establece honores y dignidades. Y aunque el género esté sujeto a un molde regular —en principio, el personaje reposa ya en su cripta del cementerio—, conviene idealizar los hechos biográficos, contrayendo, dilatando o (qué diablos) falseando ciertos detalles.

Al cabo, la mala memoria es una cuestión de tiempo…y ya vimos que hay quien prefiere completar la necrológica por anticipado.

Otra broma de Ramón —la última, por hoy— me permite cerrar estas líneas con una nueva pizca de su talento. «Voy a trazar una biografía veraz y pintoresca del novelista don Pío Baroja —escribe—. Ya está en la edad de las biografías completas porque ya ha pasado de los setenta años».

¿Qué más quieren que les diga? Así se escribe la Historia.


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