
El léxico taurino consuma un proceso de gran hondura, en el cual convergen la tradición popular de esta fiesta —inexorable y cruel, pero también profunda y muy acendrada dentro de la cultura hispánica—, el trastocamiento poético de los significados y el afecto a un protocolo motivado por esa escenografía ceremonial que se despliega en la plaza de toros.
Sin duda, muchas son las expresiones taurinas que se han insertado en el acervo cotidiano de los hispanohablantes, lo cual repercute en la dificultad de elegir una fórmula significativa para nuestra glosa etimológica. Puestos a escoger un proverbio que también figura en la admirable novela Muerte en la tarde (1932), de Ernest Hemingway, vamos a detallar los matices de ese dicho tan enigmático —sobre todo en el plano estadístico— que es no hay quinto malo.
Los que están al tanto de las minucias de la fiesta brava, explican que el origen de la fórmula es fácil de explicar. Veamos: hubo un tiempo en el cual eran los ganaderos quienes diseñaban el orden de la lidia, eligiendo el lugar en que cada una de las reses debía enfrentarse con el diestro de turno. Al prever el eje temático de la jornada según las cualidades de cada morlaco, el ganadero situaba en la quinta plaza de la serie al toro que podía resultar más idóneo para entrar al trapo y así probar sus hechuras.
De ahí proviene, según casi todas las fuentes, este proverbio taurino, y así lo detalla Carlos Abella, quien dice que la historia del refrán es muy curiosa, aparte de desconocida para buen número de aficionados: «Tiene su origen en la época en la que en las corridas de toros no existía el sorteo de los toros, sino que era el ganadero quien —teórico conocedor del previsible juego de sus toros— reservaba el de mejor nota y presumible mejor comportamiento para ser lidiado en quinto lugar» (¡Derecho al toro!, 1996, citado por Delfín Carbonell Basset en Diccionario panhispánico de refranes, de autoridades e ideológico, basado en principios históricos que demuestran cuándo se ha utilizado un refrán, cómo se ha empleado y quién lo ha utilizado [...], con prólogo de Alonso Zamora Vicente, Barcelona: Herder, 2002, p. 405).
Hay otra versión que explica José María Iribarren. Hubo un tiempo en que eran más habituales las corridas de ocho toros. A mitad del espectáculo, tras la muerte del cuarto astado, había un periodo para el refrigerio y el descanso que ponía al público en disposición inmejorable para disfrutar la siguiente tanda de faenas, lo cual explica el fácil contento que propiciaba el quinto toro. Pero Iribarren descree en esta explicación, y por ello, en El porqué de los dichos. Sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades (Pamplona: Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura, 1997) confirma que el proverbio se explica del modo que más arriba indicábamos.
En su opinión, las corridas de ocho toros fueron un festejo excepcional, ajeno a la norma. Por ello, al ser indiscutiblemente más habituales las corridas de seis toros, cabe pensar que el espacio para la merienda se planteara a mitad de la corrida, pero entonces el dicho se habría aplicado con mejores argumentos al cuarto que al quinto toro.
Para documentar su pesquisa, Iribarren cita la opinión del publicista taurino Luis Fernández Salcedo. Según dicha fuente, antes de que el gran Mazzantini impusiera la costumbre del sorteo, eran los ganaderos quienes fijaban con libertad el orden en que habían de salir al ruedo sus toros. Por eso, como ya vimos, reservaban para el quinto lugar a la bestia más formidable. «Al pronto —añade Fernández—, parece que esto se conseguiría mejor con el último, pero no es así, porque en aquellos tiempos sobre todo, muchos aficionados se marchaban después de picado el sexto, o cuando el matador le daba los tres o cuatro primeros muletazos».
Por si ello no bastara, los cosos taurinos quedaban más bien lejos de los centros de población, y ese es otro de los motivos por los cuales «la pelea del sexto pasaba más desapercibida que la del quinto, y además era raro que al acabar el festejo el público se quedase para aplaudir al último toro en el arrastre o exigir la vuelta al ruedo del mismo» (ídem, p. 300).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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