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J-Horror: cine de terror japonés

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Entre los occidentales que se acercan a cualquier argumento del cine japonés existe una necesidad imperiosa: la de buscar claves interpretativas, o mejor aún, estereotipos que nos ayuden a acomodar esos contenidos dentro de nuestro prejuicio acerca de Japón.

En lo que concierne al cine de terror, parece que la premisa es obvia: todos aquellos elementos que nos llaman la atención deben tener, por fuerza, una perspectiva antropológica. Es curioso que no nos hagamos ese tipo de preguntas frente a una película del mismo tipo realizada en Inglaterra o Estados Unidos.

De hecho, imagino que son muy escasos los espectadores que desean rastrear las bases folclóricas del cine de horror anglosajón, mucho más obvias que las que operan en su moderno equivalente nipón. Les pongo un ejemplo: los modernos psicópatas de Hollywood reiteran las viejas creencias en el boogey man (algo así como nuestro hombre del saco).

Obviamente, los productos culturales guardan relación con el contexto social en que se originan, pero a decir verdad, no hay una propensión muy evidente por lo fantasmagórico entre los japoneses modernos, o en todo caso, ésta no es superior a la que demuestran los alemanes, los irlandeses o los británicos.

A mi modo de ver, el sustrato religioso animista, derivado de la religión sintoísta y perpetuado por ciertas tradiciones budistas primitivas, es tan poderoso e influyente para el japonés actual como puedan serlo las creencias de los antiguos celtas para un londinense moderno.

Claro que esto no es fácil de admitir para quienes se acercan a Japón con la inevitable carga de prejuicios e interpretaciones, deseosos de exotismo, novedad y misterio.

Si se quiere, podemos dar relevancia al hecho de que ciertas películas de terror se estrenen allí coincidiendo con el Obon, una festividad equivalente a nuestra conmemoración de Todos los Difuntos, pero la verdad es que los americanos hacen exactamente lo mismo, programando películas o series televisivas de este estilo coincidiendo con la fiesta pagana de Halloween. De hecho, encuentro en la sociedad estadounidense un mayor prestigio de todas estas cuestiones sobrenaturales.

No en vano, allá creció con buen ritmo el movimiento espiritista y abundan en mayor medida los creyentes en toda suerte de entidades paranormales.

Este reflejo del viejo folclore tan sólo se manifiesta en las producciones directamente inspiradas en las antiguas leyendas o en las cintas de época.

Claro que ese tipo de planteamiento queda hoy relegado a la televisión y al campo del dibujo animado. Alguna cinta de esta índole, como La princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki, recupera esa perspectiva tradicional.

No obstante, en contra de lo que pueda parecer, el patrón que modula a las fantasmagorías de eso que hoy llamamos terror japonés proviene de Hollywood.

Kaidan eiga

Desde sus inicios, el cine japonés ha sido un cine de géneros y subgéneros. Ya en los tiempos del cine mudo, a los espectadores les gustaba saber qué tipo de espectáculo compraban con su entrada: un melodrama, una aventura de espadachines, una comedia romántica...

Las cosas no han cambiado, y la verdad es que siempre ha habido público dispuesto a pasar miedo.

Aunque hay precedentes anteriores, las kaidan eiga se pusieron realmente de moda en los sesenta, gracias al éxito de películas como Kaibyo Otama ga ike (1960), de Yoshihiro Ishikawa, Kwaidan (Kaidan, 1964), de Masaki Kobayashi, y Kuroneko (1968), de Kaneto Shindo.

En estos y otros casos, la influencia literaria y folclórica era bastante obvia. En los setenta, al igual que sucedió en el resto del mundo occidental, la parapsicología adquirió renombre en Japón, y en lo sucesivo el cine de fantasmas admitió las variantes abiertas por películas sajonas como La leyenda de la mansión del infierno, inspirada en la novela homónima de Richard Matheson, y por supuesto, El exorcista y Poltergeist, disfrutadas ampliamente por el público del archipiélago.

A menudo se destaca en las kaidan eiga un elemento surrealista, pero ese ingrediente es inseparable del género de horror, allá donde se produzca.

Toda película de terror, por naturaleza, es surreal, y así lo reconocieron los padres del invento: los primeros cofrades de la fraternidad surrealista francesa, allá por los años veinte.

Es curioso, pero sin ese detalle surrealista, tan sorpresivo como deseado, no sentiríamos miedo.

Nuestro temor nace de la indeterminación, de la perplejidad y de la extrañeza, tres componentes esenciales del arte surrealista.



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